Miedos


Una mañana, te levantas con los ojos rojísimos y enlegañados y te preocupas.

Te asustas excesivamente, porque piensas que llegará una mañana que te levantarás cegata, moviéndote despacio y con dolor, arrastrándote a tientas hasta el baño con los pies trabados y la espina dorsal hecha un ovillo.

Lo que más temes es la ceguera. La desorientación del mundo. No saber dónde está arriba ni dónde están los lados. Como ese ciego que dijo en una entrevista que lo que más miedo le daba era cruzar las calles cuando dejan de funcionar los semáforos adaptados —esos que dan pitidos— a ciertas horas de la noche madrileña, que él gusta de disfrutar. Se apagarían los principales pitidos, ya de por sí bastante apagados.

De pronto, no poder leer, ni poder mirar las nubes cambiando de color desde la ventana, ni ver la cara de las personas, ver borrones en vez de pájaros…

No sé si lo soportaría después de tanto tiempo y esfuerzo defendiendo mi único ojo.