Moreruela


La primera vez que tuve contacto con el monasterio cisterciense de Moreruela, no pude verlo.

El motivo fue que era ya tarde, en invierno, y enseguida se nos echó la noche. No existía aún el centro de interpretación-acogida a la visita cultural que hay ahora y el espacio donde hoy está el aparcamiento era un herbazal lleno de escombro. Veníamos caminando en grupo desde algún lugar intermedio entre las lagunas de Villafáfila y el sitio, y nos guiaba la memoria visual de un peregrino que había recorrido la zona varios años antes.

Hacía un frío que pelaba y llevábamos al menos dos niños pequeños. No sé qué año era, pero desde luego antes del 2003, porque las fotos de aquella excursión (solo conservo dos y no corresponden a Moreruela) llevan fecha de enero de 2003… y sospecho que ese fue el año en que las subí a Google, no el que las tomé.

Me causó impresión la belleza de la silueta de unos absides descarnados sobre el fondo de las estrellas, bajo la helada, y el escuchar a la lechuza que señaló varias veces el fin de la excursión. Volvimos a pie, con linternas, hasta la carretera y nos recogieron los amigos que no habían querido venir.

Es decir: han pasado al menos diecisiete años. Aquellos niños serán hoy unos mozucos llenos de vigor y con toda la vida por delante, pero no sé donde estarán.

Las palabras del guía de Cultur-Viajes, en Abril de 2019, nos describían un mundo ordenado siguiendo las sabias indicaciones para ordenar el mundo emanadas de la Regla Benedictina, tal cual fue recogida por los seguidores de Bernardo de Claraval. Las dependencias puramente religiosas, las huellas de donde estuvieron las cocinas, la cella (bodega), la sala capitular, el colector de las letrinas debajo del dormitorio que ya no era comunal, una sala bien conservada que servía para los artesanos…

Cada habitación ya sin techo, cada escalera desaparecida, cada tramo de la destruída iglesia tenían un por qué, que exprimía en sí mismo ese orden del mundo en el microcosmos del monasterio. Un mundo de piedras bien ordenadas. Los tres ábsides, las capillas de una grandiosa girola, las columnas sobre altísimos apoyos volados, se abrían ante los ojos como un torrente de poesía.

Miradme: estoy ahora

de espaldas contra el muro,

y a bolsillos vacíos 

ofreceré mi música (*).

Y es que una música incompleta, arruinada y fértil era la que estaba aun pegada a los muros de la vieja abadía, deshecha por la brutalidad y el descuido, el lucro… y el tiempo.

Una rapaz sobrevuela el coto.

Los cantos de las aves que poblaban la zona y el crotorar de las muchas cigüeñas que anidan en los viejos muros, completaban el concierto.

Ayer y hoy, con azul

(*) Ántoine Raftery (1784-1835).