Animación (para no desanimarse)


Me ha llegado a través de Facebook noticia de esta película que al parecer ha pasado sin pena ni glorias por las pantallas (¡estrenada en 2010!). Me he quedado a cuadros, ¡qué bien hecha!

Que se trata de un trabajazo que merece la pena da fe el “making off” que se puede visualizar aquí.

Y aquí una animación basada en la imaginería de los códices medievales, que es una pasada.

No se comprende que películas así pasen desapercibidas en medio de tanta basurilla. Dejamos aparte las superproducciones algosajonas, a menudo igual de basurientas.

La imaginación… tururú.

Escuela de paciencia


Nunca como este año me he sentido más agobiada por el verano, la calor, la chucha que todo lo invade, la falta de sueño por las noches “tropicales” (que no, no son noches de dulce samba con palmeras a orillas del mar). ¡Agh!

palmeras, mar
Palmeras al borde de (otro) mar

Será que una ya va teniendo una Edad Media y no es capaz de recomponerse a media mañana, cuando toca café y tostada, para luego calzarse las mallas y las zapatillas y salir al paseo-caminata-trote facultativo.

Nada, ni eso: llegan las 9:40, ya hay 30 grados fuera (igual que en la habitación) y las mallas se quedan en la percha, mientras el café se enfría; se le añaden dos cubitos de hielo y… ¡a la porra la bicicleta! Libros que leer van laguideciendo (o aumentan, que es peor) encima del sofá, o de la mesita centro, o en cualquier lado. Los cactus me miran con más temor que yo a ellos. Demasiado tiempo ante la pantalla del ordenador, blogueando, por ejemplo. Descubrir restos de murciélago (o al mamiferillo mismo) en la ventana, encontrarse con que el autobús que una cogía para reunirse con la familia ya no para ahí, que sabediós cuándo va a volver a parar… Si no hiciera tanto calor, iría caminando…

Uno de estos años decidiré pasar todo el verano fuera. Bien al norte, bajo lluvias y encima de verdes prados, antes de que también estos desaparezcan. Pero todavía no han cambiado tanto las circunstancias personales como para permitírmelo. Grrr. El verano es una escuela de paciencia.

De momento fantaseo, escribo, hago dibujitos*… me adormilo mirando las paredes, todavía muy vacías.

Y sigo odiando el verano, aunque no tuviera olas de calor.

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(*) Voy a colocar tooodos los de Tudu -y alguno más- en un archivo/lugar nuboso, para que los que quieran, puedan mirarlos. En fin…

Verano y “veranito”


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Desde la infancia, no me gusta el verano.

A lo mejor se debe a que hubo un momento delicado en el que disfruté de “otro verano”, fresco o casi frío, en el norte de España que, desde entonces, marcó mis preferencias. ¿Creerán mis lectores que aún me acuerdo de que hice en el cole, unos días antes, fuera de fecha, un examen en solitario porque me iba y noestaría con las demás en semejante trance? ¿y que me acuerdo de que íbamos a tomar el tren nocturno -salía si no recuerdo mal a las 11 de la noche de la Estación del Norte- y salimos de casa de mi abuela cargados con las maletas, alegremente, mi tío en cabeza, animándonos, puesto que toda la tribu íbamos a su casa, en aquella ciudad mitológica del Norte?

Creo que la foto da una clara indicación de cuál era la ciudad. Y sí, yo soy la de las coletas. Debió ser en ese mismo año…

Siempre pensé que odiaba el verano por las tormentas. Las tormentas me descomponían, me ponían mala y no pude soportarlas hasta bien entrada la adolescencia… a menos que vinieran acompañadas con agua, que entonces era una delicia. La verdad es que tampoco me gustaba el ruido de los cohetes de la feria, y todavía me disgusta terriblemente cualquier ruido súbito de ese tipo; hasta los disparos que se confunden con petardazos, sí.

El caso es que la histeria informativa de las olas de calor y esas cosas de este verano -más insoportables aún por su estilo de apocalipsis chillón- me están molestando más que los calores en sí. Me quitan las ganas de hacer algo, incluso de hacer “deberes” literarios o de bloguear, y sobre todo, de salir a trotar por los jardines, que es lo que me gusta.

Este es un verano raro, el primero que paso descansando de verdad en casa -el pasado no hubo más que obras y reparaciones-, con la novela terminada y editada (vamos vendiendo poco a poco) y afianzando algunos proyectos nuevos. Pero como verano asfixiante, tiene su lado amarillo, guarrete, de vagancia, poca correa y escasas ganas de oir noticias, sobre todo si hablan de “delicias veraniegas” como las playas abarrotadas,o los medios de transporte colapsados por millones de veraneantes. Vamos, que habla de”veranito” -que a mi siempre me suena a señora gorda irregular con bañador impropio en una playa soleada que no es del norte.

Como si una no fuera un veraneante…

 

 

 

Vino, dadme vino


  Bueno, esta historia sí que me ha gustado. Primero por Cultur-Viajes, de cuyo buen hacer se lamenta solamente mi báscula. Luego, porque recorrer Eurupa catando sus vinitos no estaría nada mal. Y recorrer de ese modo Italia o, mejor, Hungría… ya sería la monda. ¡Ay!