Con coraje femenino


Foto de Anas Hinde en Pexels

El coraje es una cosa que tiene muchas formas.

El coraje se compra, pero no se vende; se adquiere y puede perderse incluso en la misma jugada. No se nace con él, porque entonces, no habría mierdecillas, ni maricomplejinas, ni seres parecidos: todos seríamos una especie de Reina Medb, siempre corajuda, siempre cabreada, que mea de pie y deja charcos como lagos en los que se ahogan veinte Armadas Invencibles.

Ya sabemos, por la Historia y por los papeles, que no es asín.

Por eso, porque me ha parecido un coraje bien adquirido y admirable, me ha gustado esta historia:

Todo aquel que haya visitado Nueva York sabe que esa ciudad tiene tres iconos que merecen ser visitados: la Estatua de la Libertad, el Empire State Building y el Puente de Brooklyn. Voy a hablar de este último, voy a contar la historia de una mujer: Emily Warren.

Emily Warren nació en 1843 en Cold Spring, Nueva York. Para ponernos en situación voy a señalar que la primera mujer estadounidense que entró en una universidad lo hizo en 1849 y que el voto femenino en ese país no llegó hasta 1920. Emily se quedó huérfana de padre y madre muy joven, su hermano mayor la internó en un convento y se preocupó de que tuviera una formación completa: álgebra, historia y confección.

Con 21 años, en plena Guerra de Secesión, visita a su hermano que es general del ejército de la Unión y conoce a Washington Roebling, coronel e hijo de John Roebling, ingeniero. Poco tiempo después se casan.

En 1869 encargan a John Roebling la construcción de un puente en Nueva York que uniera el barrio de Brooklyn con la isla de Manhattan. John Roebling, visitando el emplazamiento donde iría el futuro puente, sufre una accidente que le provoca la muerte días después por tétanos.

Washington Roebling, su hijo, el esposo de Emily Warren, se queda de ingeniero jefe y al poco de empezar sufre la enfermedad de la descompresión, lo que le impide acudir a la obra. Se traslada a vivir a Brooklyn Heights para poder ver al menos la evolución del puente desde la ventana de su casa pero teme que le destituyan como ingeniero jefe. Aquí es donde entra en acción Emily, que le dice a su marido que ella sería sus ojos, sus oídos, su voz, sus manos; que ella sería el nexo entre él y su obra.

Y empieza a estudiar y a empaparse de todo lo referente a resistencia de materiales, el comportamiento del acero, cálculo de curvas catenarias, etc. Su marido era su profesor y ella todos los días acudía a la obra y transmitía las órdenes de su marido y todas las dudas que tenían los encargados se las resolvía… ¡una mujer de solo 27 años sin formación universitaria y en 1870!

No sólo hizo eso sino que convenció a los políticos de turno que no sustituyeran a su marido como ingeniero jefe. Trece años estuvo dirigiendo la obra.

El día de la inauguración le concedieron el honor de ser la primera persona en cruzar el puente.

Si vais a Nueva York, cruzad el puente, disfrutad de la vista de la isla de Manhattan desde Brooklyn, notad la dolorosa ausencia de las torres gemelas y cuando regreséis cruzando de nuevo el puente, rendid homenaje a esta extraordinaria mujer: Emily Warren.

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