El Táin perdido y hallado


S. Isidoro Hispalense, escultura por xxx en la escalinata de la Biblioteca Nacional, Madrid.

Se dice que el Táin fue traído de España a cambio de las Etimologías, que en Irlanda se denominaban el Culmen (es decir, “la cumbre del conocimiento”, así, en hiberno-latín). Se lo llevaron de España a Irlanda unos sabios que buscaban el Táin en la Península Ibérica, ya que su memoria había perdido los sucesos concretos de la famosa épica. Así lo dice la historia de El Hallazgo del Táin («Do faillsigud Tána bó Cúailnge») cuya redacción más antigua está en el Libro de Léinster, siglo XII.

Lo primero que salta a la vista es que los irlandeses pretendían haberse llevado dos cosas por el precio de una… El Táin, que era lo que buscaban, y las Etimologías. Así que, a lo mejor en vez de sabios, eran más bien hábiles comerciantes… Aparte de ese detalle, y de bromas, en esa historia lo que realmente se cuenta no tiene nada que ver con España ni con las Etimologías.

Así que hablemos de datos históricos. Lo cierto es que San Isidoro de Sevilla, (560–635 AD) debió escribir su obra en la primera mitad del s. VII. En ese momento, Irlanda se encontraba en plena “Edad de Oro” de escritura en lengua nativa y en Latín. Aunque es dudosa una fecha exacta, T. Ó Máille, en los años 20 del siglo pasado, consideraba que el libro debió llegar a Irlanda muy poco después de escrito. Esto no sería raro, precisamente por la vitalidad de dicha “edad dorada” y la proverbial movilidad de los sabios irlandeses.

Una prueba indirecta, es que en el monasterio de San Gall se conservaba una copia de las Etimologías en caligrafía irlandesa . Ya sabréis que el primitivo monasterio de San Gall fue fundado por uno de los compañeros de S. Columbano de Bobbio, notable peregrino, fundador y cascarrabias irlandés, polémico viajero por el Imperio Carolingio. Ese monasterio, hasta nuestros días, ha suministrado bastantes manuscritos relacionados con Irlanda y con su lengua nativa.

Finalmente, hay indicios del uso de las Etimologías -que deben mucho a la Retórica Clásica de la Antigüedad- en la obra atribuida al rey-obispo de Cashel, Cormac (siglo IX) llamada «El Glosario de Cormac» y también en el género literario irlandés denominado dindsenchas. Este trata de explicar el origen y significado de distintos topónimos de Irlanda y está hiper-representado en el Táin, precisamente, mediante truculentas historias que relacionan hechos y personajes de ese Saqueo mitológico con nombres de lugares.

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Fuentes:

Ó Máille, T. : The autorship of the Culmen (Ériu 9, 1921).

Oroz Reta, J.,: Etimologías, Libros I-X. Ed. bilingüe. BAC. (Salamanca, 1982).

Barney, S.A.; Lewis, W.J.; Beach J.A. & Berghof, O. (eds.): The Etymologies of Isidore of Seville, (Cambridge: 2006).

El estrellero de San Juan de la Peña


(Reseña dedicada a Ángeles Navarro, que también escribe maravillas y es abuela narradora).

Esta novelita -o mejor fábula (recojo aquí el tono del epílogo de Táin II, pero sin acritud)- llegó durante el confinamiento mayor, de forma gratis et amore por la propia autora, Ángeles de Irisarri, que lo puso online para quien quisiera bajarlo. Así lo leí en mi KIndle, hace ya más de un mes.

Me da que las escritoras llamadas Ángeles tienen un… aquel para la ternura (aunque algunas practiquen el género negro con fran habilidad).

El caso es que esta fábula se lee de un tirón no porque sea “fácil” en el sentido de poco compleja, que también, sino porque así lo ha querido la autora, narrándolo de una forma que recuerda mucho a cómo contaban los cuentos las abuelas o las mamás, a los niños de antes.

Y este estrellero es un Barón Rampante a su estilo, porque “el árbol” en el que pasa tanto tiempo subido es una plataforma que se ha fabricado él para ver mejor las estrellas. Y como vive en San Juan de la Peña, no hay más árboles a los que agarrarse. El estrellero, que en realidad es un físico, lo primero que encuentra en Aragón es un perruco de esos que se ven en algunas partes de España cuidando los ganados, con su cara bonachona, su pelo compacto y su ladrido ronco y batallador. Y por eso, el protagonista pasa mucho tiempo sin hablar con humanos, pero tampoco con perros, que no necesitan que se les hable para entender…

Y luego hay distintas incidencias: un abad que se muere y hay que embalsamarlo; un monje que se muere de pena por lo anterior; una corte militar que llega a San Juan con sus vanidades y sus violencias, pues los abades allá eran laicos entonces, como en Clonmacnois e igual de irritables; un hombre extraño al que unos dan por loco y otros por desgraciado, pero que preocupa tanto que los monjes hacen venir a sabios de toda Europa para tratar su caso (me alegra que un monje de Bobbio estuviera entre ellos, aunque la autora lo pinte italiano y no de los fundadores, que eran muy estrelleros también) ¡y vaya la que lían para averiguar el estado mental del pobre hombre!. Hay también una bruja que no lo es, y unos viejucos cascarrabias dando la lata en el monasterio.

Foto de Miriam Espacio en Pexels

Y… ¿conseguirá el estrellero ver su estrella?

El librito se lee fácil porque es una fábula llena de sencillez y de ternura. Más que una novela histórica, que no se ha buscado, es un relato tradicional de magia oral, pero puesto por escrito, con humor y una sonrisa de autora. Y que nos lleva al pasado y a uno de los lugares más hermosos y emblemáticos de Aragón, pero sin épica, más bien con dulzura.

Un librito recomendable, ¿saben para qué? Para leer a los niños antes de que empiecen a mirar móviles y zarandajas que no les darán ningún calor.

 

Manuscritos y “memorias” (una reflexión)


Folio de LU 59. Las Macgnímrada

Ahora que estoy repasando TBC I me doy cuenta de lo grande que fue la labor de los escribas y amanuenses irlandeses del s. X-XI. Debió ser hercúlea, ¿o hay que decir “homérica”?

Aquellos “bárbaros” que ya no lo eran, querían introducir su propia Historia en la del mundo. Esta era entonces la Historia escrita por Roma, que recogía la escrita por los Griegos, con sus dioses campando por el mundo, y la Historia Bíblica, o sea, todo aquello que dijera el Antiguo o el Nuevo Testamento. Por supuesto, con excursiones por los Apócrifos por si alguna cosa les resultaba extravagante (para incluirla, ¡menudos eran!) o paseos por donde hiciera falta.

Por supuesto que se apoyaban en la memoria oral de los profesionales denominados filid, pero ni estos eran Arqueólogos, ni Filólogos. Y tampoco eran superhéroes. Y aunque era probable que tanto los filid como los “nobles sabios” monásticos tuvieran buen conocimiento de los clásicos, (¡y del latín o el griego!) tampoco se enfrentaban a ellos como nos enfrentamos nosotros.

Como mucho, matizaban con lo que aparece muchas veces en TBC I: “y como dicen otros…” (córugud eile) o “como dicen otros libros…” (agus libair aile córugud aile…) y así, se curaban en salud.

Arqueología

Y además: ¿cómo estaba el manuscrito del que estaban copiando?

El otro día leía unos datos sobre la famosa prueba de pluma de Mac Célechar. Parece ser que a mediados del s. XIII (cuando se hizo la redacción III de TBC) ya no era legible por desvaimiento de la tinta, y parte del texto tampoco lo sería, a lo que se sumaba la falta de comprensión del idioma. Sí, del propio idioma.

En la exposición que vimos el año pasado sobre El Cantar del Cid y Ramón Menéndez Pidal ya pudimos hacernos una idea de lo necesario para leer un documento del s. XIII, que está escrito en un castellano lo bastante moderno como para que a los que estudiamos Historia en mi generación aún podamos leerlo transcrito, sin modernizar, y enterarnos de gran parte de lo que cuenta… Pero pertenecemos a una generación con cultura Universitaria “antigua”, aparte de habernos especializado en leer cosas viejunas, muy viejunas.

¿Cuántos siglos puede conservarse oralmente un hecho? Y no me refiero a una hazaña histórica, sino a detalles, por ejemplo: ¿cómo eran las vainas de la espadas de hace trescientos años?En nuestro tiempo, hay que acudir a un especialista para saberlo y reflejarlo por ejemplo en una novela histórica.

Y de qué manera se conserva el “hecho” (pachucho, reseco, momia, polvo eres, etc…) cuando alguien, feliz o inconsciente, lo recoge. Y también cómo lo recoge, si con pinzas o con una pala o…  Me hizo mucha gracia -creo que ya lo conté en Mujerárbol– que en una de las rebeliones irlandesas del XIX se confiscaron las “armas” que llevaba un grupito de rebeldes y entre ellas resulta que había una pequeña espada de una tipología conocida de la Edad del Bronce. Por supuesto, el confiscador no tenía ni idea de lo que era “aquello”, ¡pues la iba a tener el que la llevaba…! Pero lo que uno se encuentra en el suelo…

Así que, una vez expresada la vieja cautela escéptica del escriba del colofón latino de TBC II (otro que tal) expreso la mía propia: ni es Edad del Hierro todo lo que lo parece, ni pagano todo lo que aparenta. A veces, leyendo el Táin, tengo la impresión de ue solamente es un nombre.

Las coincidencias de dos mil años, muchas veces son… criaturas nuestras. La información importante (para entonces) no es la que creemos ver (ahora). Y, en general, soy escéptica sobre las coincidencias.

Última Roma


Restos de la “ciudad de Cantabria” en La Rioja. De akendali, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/index.php?curid=54476762

“Ultima Roma” de León Arsenal, fue el primer libro editado en España que llevaba códigos QR insertados, mediante los cuales se accedía desde sus páginas a mapas, breves notas o a pequeños videos que contextualizaban la carga histórica de la novela.

La historia que cuenta está ambientada en una época tan de finales del Imperio Romano que raras veces aparece en el cómputo de “lo más leído” o, habría que decir, de “lo más editado”, y eso que “Roma”, como palabra, vende mucho.

“Ultima Roma” es un libro muy bien escrito, con varias tramas que se solapan de una forma muy atractiva. Hay un espía al servicio del Imperio realmente existente en ese momento, el de Oriente. Hay un contingente militar romano que también sirve al mismo Imperio, pero posee otras tradiciones profesionales, pues procede de las estepas asiáticas. Está el papel de las tribus hispánicas poco romanizadas… o más bien “retrocedidas” en su momento histórico, un retroceso que a mí —como medievalista— siempre me intrigó, y cuyo rastro se vislumbra tanto en Hispania como en otros sitios. Está también el papel de los germánicos (suevos y godos) ninguno de ellos recién llegados a la Península y los segundos, poco “bárbaros” ya. Y está el de los extranjeros venidos de otras partes el Imperio: el motivo britónico por el que una empezó a leer la novela…

los personajes contienen elementos que me gustan especialmente, porque no suelen aparecer en la ficción histórica al uso: lo simbólico, como por ej. que el espía sea ciego y por tanto se valga de otros para su labor, así como sus introspecciones de tono onírico entre paisajes surrealistas. O lo intrigante, como la mujer que guarda las máscaras militares de los romano—britones, ¿por qué una mujer y no el “bardo” que aparece con ella?

Todos estos elementos hacen muy atractiva una historia que transcurre en la Hispania todavía no controlada del todo por los visigodos, al lado norte del Duero y cerca del curso, hoy riojano, del Ebro. , aunque la historia empieza en Cordoba y se extiende también por la costa levantina… O sea, que Hispania como paisaje también tiene un peso tangible en la narración.

Quizá la única pega que le pondría es su final algo abrupto. Por lo demás, una obra que me hizo disfrutar como los niños con el desarrollo de la acción y entretenerme como la divulgadora histórica que me gustaría ser con las extensiones por QR.

Con “Última Roma” empecé a interesarme por un novelista entonces desconocido para mí al que ya sigo con interés y que en el momento que escribo esta reseña, creo poder considerar como un amigo.

Mirando hacia atrás: Valdediós


  Estupendísimo y completo paseo por el exterior y el interior del maravilloso templo de San Salvador de Valdediós de Asturias. Cuando lo vi, hace dos años, me quedé con muchísimas ganas de saber más. Aparte del lugar delicioso en que se encuentra, sus proporciones y su equilibrio exterior son dignos de mención. En “Viajar […]

San Miguel de Escalada


Escalada. Exterior (foto Mujerárbol)

Esta entrada es la última que le dedico al prerrománico maravilloso que vimos en la excursión con Cultur-Viajes por las tierras del viejo Reino Leonés.

S. Miguel fue uno de los varios monasterios que rodeaban la villa real de Alfonso III el Magno en León. La presencia real más al sur animó a monjes huidos de Córdoba a fundar allí este enclave, uno de los pocos que quedan de ese momento inicial del que ahora se llama “arte de la repoblación” en vez de “mozárabe”. El edificio se consagró en el año 912 y en la ceremonia estuvo presente el afamado eremita berciano Genadio, obispo de Astorga.

La delicadeza de las superficies de las columnas reutilizadas, la de la mayoría de los capiteles, el ritmo de los arcos, el de las suaves ondas grabadas en los altares, me maravillaron. Es verdad que algunos capiteles parecen más toscos (no son coetáneos), pero la manufactura general y además el orden que reina en las naves, hacen del interior un sitio maravilloso.

Sin embargo, lo que nos contaron acerca de las modificaciones de la altura del edificio original y su decadencia hasta la restauración de finales del XIX me indujo a escribir en mi libro de notas una cosa trágica, que luego mostraré.

La restauración dejó un edificio con notables diferencias entre exterior e interior. Quedó muy bien explicada la función del pórtico con esa delicada arquería tan famosa: uso funerario y lugar de acogida de los “excomulgados”, que no podían entrar al templo en los momentos rituales, mientras cumplían penitencia. La galería concuerda con la orientación de las tres naves del templo, aunque no acabo de entender si ya existía en el momento mozárabe (o como queramos llamarlo, según gustos ideológicos) y, entonces, se trata de un precedente de los que existieron luego en edificios plenamente románicos.

El que le hayan agregado ese cuerpo románico-tocho que se ve en todas las fotos, no concuerda con el “aire” delicado y elegante que en su momento debió de tener el conjunto. La función del agregado -actualmente convertido en proyecto museístico- no me quedó muy clara, aunque en su interior se hallan tumbas de distintas épocas, que indican que tal uso existió. Al haberse perdido partes del monasterio bajomedieval, el conjunto queda un poco caótico. Así sucede con la altura actual del edificio.

Celosía visigoda
Escalada: alturas discordantes y celosía “asturianizante”.

A la vista de que los modillones (de rollos) quedan fuera de la linea del tejado en algunos sitios, y a la vista del efecto de “corte” que el tejado ha hecho sobre el alfiz de los elegantes arcos del pórtico, esa parte de la restauración decimonónica… fue un churro.

Modillón (foto grupo Cultur-Viajes)

Distintos detalles del interior también indican desacierto, aunque el interior sigue siendo tan, pero tan elegante, que uno se olvida.

Fontaine señala que tal elegancia se encuentra en los pequeños ajustes que dotan a la planta basilical de gran armonía, como el hecho de que el arco central del transepto sea más estrecho que los dos que le acompañan. Eso divide en dos mitades equilibradas todo el espacio, siendo las dos naves laterales también más estrechas que la central.

mozárabe, Escalada, León
Naves (https://www.glosarioarquitectonico.com/)

Se conservan in situ parte de las cancelas que cerraban el presbiterio a la hora de la consagración. Esa parte tan peculiar del ritual hispanovisigodo dejó de muestra este elemento, siempre con una decoración maravillosa, abstracta y delicadamente abigarrada que -aunque sea en piedra tosca, como la que vi hace dos años en Sta. Cristina de Lena– evoca una cortina de suave tejido.

Por cierto que el cerramiento ritual de la cabecera se realizaría materialmente por medio de cortinajes, sujetos a bastidores, de los que al parecer han quedado restos en algún sitio. Esto me lleva a pensar en “el iconostasio” de la Damliag y su posible estructura de madera… pero bueno, ese es un asunto demasiado lejano.

Más cercana me quedó la sensación de que los edificios del monasterio, hasta la Desamortización y a lo largo del siglo XIX y XX, a través de los tiempos y de los cambios de ritual, sufrió tanto como la libertad y la igualdad de los ciudadanitos del país de solysombra donde habitamos.

Durante el trayecto hasta Escalada, me iba fijando en el destrozo que la procesionaria del pino había hecho en TODOS los montes del camino (se ve parcialmente en la foto de los modillones), asesinando árboles grandes y plantones pequeños, lo cual me dejó un regusto triste del encuentro con San Miguel de Escalada.

Por eso, escribí aquel dia en mi “diario” ful de viaje:

España y sus demoños fritos: los españoles.