El estrellero de San Juan de la Peña


(Reseña dedicada a Ángeles Navarro, que también escribe maravillas y es abuela narradora).

Esta novelita -o mejor fábula (recojo aquí el tono del epílogo de Táin II, pero sin acritud)- llegó durante el confinamiento mayor, de forma gratis et amore por la propia autora, Ángeles de Irisarri, que lo puso online para quien quisiera bajarlo. Así lo leí en mi KIndle, hace ya más de un mes.

Me da que las escritoras llamadas Ángeles tienen un… aquel para la ternura (aunque algunas practiquen el género negro con fran habilidad).

El caso es que esta fábula se lee de un tirón no porque sea “fácil” en el sentido de poco compleja, que también, sino porque así lo ha querido la autora, narrándolo de una forma que recuerda mucho a cómo contaban los cuentos las abuelas o las mamás, a los niños de antes.

Y este estrellero es un Barón Rampante a su estilo, porque “el árbol” en el que pasa tanto tiempo subido es una plataforma que se ha fabricado él para ver mejor las estrellas. Y como vive en San Juan de la Peña, no hay más árboles a los que agarrarse. El estrellero, que en realidad es un físico, lo primero que encuentra en Aragón es un perruco de esos que se ven en algunas partes de España cuidando los ganados, con su cara bonachona, su pelo compacto y su ladrido ronco y batallador. Y por eso, el protagonista pasa mucho tiempo sin hablar con humanos, pero tampoco con perros, que no necesitan que se les hable para entender…

Y luego hay distintas incidencias: un abad que se muere y hay que embalsamarlo; un monje que se muere de pena por lo anterior; una corte militar que llega a San Juan con sus vanidades y sus violencias, pues los abades allá eran laicos entonces, como en Clonmacnois e igual de irritables; un hombre extraño al que unos dan por loco y otros por desgraciado, pero que preocupa tanto que los monjes hacen venir a sabios de toda Europa para tratar su caso (me alegra que un monje de Bobbio estuviera entre ellos, aunque la autora lo pinte italiano y no de los fundadores, que eran muy estrelleros también) ¡y vaya la que lían para averiguar el estado mental del pobre hombre!. Hay también una bruja que no lo es, y unos viejucos cascarrabias dando la lata en el monasterio.

Foto de Miriam Espacio en Pexels

Y… ¿conseguirá el estrellero ver su estrella?

El librito se lee fácil porque es una fábula llena de sencillez y de ternura. Más que una novela histórica, que no se ha buscado, es un relato tradicional de magia oral, pero puesto por escrito, con humor y una sonrisa de autora. Y que nos lleva al pasado y a uno de los lugares más hermosos y emblemáticos de Aragón, pero sin épica, más bien con dulzura.

Un librito recomendable, ¿saben para qué? Para leer a los niños antes de que empiecen a mirar móviles y zarandajas que no les darán ningún calor.

 

Soplos de luz


libro

He terminado el libro de Irene Vallejo “El infinito en un junco”, una delicia que me llegó en e-book desde una mano amiga, a la que desde aquí doy las gracias.

El libro nos propone un fantástico viaje por el tiempo, en busca de los orígenes de los libros y las bibliotecas, reflexionando sobre lo que ha implicado a lo largo de la Historia la existencia de ellos, almacenes del saber, de la experiencia y del sueño de los humanos.

Se trata de un libro que por medio de indicaciones hacia el pasado, proyecta hacia el futuro las ganas de saber, de explorar, de unir y de soñar que (por suerte) aún poseemos. Este ansia, se solidificó ya hace muchos milenios en la escritura y, unos milenios después, en la vida agitada, callejera, comercial y parlanchina de la Antigua Grecia… y de ahí, al sueño multicultural de Alejandro Magno, la primera Biblioteca del mundo.

Cuando estaba llegando al final y la autora nos resumía la evolución del “sueño de Alejandría”, pensé en los satélites que nos envían fotografías y datos desde lejanísimos planetas; o en las bellísimas imágenes de constelaciones obtenidas por los gigantescos telescopios de los Observatorios.

Ese suspiro de luz que se transmite desde tan lejos de nuestra Tierra, es el no va más del sueño que se inició en Alejandría, cuya mítica Biblioteca es el hilo conductor del ensayo. Trasnmitir datos de conocimiento a través del espacio, por medio de un soplo de luz, resume lo que ha evolucionado (no sin algunos dolorosos pasos hacia atrás, como nos recuerda la autora) esa fiebre por almacenar y repartir el conocimiento, que surgió con los primeros rollos de papiro llenos de garabatos.

El libro, que nos recuerda cual ha sido la fragilidad de los soportes de la escritura, y de todo lo que gira a su alrededor (autores, escribas, copistas, libreros, bibliotecas, encuadernadores, clasificadores, maestros, alumnos…) seguirá siendo por mucho tiempo un elemento necesario en nuestro mundo y… ¡ay de cuando falte ese elemento!

El que ahora todavía existan libros de papel, gran invento pero a la vez gran fuente de basura (y no solo los malos, como bien recuerda la autora en un capítulo dedicado al desecho de papel y al reciclaje…), no ha de impedirnos comprender que el futuro tiene un punto de realidad en esos ingeniosos soplos de luz que hoy representan las tabletas y los kindles, forma evolutiva actual de ese fastuoso invento humano que son la escritura y sus soportes. Desde el junco llamado “papyro” hasta el papel, pasando por la piel y el cuero.

Foto de Alex Andrews en Pexels

A la vez que recomiendo el libro, no dejo de pensar en lo incansable que es el sueño humano, plasmado ya en soplos de luz. La fragilidad del sueño humano.

Dos cositas y Feliz Navidad


Foto: Mujerárbol (Santander).

Una está vaga y además, pachucha. Así que se conforma con lo más vagoncio del blogueo, que es enlazar cosas bonitas de otros.

Todas tienen una cosa en común: estrellas.

Uno de 1989.

Dos, de hace poco, pero mucho y suficiente para que se nos hayan olvidado cosas. Lo de Cernuda tiene truco, hacer clic con el cursor.

Y bueno, que lo paséis lo mejor posible.

 

 

Idiomas


Foto de Breakingpic en Pexels

Un artículo divertido y muy interesante sobre el origen y desarrollo del inglés.

Como una no es de Filología, y menos de Filología Inglesa, encuentra divertidas las comparaciones con la sintaxis española y con el fondo Céltico que tuvo -tiene- la lengua inglesa.

Por esto, me hace gracia por la opinión (sin otro fundamento que una percepción personal) de que el inglés es mucho “mejor”, “mas sencillo” o “mucho más flexible” o “creativo” que el español. La extensión del inglés es debida a su enorme importancia política y económica actual, no a sus condiciones intrínsecas como lengua, puesto que, como dice el autor “El inglés es muy raro”. A lo largo del tiempo, en sitios conocidos o desconocidos, ha habido otras lenguas de cultura o “de poder”. Más bien debiéramos asombrarnos de como lenguas bien lejanas han enriquecido el español, u otras lenguas de la Península.

Foto de Elle Hughes en Pexels

No existen lenguas superiores a otras, existen diversas lenguas; no existen “lenguas puras”, todas tienen una historia llena de cambios, de influencias exteriores y de sustituciones, que se aceleran en cuanto el grupo humano que la habla entra en contacto con hablantes de otras lenguas: se toma, se presta, se acomoda TODO, el vocabulario y la sintaxis… El lenguaje es una especie de mercado libre, guiado por la “mano invisible” del deseo humano de comunicarse. Una herramienta, como dicen.

Los motivos históricos, que son los que destaca el autor del artículo, conforman esa cosa fantástica y maravillosa que es la lengua… propia (del autor, el inglés; de quien esto suscribe, el español), un árbol plantado en la Antigüedad que florece y se ramifica en todos sus hablantes mundiales.

En el caso del español, muchísimas ramas y disfrutando de una gran riqueza literaria. Por eso estoy de acuerdo con Pérez Reverte: tenemos una extraordinaria “patria común” linguística. Y deberíamos de cuidarla.