Verano y “veranito”


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Desde la infancia, no me gusta el verano.

A lo mejor se debe a que hubo un momento delicado en el que disfruté de “otro verano”, fresco o casi frío, en el norte de España que, desde entonces, marcó mis preferencias. ¿Creerán mis lectores que aún me acuerdo de que hice en el cole, unos días antes, fuera de fecha, un examen en solitario porque me iba y noestaría con las demás en semejante trance? ¿y que me acuerdo de que íbamos a tomar el tren nocturno -salía si no recuerdo mal a las 11 de la noche de la Estación del Norte- y salimos de casa de mi abuela cargados con las maletas, alegremente, mi tío en cabeza, animándonos, puesto que toda la tribu íbamos a su casa, en aquella ciudad mitológica del Norte?

Creo que la foto da una clara indicación de cuál era la ciudad. Y sí, yo soy la de las coletas. Debió ser en ese mismo año…

Siempre pensé que odiaba el verano por las tormentas. Las tormentas me descomponían, me ponían mala y no pude soportarlas hasta bien entrada la adolescencia… a menos que vinieran acompañadas con agua, que entonces era una delicia. La verdad es que tampoco me gustaba el ruido de los cohetes de la feria, y todavía me disgusta terriblemente cualquier ruido súbito de ese tipo; hasta los disparos que se confunden con petardazos, sí.

El caso es que la histeria informativa de las olas de calor y esas cosas de este verano -más insoportables aún por su estilo de apocalipsis chillón- me están molestando más que los calores en sí. Me quitan las ganas de hacer algo, incluso de hacer “deberes” literarios o de bloguear, y sobre todo, de salir a trotar por los jardines, que es lo que me gusta.

Este es un verano raro, el primero que paso descansando de verdad en casa -el pasado no hubo más que obras y reparaciones-, con la novela terminada y editada (vamos vendiendo poco a poco) y afianzando algunos proyectos nuevos. Pero como verano asfixiante, tiene su lado amarillo, guarrete, de vagancia, poca correa y escasas ganas de oir noticias, sobre todo si hablan de “delicias veraniegas” como las playas abarrotadas,o los medios de transporte colapsados por millones de veraneantes. Vamos, que habla de”veranito” -que a mi siempre me suena a señora gorda irregular con bañador impropio en una playa soleada que no es del norte.

Como si una no fuera un veraneante…