“Novela negra”


portada de novela

Acabo de terminar el título de novela negra que teníamos como deberes de este mes en el Club de Lectura de la Biblioteca Municipal. Un placer semanal que va a desaparecer, porque la estupenda coordinadora del club se jubila… ¡buuua! Aunque la sustituyan, nos quedaremos sin los conocimientos de Carmen y su afición al tema, y sin el entusiasmo que le ha puesto a ese Club desde hace ya unos añitos.

Yo he asistido solo a tres ciclos: desde Conan Doyle, al hardboiled americano, pasando por Camilleri, por Lorenzo Silva y ahora por los heladeros escandinavos.

Los que más me han gustado a lo largo de estas sesiones han sido Camilleri (su ironía y humor no podrán ser imitados), el noir americano clásico (y más que escrito, en cine), Anne Perry, Dona Leon, y los españoles Lorenzo Silva y Alicia Giménez Bartlett.

Los que menos: los imitadores españoles del gran éxito de “lo negro” (digamos “la tercera generación” o quizá la cuarta). No daré nombres, porque prefiero dar los que sí me gustan.

Pero en fin, soy la menos indicada para hablar de modas. Y de modas negras, menos.

La novela de la que quería hablarles, “Invierno ártico” de Arnaldur Indridason no es la primera que me leo ambientada en los inhóspitos nortes del mundo. Precisamente, lo primero que leí de este género fue “Hielo y cenizas” de Inger Wolf (e-book), que me gustó mucho por la originalidad de presentar a un protagonista no nativo -esto, al hilo de lo que luego diré- y por lo repulsivo de la historia.

Yo me esperaba un Indridasson también repulsivo. Pero, al contrario: ha resultado tener un estilo seco, con diálogos escuetos que solo ganan un poco de poesía cuando el personaje central (Erlendur) se encierra en sus adoloridas ensoñaciones acerca de la muerte de su hermano o cuando visita a su antiguo colega, agonizante.

Ahí existen terrenos que me son más conocidos: turberas, soledad, algún aliento mítico en los nombres y de alguna escena más rural, juegos de palabras que solo los que hemos masticado algún kening sabemos apreciar… en fin, Norte del Mundo.

El objetivo de Indridason no es ni mucho menos poético (cosa rara en la “novela negra”), sino más bien la crítica social, algo básico del género y que muchos han olvidado, más atentos a detallitos folklóricos, a dibujarnos encantadores/repulsivos personajes centrales y floridas tramas, o a vestir con someros disfraces a sus protagonistas.

Porque en esta historia, lo que se mastica es la crítica a una Europa que no es “fácil de mirar”, hundida en sus bienpensancias y sus Estados del mal Bienestar, con muchas reglas (a las que se añade la frialdad nórdica) pero sin tejido moral, cívico o social. Una sociedad en la que unos padres encubridores de un posible delito de sus hijos (de quienes por lo demás viven bastante desconectados) aún se atreven a criticar el trabajo de la Policía. En la que las tensiones entre nativos e inmigrantes existen, pero no se enfrentan, diluyendo la cosa en una culpabilización/caricatura del que acoge, sin escuchar la respuesta (no menos tensa y también problemática) de los acogidos.

El Himno a la Alegria de Beethoven está en el móvil del inspector, pero le cabrea escucharlo. Hay unas gotas de nostalgia por un tiempo en el que aún existía la solidaridad entre ciudadanos -o casi parientes, dado el caso islandés-, que se desliza por los recuerdos infantiles de Erlendur. Pero predomina la depresiva tristeza por el destino de sus propios hijos y de los hijos de los demás, que flotan al pairo en medio de reglas a menudo bobas, en un mundo que apenas se preocupa de ellos, como si de verdad fueran adultos.

Creo que esta es una historia sobre la banalidad del mal aunque parezca un caso policiaco más. No sé si el autor lo hace aposta o no -¡quien sabe, de estos vikingos!- pero es así. El mal surge (o sucede) de la forma más tontaina: el motivo del criminal es porque la víctima “pasaba por allí”, como podía haber pasado un gato.

Bueno, un gato no, que a ellos les repele el frío…

gato, enfado, nieve
Foto por revac film’s&photography de Pexels