Banastas


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Traigo espárragos hoy como homenaje a quien todos estos años me proveyó de ellos, un labrador de la ribera del Tajo como es esta tierra: ancho, abierto y libre. Siempre un “toma, hermosa” al entregarme la bolsa con el producto o devolverme el cambio. Sin mostrador, solo unas banastas con algo de fruta o verdura para quien quisiera comprar, ¡y una romana para calcular el peso!.

Suerte tuvo el hombre, que falleció antes de esta mierda…

Al fin de esta puta crisis ya no quedarán en la ciudad muchos “banasteros” vendedores de productos de la huerta en su propia casa; casi todos eran mayores, con derecho a no pasear.

A su viuda me encontré ayer, preocupada por la vieja casa (viejísima, de las más antiguas del Sitio) que orea todos los días para placer de los gatetes, que echan de menos a sus dueños y estirar las patucas por fuera de las ventanas.

Para este cuidado de la propia memoria, ella tiene que caminar más de un km. todos los días, porque desde que se quedó sola vive con otros familiares. Sí, camina en “confinamiento” y tal vez escuchando a alguna viejaelvisillo con acidez de estómago (y probablemente sin sus años ni su señorío) increparla por el “paseo”.

No se preocupe, a mí también me han increpado, y como eran voces de niño, advierto que las nuevas generaciones ya van aprendiendo a meter las narices donde no les importa. Será cosa de los “realiti chous” de la tele. Que les den much… as felicitaciones de Pascua a los unos y a los otros.

¡Este post va por los vecinos con portalón y banastas llenas de espárragos! ¡Ojalá volvamos a verlas, tan hermosas!

En el silencio



Foto de Min An en Pexels

Para combatir la desgana que se apodera de los que no teletrabajamos y estamos algo acostumbrados a estar solos, pero no tanto, asistimos a cursos y cursitos en internete, ¡que no falten las ganas de aprender!

A los que leen en los balcones -los de Sevilla, como el de la estupenda foto de la publicación que está en el enlace, o los de cualquier barrio que tenga balcones- les deberíamos hacer un monumento. Son un preciado tesorillo.

Hace ya unos… unos nosecuantos días, tuve que salir por la tarde, soleada y cálida, y era tal el silencio -solo los mirlos- que parecía oírse el pasar de las hojas de una joven lectora en un balcón de mi barrio.

Por suerte, aquí abundan los árboles. Generalmente aligustres, pero algo más allá, alrededor de la Plaza de Toros, hay un parquecito con hierba, olmos, cerezo, pino… Y entonces, se oyen y se ven los pajaretes que parecen haber vuelto a señorear las ciudades, como si fuesen más bien pueblos.

Ójala repitamos más esa hermosa actividad: sentarse en el balcón, o junto a la ventana abierta, a leer en el silencio. O por lo menos, a mirar los pájaros.

 

 

Animación (para no desanimarse)


Me ha llegado a través de Facebook noticia de esta película que al parecer ha pasado sin pena ni glorias por las pantallas (¡estrenada en 2010!). Me he quedado a cuadros, ¡qué bien hecha!

Que se trata de un trabajazo que merece la pena da fe el “making off” que se puede visualizar aquí.

Y aquí una animación basada en la imaginería de los códices medievales, que es una pasada.

No se comprende que películas así pasen desapercibidas en medio de tanta basurilla. Dejamos aparte las superproducciones algosajonas, a menudo igual de basurientas.

La imaginación… tururú.

Escuela de paciencia


Nunca como este año me he sentido más agobiada por el verano, la calor, la chucha que todo lo invade, la falta de sueño por las noches “tropicales” (que no, no son noches de dulce samba con palmeras a orillas del mar). ¡Agh!

palmeras, mar
Palmeras al borde de (otro) mar

Será que una ya va teniendo una Edad Media y no es capaz de recomponerse a media mañana, cuando toca café y tostada, para luego calzarse las mallas y las zapatillas y salir al paseo-caminata-trote facultativo.

Nada, ni eso: llegan las 9:40, ya hay 30 grados fuera (igual que en la habitación) y las mallas se quedan en la percha, mientras el café se enfría; se le añaden dos cubitos de hielo y… ¡a la porra la bicicleta! Libros que leer van laguideciendo (o aumentan, que es peor) encima del sofá, o de la mesita centro, o en cualquier lado. Los cactus me miran con más temor que yo a ellos. Demasiado tiempo ante la pantalla del ordenador, blogueando, por ejemplo. Descubrir restos de murciélago (o al mamiferillo mismo) en la ventana, encontrarse con que el autobús que una cogía para reunirse con la familia ya no para ahí, que sabediós cuándo va a volver a parar… Si no hiciera tanto calor, iría caminando…

Uno de estos años decidiré pasar todo el verano fuera. Bien al norte, bajo lluvias y encima de verdes prados, antes de que también estos desaparezcan. Pero todavía no han cambiado tanto las circunstancias personales como para permitírmelo. Grrr. El verano es una escuela de paciencia.

De momento fantaseo, escribo, hago dibujitos*… me adormilo mirando las paredes, todavía muy vacías.

Y sigo odiando el verano, aunque no tuviera olas de calor.

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(*) Voy a colocar tooodos los de Tudu -y alguno más- en un archivo/lugar nuboso, para que los que quieran, puedan mirarlos. En fin…