2. Miedo


Pero cómo que no tenemos miedo. Cómo no vamos a tener miedo de unos terroristas fanáticos cuya única y firme determinación es la de asesinarnos. Estamos aterrados, y ésa la única noticia esperanzadora en medio de este sindiós. Porque el miedo podría ser la solución. Me refiero al miedo de los valientes, claro. El de aquellos que miran el peligro a la cara y no salen corriendo. Un miedo que estimula la voluntad de sobrevivir y nos hace más eficaces. Los farsantes que corean la proclama o la aceptan bovinamente humillando la dignidad de nuestro Estado, sin embargo, son, además de mentirosos, profundamente cobardes. Y su miedo es tóxico y paralizante, es el miedo de las ovejas arrinconadas, el miedo del agarradme que no respondo, el miedo de quien implora piedad a los pies de su verdugo y no vacilará en traicionar a sus hermanos y culparles de sus males. Ese miedo, que jamás resolverá el grave problema que tenemos entre manos, circula desatado por nuestro país y nuestros representantes no sólo no le hacen frente sino que han decidido tomarnos por imbéciles.

Belisario, en el blogo de Santiago González, 27/08/2017)

3. Impiedad


Sin piedad con las víctimas en las calles de Barcelona

La autora considera que durante la manifestación no hubo reproches a los terroristas por sus actos ni piedad por los fallecidos.

Consuelo Ordóñez

27 agosto, 2017 22:05

La primera manifestación después de un asesinato terrorista a la que acudí se celebró en San Sebastián el día después de que ETA asesinara a mi hermano. Allí me emocioné por la cantidad de personas que mostraron su dolor y su apoyo a los que nos quedábamos huérfanos sin él. Me reconfortó.

Por eso, desde entonces he asistido a multitud de manifestaciones después de un atentado terrorista y Barcelona no podía ser una excepción. Yo estuve allí por las quince personas asesinadas —dieciséis, como supimos horas después— y por las decenas de heridos. Por sus familias y por tantas biografías truncadas. Estuve allí contra el terrorismo, por su condena y su deslegitimación.

Sabía, cómo no, que otros tenían sus propias motivaciones. Días antes critiqué públicamente que una fuerza política como EH Bildu, que no ha condenado el terrorismo —ni el de ETA ni el yihadista— acudiera a una marcha contra el terrorismo. Temí que el nacionalismo radical y excluyente que hemos padecido y padecemos en el País Vasco y Navarra repitiera sus estrategias y sus estragos en Barcelona.

No escuché ni un solo lema en memoria de las víctimas, en el recuerdo de esos dos niños asesinados vilmente

Me cuestioné el lema. Pero puse por encima de todo el respeto a las víctimas, el homenaje sentido y la memoria que les debemos desde el momento en el que cayeron asesinadas a manos del terror. Y acudí. Y vi muchas cosas, pero no la que debía haber presidido la marcha: la piedad.

No llegó a mis oídos un solo grito de reproche a los terroristas. Nadie gritó “en mi nombre, no”. No escuché ni un solo lema en memoria de las víctimas, en el recuerdo ni siquiera de esos dos niños asesinados vilmente o de esos otros que han quedado huérfanos. Ni una promesa de mantener su memoria.

En cambio, vi el odio con mis propios ojos. Vi ese odio propio de las ideologías radicales, basados en una mentira poderosa inoculada en las entrañas de decenas de personas. Vi ese odio que hace callar a los buenos, que silencia la libertad y asfixia la cordura. Vi ese odio chillón, seguro de que cuanto más alto grita, más razones acumula.

Tengo miedo de quienes son incapaces de ponerse en el lugar del otro y de imaginar el duelo de las familias

Por un momento me trasladé a la manifestación tras el asesinato del parlamentario socialista Fernando Buesa a manos de ETA. Aquella marcha fue objeto de una manipulación vil del nacionalismo vasco, que la convirtió en una marcha de apoyo al lehendakari Ibarretxe en el punto álgido de sus delirios independentistas. Ese día la dignidad de los nacionalistas tocó fondo. Me pregunto si aún nos queda algún episodio indigno que ver en Barcelona.

Ahora sólo puedo decir que yo sí tengo miedo. Tengo miedo de quienes son incapaces de ponerse en el lugar del otro y de imaginar el duelo de las familias. Tengo miedo de la hemorragia de odio que vi emanar de los radicales, para quienes ni siquiera la vida humana arrebatada está por encima de sus proclamas. Tengo miedo de los fanáticos.

Olvidan todos ellos que quienes tenemos motivos para odiar nunca lo hemos hecho. Han matado a nuestros familiares, nos han dejado heridas de por vida, pero desde el primer minuto tuvimos claro que no caeríamos en esa bajeza por una simple razón: no somos como ellos. A vosotros, los que hicisteis bandera del odio en las calles, os pregunto: ¿Y vosotros? ¿Queréis ser como ellos?

*** Consuelo Ordóñez es presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite).

1. Lucha o muere


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Un hombre llora a puerta cerrada y con el cerrojo puesto. Y habla, ante los demás, tan sólo de lo grave, de aquello en lo cual la muerte –que es lo único grave– se dirime. Y lo hace con contención medida. Ante el absoluto al cual llamamos muerte, no es digna la retórica. De ningún tipo. Y el grito reviste siempre una autocomplacencia obscena.

Un hombre busca entender: conocer por qué tortuosos caminos llegó hasta él lo más terrible. Y toda su apuesta de hombre libre cabe en eso: no lamentarse. Por más que duela. Ni maldecir. Ni detestar siquiera. Un hombre cabe en la apuesta de dar fría batalla a las fuerzas más sombrías, sin perder un átomo de su luz racional. Porque sólo esa luz va a permitirle no ser derrotado.

Un hombre traza, en el tenebroso laberinto de las huellas, los vectores que forman el teorema asesino que hizo trizas su vida, sus sueños, las vidas y los sueños de los suyos. Y da cuenta glacial de esa lógica. Porque hay en el horror una lógica tan blindada como en la inteligencia o la alegría. Y casi nunca el malvado es tan sólo un perfecto imbécil. Las lógicas del mal son implacables y deben ser expuestas con el mismo primor con que un oncólogo dibuja el cuadro genético de un cáncer.

En frío, pues. Conviene hablar en frío y comedidamente del golpe que recibió España en Barcelona y Cambrils, la semana pasada. Tomar en serio la reivindicación de Daesh. Entender a qué enemigo nos enfrentamos. Y con qué medios. Y saber bajo qué condiciones ganaremos y bajo cuáles estaremos condenados a una derrota similar a la de aquel 11 de marzo que hundió el proyecto de modernidad española.

En frío, conviene hablar en frío, porque también de lo trágico común se debe escribir con el mayor sosiego. Y con el mayor rigor. Sobre todo, de lo trágico común. El sosiego riguroso es el lenguaje trágico. Paul Valéry lo fija en un axioma acerado acerca de las tragedias de Jean Racine: «en las más altas conmociones, respetar los subjuntivos». La emoción no exime de la lógica; la exige. Respetemos los «subjuntivos» racinianos. Los cual, en el lenguaje del analista político, significa respetar la exposición clara de las determinaciones que confluyen en ese día de agosto en el cual un puñado de soldados de Alá –no un puñado de locos, ni siquiera de canallas, un puñado de soldados de Alá– consuma el mandato, que sus miembros han leído en el Corán, de matar a todo aquel que se empecine en negar la verdad única del Libro dictado al profeta por Alá. Ese libro de páginas de oro que, desde toda la eternidad, existe a la vera del Grande y Magnánimo, como atributo suyo.

La sentimentalización nos envilece. Siempre. Da igual que el grito sentimental sea buenista y positivo (el refugees welcome de esa inepta Carmena que llamaba a «empatizar» con Daesh tras los asesinatos de París, ¿llamará ahora a lo mismo?) o de bárbara exclusión fóbica (las voces irracionales que claman por hacer tabla rasa de los musulmanes). De nada sirven, en política, ni angelismos ni demonizaciones. A no ser de acicate para empujarnos al abismo. En esa medida exacta, todo sentimentalismo nos envilece, nos hace irracionales, estúpidos. Y vulnerables, por tanto. Envilece la verdad primordial de ese dolor sin palabras de lo trágico. Escribía el gran Luis Cernuda que, al igual que el amor, «debe el dolor ser mudo».

La retórica afectiva envilece, sobre todo, la más alta virtud de un hombre: la de entender lo que le ha sucedido. Y afrontarlo y combatirlo. Sin miedo. Y sin esperanza. Con lógica sólo. Ante lo trágico, no hay otra dignidad que no sea el cruel abrir los ojos a una búsqueda de la verdad que sólo nace del rigor. Sin una concesión. Sin una complacencia. Estamos en guerra. Hablemos de esa guerra. Planifiquemos ganarla. O aceptemos ser destruidos.

En enero de 2009 George Bush cerraba su mandato. La presencia militar americana garantizaba la pacificación del territorio iraquí. No eran necesarias virtudes proféticas para saber lo que sucedería si esas tropas eran retiradas. Estallaría una guerra que se extendería a todos los territorios colindantes. Fue lo que hizo Barak Obama, responsable último de lo que vino luego. Daesh se instaló en la zona abandonada por los americanos. Había aprendido de la derrota de Bin Laden. No basta una estructura de terror difusa. Para que ésta funcione, se requiere el soporte logístico de un Estado clásico, o de algo que germinalmente lo sea.

Fue lo que Al-Bagdadi proclamó desde Mosul. Dando origen a la guerra de exterminio más salvaje del siglo XXI. Hoy, Al-Bagdadi parece haber muerto, Mosul cayó, Raqqa está en trance de caer. El suelo del Estado Islámico se volatiliza. Y no queda más territorio sobre el que continuar la lucha que el de una Europa a la cual han afluido parte de los yihadistas que salvaron la vida. Empieza la segunda fase de la guerra. El territorio de Yihad no está ya al otro lado del estrecho. Está en un continente europeo que carece de un ejército común que merezca tal nombre.

Los yihadistas asientan su legitimidad simbólica en dos pilares. El primero, la numerosa población musulmana en Europa. El segundo, el carácter intemporalmente musulmán de ciertos territorios. España, sobre todo. Porque, conforme a la doctrina del Waqf, aquello que Alá entregó al islam una vez, lo entregó para la eternidad toda. Los yihadistas buscan apoderarse de Europa y recuperar su legítima propiedad en España. Es una diferencia relevante.

La guerra está aquí. Y va a quedarse. Es una guerra de la cual Europa puede salir destruida, si no se dota de un ejército y una inteligencia eficaces. Es lo que toca ahora. Planificarla en serio. O aceptar la derrota. Y no llorarla. Un hombre llora a puerta cerrada y con el cerrojo puesto. Luego decide: lucha o muere.

(Recogido en Fundación para la Libertad, 28/08/2017) http://paralalibertad.org/glacial/)

 

 

La cita del Domingo (1)


¿Y a mí qué me importa si el Corán lo prescribe o no, o si la Biblia recomienda apedrear a las adúlteras o perseguir a los homosexuales a tiros? Eso sencillamente no es aceptable. Y usted puede leer los libros religiosos que quiera mientras no le impidan cumplir las leyes que obligan a todo hijo de vecino.

(Fernando Savater, en una entrevista que hay que leer entera)

Actualidad


Como ya os habréis fijado, he añadido en la columna de enlaces del blogo unos cuantos dedicados a los “Pensares” y las opiniones de actualidad. Siempre me ha gustado estar bien informada de la actualidad política, social y cultural de mi país, y contribuir de una forma u otra a la participación en grupos civiles. He decidido compartirlo con mis lectores.

Bueno, pues aunque Mujerárbol no es un blogo de opinión política, hoy traigo un artículo breve y escrito con la suficiente “maldaz” por Santiago Trancón como para abrir algunas mentes… que deseen abrirse.

No procede de la revista digital que lea más a menudo (soy más asidua del agregador de noticias de la Fundación por la Libertad, por ejemplo) pero las propuestas de CINC me gustan mucho por su posición frente a este asunto,  que no es otro que de la unidad, libertad e igualdad de los españoles.

Viene a proclamar (Puigdemont) públicamente la independencia, a legitimar su golpe de Estado contra el orden constitucional, a asustar a los demócratas, a intimidar a la prensa opositora, y todo encubriéndolo con el falaz argumento de ofrecer no se sabe qué pacto al Gobierno…


De la pasada Semana y Jorge Bustos

Pero el Viernes Santo, se tenga o no fe, debiera ser la ocasión anual para mirar a los vertiginosos ojos claros de la muerte. No por morboso pasatiempo, ni necesariamente por católico precepto, sino incluso por sensatez pagana, para celebrar la certeza consoladora de Epicuro: la muerte no me importa porque cuando estoy yo, no está ella, y cuando está, entonces ya no estoy yo.