La crianza en la Irlanda antigua


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En la sociedad irlandesa medieval, enmarañada red de familias, costumbres aún no escritas, jerarquías honoríficas y contratos privados, la crianza (altram) aparece como una institución básica de ayuda y beneficio mutuo entre las familias, que eran los pilares básicos de la vida política. Al parecer, todo indica que ya antes de la cristianización de la isla, existía la institución.
El contrato de crianza era un asunto serio que podía requerir hasta fiadores. Los fiadores eran (y son, también en nuestro Derecho) personas que con sus bienes garantizaban el cumplimiento de un contrato. En ciertos casos de riesgo, los fiadores tenían que ser gente de riqueza, pertenecientes a las dinastías Reales de cada territorio. Buscarse un fiador era una cuestión tan delicada como hoy día buscar avales para un negocio, pero seguramente existían lazos anteriores entre los fiadores y aquellos que los buscaban. Y estos lazos podrían ser de crianza…

La crianza irlandesa consistía en la entrega por parte de una familia de uno o varios de sus hijos para que otra familia les proporcionara alimento y educación durante un largo periodo de tiempo. La crianza duraba hasta los 14, 16 ó 17 años, dependiendo del sexo del crío, el rango social y otras variables.

Al parecer, los niños eran enviados con sus padres adoptivos todavía muy pequeñitos, pues se dice que una de las cosas que se entregaban junto con el niño, era una cazuela para hacer papilla. Según se desprende de algunos textos, había niños que pasaban por varias familias de crianza, quizá para completar distintos aspectos de una educación especializada o para anudar con mayor fuerza lazos con su familia de origen.

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No siempre el niño iba a parar a una familia de mayor rango que la de origen: la crianza para adquirir entrenamiento artesano podía implicar crianza entre niveles sociales parecidos, aunque el tutor quedaba siempre por encima de su pupilo en sus funciones como padre adoptivo y maestro. Lo mismo hay que decir de quienes pertenecían a la privilegiada clase de los filid -historiadores, músicos, poetas, etc- que, aparte de crecer en el seno de las diferentes cortes Reales regionales, se criaban en el entorno de monasterios.
Al final del periodo de crianza, el hijo o la hija de leche recibía del padre adoptivo un “bien de afecto” o regalo, especialmente las niñas.
No se podían devolver los niños mantenidos en crianza a menos que existiese un motivo muy grave, recogidos en las leyes. Esto quizá nos indica que no todas las crianzas eran ventajosas. La responsabilidad por las faltas del chiquillo corría a cargo del padre de leche mientras durase el periodo de crianza, pero en casos de mala conducta grave, la responsabilidad podía recaer en la familia paterna del niño y la mínima consecuencia de ésto era que el padre perdía la tasa de crianza (íarrath, o “arras”).

Si por el contrario, el niño era maltratado, la tasa revertía a los padres biológicos, pudiendo intervenir en el caso la familia materna del chiquillo.

Se criaba a los hijos de otros por dos motivos principales: por la tasa o “por afecto”, en cuyo caso no había tasa.

La tasa iba desde 3 ó 4 sét por el hijo de un hombre libre “normal” (un ócaire); la tasa subía hasta 30 sét por el de un rey (1 sét= 1/2 vaca lechera, o un ternero). Las niñas, al parecer, costaban más, quizá porque no se esperaba que rindieran beneficio económico a la familia adoptiva una vez terminado el periodo de crianza, al cabo del cual normalmente, entraban en otra familia en calidad de esposas.

El motivo de esta práctica ancestral era el estrechar lazos civiles. Pero tampoco eran raros los casos en que los vínculos entre hermanos de leche, o entre el padre de leche y sus hijos, fuesen causa de querella armada o que se pagaran altísimos precios por daños a un hermano o un hijo de leche.

Los hermanos de leche podían conjurarse apelando a sus lazos de crianza, hasta para atacar a su padre adoptivo. Así lo documentan los Anales respecto a Ruari Ua Conchubair, llamado “el de la Perra Amarilla” (me parece que el apodo suena feíto para su madre). En el año 1092, sus hijos adoptivos le sacaron los ojos, dejándolo inútil para la realeza de Connacht, que en aquel momento ostentaba. El jefe de la conspiración, Flaithbertaigh Ua Flaithbertaigh, además, ¡tenía a sus propios hijos en crianza con el desgraciado Ruari! Este tuvo que ser acogido por sus viejos aliados del monasterio de Clonmacnois, donde acabó sus días bastantes años después.

El mínimo precio de honor que un padre de leche recibía por el asesinato de su hijo adoptivo era 1/3 del precio del hijo (según clase social) con derecho a vengar la muerte, aunque el periodo de crianza ya hubiera terminado.
En otros casos, los hermanos de leche tenían derecho a cobrar la multa por el crimen, que era equivalente a 1/7 del precio del honor, aunque parece que solamente la llegaban a cobrar completa si podían probar que la crianza había sido en términos muy íntimos, como dicen los textos legales, que se hubieran “criado en la misma manta, el mismo cazo y la misma cama”.

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Lo que no está claro es cuándo se cobraban las tasas de crianza. Seguramente, se pagaba por año, a lo largo del tiempo que durase la crianza, siendo la primera tasa la que se acompañaba de una mantita y una cazuela para hacerle la comida al nene, así como del ternero que equivalía al sét o media vaca que correspondía por la tasa.
La costumbre de la crianza ha dejado huella en el Irlandés Antiguo, en la que existían términos distintos para el padre o madre biológicos (athair, mathair) heredados del común indoeuropeo, mientras que los términos para los parientes de leche eran más intimos (aite/muimme o datán/datnat) que son más bien afectuosos.

Es curioso que en español existe la palabra “collazo“, que antiguamente designaba a los compañeros de servicio en una casa señorial, y que equivale, por la etimología (del latín collacteus), a “hermano de leche”. La misma palabra “criados” parece tener un remoto antecedente en la costumbre que acabamos de describir. Sin embargo, “hermano de leche” en español, indica al que ha sido amamantado por la misma madre o nodriza, una relación más íntima (pero también más corta) que la crianza irlandesa.

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Fuente: Kelly, Fergus: A guide to early Irish law, Early Irish Law Series 3, Dublin: DIAS, 1988.