Siglo XVII


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¡Ay! Me duele el cuello si lo hago en la silla de anea. Me duelen las rodillas si pongo una pierna encima de la almohada y la otra en el asiento. Se me duermen los brazos si lo sostengo un palmo por encima de mi cara. Así no puedo hacerlo, que no Miguel, déjalo ya.

¡Así no hay quien lea este libro tan gordo! Me siento como un caracol trepando por un muro de cemento con este “Don Quijote de la Mancha”, ¿no podías haber escrito algo más cortito?