Soñar


Con motivo de que los calores me dan (más) insomnio, les dejo este relato que escribí a finales del año pasado. Espero que les guste.

DESPERTAR

Al final de mis años de estudiante padecí una insoportable temporada de insomnio. Siempre fui una persona muy responsable, apenas salía de noche con los amigos, salvo algún fin de semana esporádico, normalmente a tomar unas cañas y cenar, charlar de esto y aquello, visitar algún lugar bonito o asistir a un concierto musical. Así que no puedo echar la culpa de mis noches en blanco a la bebida o a la inquietud mental que producen noches continuadas de relaciones sociales, diversión y ruido.

Ya no recuerdo bien si fue un año entero o más, porque lo que pasó después cambió por completo mi capacidad de apreciar el tiempo y la realidad.

Cuando empecé a trabajar, las noches de insomnio se encadenaban sin solución de continuidad. Una semana tras otra era incapaz de dormir ni siquiera una hora, aunque experimentaba momentos de adormecimiento —o eso pensaba yo— que poco a poco iban distanciándome de la propia necesidad de sueño.
Desempeñaba mi trabajo en un bufete de abogados que llevaba casos menores, pequeños hurtos, timos de la estampita y cosas así. Aunque parecía que el insomnio no iba a afectar a mi habilidad para encargarme de lo necesario, mi jefe tuvo que advertirme varias veces de errores importantes en mi forma de llevar a cabo las tareas. Como era un hombre razonable y nos caíamos mutuamente bien, me aconsejó que visitara a un médico para poner coto a lo que ya parecía una enfermedad crónica. El mismo, me entregó la tarjeta de un galeno que, me dijo, sería solvente en el caso y no representaría una excesiva merma para mi economía.

Así, conocí al doctor Isaac Heinemann. Era un judío elegante y detallista, siempre vestido de traje, que escuchó mi problema sin aspavientos. No era psiquiatra, ni psicoanalista, según me informó, sino médico general, aunque confesó sentir interés por los tratamientos antiguos de la medicina arábiga o hindú, como atestiguaba la nutrida biblioteca de su despacho.

Lo primero que me propuso fue adaptarme a un patrón de conducta que favoreciera la relajación de mis nervios, con el fin de ir alargando poco a poco los periodos de “adormecimiento”. Así, me aconsejó un ritual estricto un par de horas antes de embutirme entre las sábanas: una ducha tibia, una infusión caliente de una mezcla de hierbas que podía encontrar en cierta farmacia del centro, ponerme un pijama de franela de colores suaves y textura algodonosa, tomar nota de la hora y meterme despacio en la cama. La habitación de mi pisito de alquiler estaba suficientemente ventilada y unas buenas persianas aseguraban la cantidad adecuada de penumbra.

Desde el principio, la nueva rutina me relajó hasta hacerme caer en un estado muy cercano al verdadero sueño. El placer que sentía cuando esto pasaba era delicioso: mis músculos se ablandaban como si me hundiera en la nieve o en un agua tibia, somera y acariciadora. Aun así, el reloj que consultaba al despertar me hacía comprender que la sensación de modorra apenas duraba treinta minutos. Temí que con el tiempo, el ritual fuera perdiendo capacidad de relajación.

Heinemann, entonces, me entregó un fármaco que me dijo aumentaría el potencial de mi organismo para regular el sueño. Al parecer consistía en un preparado que mejoraba la actividad de la melatonina, una hormona esencial para el funcionamiento del sueño. Nada más comenzar a tomarlo, experimenté una mejora. Las anotaciones que debía realizar antes de dormir y al despertarme, indicaban que por fin conseguía enlazar más de cuatro horas seguidas de sueño profundo.

Tengo que decir que, desde que empecé el tratamiento con el doctor, mis jefes me habían puesto un horario flexible, así que podía estar en la oficina a las once de la mañana y retirarme a las cinco de la tarde, si bien cobraba en consonancia con tan pocas horas y se me advirtió que no podía alargar durante mucho tiempo tal privilegio. El objetivo era curarme para poder rendir el horario normal de cualquier oficinista.

Cuando ya llevaba dos meses utilizando las tres cosas, ritual, droga y anotaciones, le consulté a Heinemann el hecho de que, cuando empezaba a quedarme dormido (las notas me indicaban que eso sucedía invariablemente a las 10:30 de la noche) me parecía escuchar una melodía tan maravillosa como inexplicablemente detallada, en la que arpas, violines y otros instrumentos de cuerda enlazaban con la visión de un lugar por el que paseaba plácidamente. Se trataba una plaza soleada, en la que personajes de apariencia medieval se encontraban en un mercado. A medida que el sueño se hacía más profundo, sentía que me fusionaba con aquel mundo onírico, del cual empezaba a percibir vagamente los olores y los sonidos, tan diferentes del ruido urbano de Madrid al que estaba acostumbrado.

Cuando se lo conté, Heinemann celebró aquella confesión como el inicio de una curación positiva.

Cada vez, los detalles del sueño se enriquecían: ya podía contemplar los trajes de las personas —hombres y mujeres, no pocos niños— que se afanaban en sus distintos quehaceres. Me di cuenta de que, si ponía un poco de intención, podía notar los olores igual que la música: olía a estiércol de caballo, a agua de rosas, a vino fresco, a sudor, a humo de leña. El sueño era tan vívido que una de aquellas veces, me pareció que una persona se dirigía a mí, pidiéndome algo, quizá unas monedas para aliviar su pobreza, quizá que me apartara para que pasase un carro.

Ese día, la sensación de que en el sueño yo era algo más que un invisible espectador, me empujó a ir caminando a la oficina y solicitar a mis jefes la vuelta al horario normal de trabajo. La app me indicaba que llevaba más de un mes durmiendo una media de ocho horas y yo me sentía fresco y descansado al despertar. Dejé para más tarde el visitar a Heinemann y relatarle mis novedades.

Aquella noche, en cuanto volví al sueño de la música y la plaza soleada, me sentí como si estuviera en un lugar familiar, acogedor, mío. Disfruté de los aromas y los sonidos y hasta escogí una naranja del montón que ofertaba un vendedor de piel aceitunada y turbante de lino blanco a la cabeza. Sentí que la sonrisa que me dirigió al escoger su producto era real y verdadera, lo mismo que el tacto tibio de la fruta. Al volverme, me topé con un hombre ataviado con una túnica oscura sobre la que brillaba un colgante en forma de león.

—Bienvenido. Te hemos estado esperando mucho tiempo, acompáñame a casa —dijo, tomándome la mano.

Lo miré sorprendido porque, pese a que hablaba en un idioma que yo desconocía, podía entenderle.

—No te asustes —me dijo—. El rabí Isaac nos profetizó tu llegada hace ya más de doscientos años. Nos dio instrucciones precisas sobre tu apariencia, tu ropa y tu forma de proceder. Tienes que acompañarme, porque nuestro pueblo padece una terrible enfermedad y El Señor te envía para sanarnos de ella.

Aturdido, di unos pasos detrás de él. Entendí que el hombre era un judío y que ya transitábamos por las estrechas callejuelas del Cal de Gerona. Le pregunté qué enfermedad era aquella.

—El sueño, señor. Todos los varones del Cal tenemos las mismas pesadillas que nos atormentan. Nos llevan atados, en fila, hacia unos edificios de ladrillo y altas chimeneas, por las que dia y noche sale un terrible humo negro.