Escuela de paciencia


Nunca como este año me he sentido más agobiada por el verano, la calor, la chucha que todo lo invade, la falta de sueño por las noches “tropicales” (que no, no son noches de dulce samba con palmeras a orillas del mar). ¡Agh!

palmeras, mar
Palmeras al borde de (otro) mar

Será que una ya va teniendo una Edad Media y no es capaz de recomponerse a media mañana, cuando toca café y tostada, para luego calzarse las mallas y las zapatillas y salir al paseo-caminata-trote facultativo.

Nada, ni eso: llegan las 9:40, ya hay 30 grados fuera (igual que en la habitación) y las mallas se quedan en la percha, mientras el café se enfría; se le añaden dos cubitos de hielo y… ¡a la porra la bicicleta! Libros que leer van laguideciendo (o aumentan, que es peor) encima del sofá, o de la mesita centro, o en cualquier lado. Los cactus me miran con más temor que yo a ellos. Demasiado tiempo ante la pantalla del ordenador, blogueando, por ejemplo. Descubrir restos de murciélago (o al mamiferillo mismo) en la ventana, encontrarse con que el autobús que una cogía para reunirse con la familia ya no para ahí, que sabediós cuándo va a volver a parar… Si no hiciera tanto calor, iría caminando…

Uno de estos años decidiré pasar todo el verano fuera. Bien al norte, bajo lluvias y encima de verdes prados, antes de que también estos desaparezcan. Pero todavía no han cambiado tanto las circunstancias personales como para permitírmelo. Grrr. El verano es una escuela de paciencia.

De momento fantaseo, escribo, hago dibujitos*… me adormilo mirando las paredes, todavía muy vacías.

Y sigo odiando el verano, aunque no tuviera olas de calor.

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(*) Voy a colocar tooodos los de Tudu -y alguno más- en un archivo/lugar nuboso, para que los que quieran, puedan mirarlos. En fin…