Nos queda Inisfree


 

 

Un artículo de Pedro Gª Cuartango en 2014

NOS QUEDA INISFREE

Le escuché decir una vez a José Luis Garci que hay películas que salvan la vida y una de ellas es El hombre tranquilo de John Ford. Yo recomendaría que si hay alguien tentado a suicidarse, viera este film que expresa el fulgor deslumbrante de la existencia, ese esplendor en la hierba del que hablaba el poeta y que permanece siempre en el recuerdo.
Innisfree, el paraíso autobiográfico creado por Ford, está hoy de luto por la muerte de Maureen O´Hara, que, a los 95 años, deja esta mundo, rodeada de una numerosa descendencia como nos imaginamos a Mary Kate Danaher, la apasionada pelirroja de la película que surge ante la cámara como una aparición sobrenatural en la verde Irlanda de nuestros sueños.
Hay una docena de escenas memorables en esta película de culto, pero la que más me gusta es cuando Mary le dice a su ya marido, el ex boxeador encarnado por John Wayne, que no será suya si no consigue la dote familiar que representa “300 años de sueños”. Mary cierra la puerta del dormitorio y Wayne la tira de una patada y le dice a su mujer que no habrá ningún cerrojo ni puerta que se interponga entre ellos, Luego la besa con pasión y la tira a la cama, vestida con el traje de boda. Tras ello, abandona la casa con expresión torva. Ella suspira en el lecho y llora amargamente.

Maureen O’ Hara hizo unas cuantas películas más con Ford, pero no consiguió jamás igualar la intensidad de esta interpretación, llena de fuerza y sensualidad, porque Mary Kate es la mujer salvaje, a la que sólo puede conquistar un hombre con una voluntad indomable como el boxeador recién llegado a Innisfree.
Ford rodó está película en 1952, cuando su carrera entraba ya en la recta final. Era un homenaje a sus dos padres de origen gaélico y a la infancia que le hubiera gustado tener en Irlanda. Durante más de 30 años, estuvo recreando en su interior este Innisfree imaginario que se ha convertido en la patria de los que amamos el cine.
Siempre nos quedará la expresión de Maureen O’Hara cuando Wayne va a pedir su mano y siempre nos quedarán las verdes praderas de Innisfree y la casa familiar llena de flores, un oasis de felicidad mientras la tormenta arrecia en el exterior.
Siempre que veo esta película, siento que el mundo es mucho mejor y que nunca es tarde para disfrutar de los momentos que nos ofrece la vida, sea una cena con unos amigos, un buen vino, un atardecer o las pequeñas cosas de la rutina diaria que nos hacen sentirnos bien.
A diferencia de Ford, yo sí he vivido en Innisfree. He tenido una infancia enormemente feliz en Miranda, jugando a orillas del Ebro y disfrutando del amor de mis padres. Teníamos un modesto bienestar material, pero gozábamos de todos los placeres de una vida sencilla, en contacto con la naturaleza. Todavía sueño con el olor del río, con las nieves de invierno y con la espesa niebla que envolvía una ciudad que parecía fuera del mundo.
Las imágenes de la infancia, el furor del Ebro en las crecidas, la estación de Miranda y el recuerdo de mi madre sentada en un banco del parque me transportan a mi Innisfree particular en el que Mary Kate aguarda bajo el dintel que su marido vuelva a la hora de la cena.

(Pedro García Cuartango, en 2014).