Gato, manzana, frío


La manzana estaba tan fría que los dedos se me quedaron helados. De repente, no tenía ganas de darle ni un bocadito.

—Anda, cómetela tú.

—Pero mujer, ¿vas a despreciarla? El vendedor ha sido tan atento… Nos ha dicho que es la última que le queda del árbol ese tan especial, ¡y nos la ha dejado a un precio bajísimo! ¿Ni siquiera vas a probarla?

Dejé a Adán mirando a la manzana con los mismos ojos que cuando me miraba a mí bañarme en el lago Azul. Le dio dos, cuatro, ocho mordiscos a la fruta y hasta escupió los diminutos granitos de semilla. Me entretuve jugueteando con un animalillo con bigotes y cola rayada, gato creo que se llama.

Ya sé que la historia os la han contado de otra manera, pero ¿a quién vais a creer, a ése bicharraco verde en forma de serpiente o a mí?