Perros verdes (hoy, vamos de verde)


Tonos de verde. Foto de Daria Shevtsova en Pexels
Bueno: creo que lo mejor para celebrar el día de hoy es… reeditar una entrada de 2010, nada menos. ¡Once años nos contemplan!
La actualizo con enlaces nuevos, ilustraciones y renovados comentarios…
Cuando en lenguaje coloquial le decimos a alguien que “es más raro que un perro verde”, estamos usando sin saberlo la misma terminología que los tratados legales irlandeses utilizaban para referirse a una cosa extraña, forastera.
Y es que en la Irlanda altomedieval existían los “perros verdes”, pero no tenían cuatro patas.
No sé cuán comunes o raros serían, porque los intercambios de todo tipo entre tuatha (tribus) debían de ser bastante numerosos: en una isla pequeña, y en territorios contiguos, los intercambios de productos serían relativamente fáciles, a menos que la geografía lo impidiera gravemente, y tenderían lógicamente a unir más, y más a menudo, que otra cosa. Los intercambios de genes, lo mismo.
En general no parece que hubiera grandes diferencias en modos de vida, genética, lengua, etc. entre distintas tuatha irlandesas. Pero el territorio se dividía en tuatha de forma tradicional, como nosotros nos dividimos en provincias. Se ha discutido bastante acerca de las posibles diferencias étnicas en momentos de la Antigüedad Tardía en Irlanda, pero es tema que no viene al caso aquí.
Así que un “perro verde” es una definición legal: el hombre que sale de su tribu y distrito para ir a convivir con una mujer de otra tribu.
Hay que tener en cuenta que la palabra “tribu” (tuath) no tiene el componente étnico que podría tener en un contexto nativo-americano o de pueblos cazadores-recolectores.

Fergus Kelly en su Guide to the Early Irish Law dice “perro gris” y, en el diccionario, glas abarca distintos tonos, desde el gris verdoso al verde hierba.

La mayor parte de las regulaciones concernientes a estas personas tiene que ver con las consecuencias legales de su matrimonio con la mujer de la túath receptora. Al ser un forastero, ese hombre no posee precio de honor propio (es decir: derechos o deberes legales) dentro del territorio de la túath de acogida. Pero si la unión es reconocida por la familia de la mujer, entonces cuenta como si tuviera la mitad del precio de élla, y eso ya es un derecho (a indemnización según ese precio). De todos modos, él no puede hacer contratos independientes sin permiso de ella, que es quien paga sus multas y sus tasas.
Lo curioso es que tampoco tiene responsabilidad legal en la crianza de sus hijos, ni en las faltas que éstos puedan cometer, que recaen en la familia de la madre, asunto espinoso para ésta. Es de suponer que, al perder sus derechos, él se consideraba de menor status que ella. Un buen ejemplo es Fergus, en el Táin Bo Cuailnge, que “por ir detrás de las nalgas” de Medb, figura como un personaje sin poder, marioneta de la poderosa Reina. Pero ese es un ejemplo (demasiado) literario.
Porque lo “normal” no era que un hombre cambiase de tribu (y perdiera sus derechos), sino que precisamente, lo hiciese la mujer, que en muchos casos, históricos, servía de objeto de intercambio y sello de amistad o de sumisión de unos territorios o “clanes” sobre otros.