El tiempo raya las almas


El otro día sufrí un shock al adentrarme (via google maps) en lo que fue “mi pueblo” irlandés.

Anduve por el Street View como loca por encontrar algo conocido, pero casi me fue imposible. Si tomaba distancia, lo que veía era un pulpo de urbanización alocada, casas todas idénticas, desparramadas en postura inverosimil sobre el “mapa” como un reguero de mierda. ¡Tenía que encontrar algo visualmente conocido!

Por fin encontré esos dos árboles, pero la aplicación no permitía ir más allá, cambera abajo. (Me agarro a las palabras, porque no hay otro seguro).

Desde arriba, la visión era tan espantosa que comprendí qué era lo que pasaba: ¡me lo han cambiado todo! TODO

La última vez que estuve ahí fue después de 2008. Ya era posible percibir ciertos avisos, como el asfalto que se ve en la imagen, pero aún era posible ir desde la parada del autobús a “casa” caminando por un terreno reconocible (viví allí hasta 1996). Y reconocer “mi casa”. Y hasta ser recibido con achuchones salvajes y babeantes de perrucos que conocí de cachorros. No supe interpretar las enigmática palabras de mi anfitriona, la hija de la que lo fue primero: “a lo mejor tenemos que dejar esta casa”.

Google me indicó que “la casa había sido tomada”, si no en su material interior, pues no me dejó acercarme lo suficiente para echar un vistazo a la fachada, sí en su exterior.

¡Y qué exterior! Un monstruo bifronte, que había regado de cagarrutas todo el espacio disponible, miraba amenazador hacia los tejados, los mismos en los que yo veía arrendajos, herrerillos y petirrojos.

Quizá los habitantes ya no eran los mismos. Seguro. Ni los herrerillos.

Estamos preparados para los cambios que el tiempo introduce en nuestras vidas. O más o menos preparados, porque son a nuestra medida: nacen niños, mueren viejos, nos quedamos sin pelo.

Pero el cambio que marca huella en nuestro territorio afectivo es el más terrible, el que nos deja el alma hecha unos zorros. Lo que estaba ya no está, o hay cosas nuevas, generalmente terroríficas. Monstruos bifrontes que mordisquean nuestra alma y la dejan llena de rayas.

(PD: una de las cosas que más me sacudió fue ver que a los nuevos “desarrollos habitacionales”, les habían puesto nombres gaélicos. Falsos, porque en aquel territorio debió desaparecer el idioma nativo… lo mismo en el s. XV).