Aullidos


De <a href=”//commons.wikimedia.org/wiki/User:Arturo_de_Frias_Marques” title=”User:Arturo de Frias Marques”>Arturo de Frias Marques</a> – <span class=”int-own-work” lang=”es”>Trabajo propio</span>, CC BY-SA 4.0, Enlace

Me contaron mis amigos que una vez que escucharon -desde la “comodidad” de sus tiendas de campaña, en la Sierra de la Culebra, los aullidos de uno o varios lobos… y se quedaron tan mudos y llenos de miedo atávico como se quedaría cualquiera de nuestros remotos antepasados medievales o cazadores-recolectores en el mismo momento.

Yo nunca los he visto. Tampoco he campeado tanto como lo que hacían mis amigos -apenas un poco por allí a la busca de la berrea del ciervo, y otro poco algo más allá, a la busca de restos prehistóricos humanos-, ni como lo que relata con brio y pasión este blog que recomiendo a todos los que aman la naturaleza más que yo, que no aguanto la subida de una puñetera cuesta con el asma, los kilillos y el pasito corto (descontamos la inseguridad en la medida de distancias cuando hay que abrir el compás).

Lo he dicho, no soy especialmente “ecologista”. Pero he sentido ese miedo atávico simplemente mirando la “raya” de un cometa en el cielo, en un olivar cerca del pueblo, aunque estaba muy bien acompañada.

Sentir ese miedo de cuando en cuando es necesario para el alma, ¿saben?

 

 

Pasión


Trevor Dadson (foto: https://www.elconfidencial.com/)

Para mí, la Literatura y la Historia son dos caras de la misma moneda. Trabajamos ambos con documentos. La diferencia probablemente es que, si estás en Literatura, sabes que todo texto miente, y si estás en el departamento de Historia, piensas que el documento te dice la verdad. Y no es así: son papeles con un sesgo ideológico, escritos por un ser humano que intenta dar una idea de las cosas

Una se emociona con lo que este señor cuenta acerca de su pasión por nuestra lengua y nuestra nación, valga el pareado. España y su literatura y su lengua, una de las más hermosas y que existen (sí, hay muchas otras hermosas). El señor falleció hace un año.

Porque, después de las mías, mi pasión es otra lengua y otra nación. Porque “una cosa te lleva a la otra” -como dice el propio Dadson.

Así que leerlo, me ha recordado el proyecto en el que estoy metiéndome (temible cada vez que lo pienso, como cuando entraba a las cuevas, oiga, pero sin el mono amarillo, ni el carburo) y se me ha quitado un poco de miedo. Porque me ha recordado el valor que tiene la pasión. Y ya está.

Me encanta, como agregado, que la entrevista la haga Ignacio Peyró.

 

El estrellero de San Juan de la Peña


(Reseña dedicada a Ángeles Navarro, que también escribe maravillas y es abuela narradora).

Esta novelita -o mejor fábula (recojo aquí el tono del epílogo de Táin II, pero sin acritud)- llegó durante el confinamiento mayor, de forma gratis et amore por la propia autora, Ángeles de Irisarri, que lo puso online para quien quisiera bajarlo. Así lo leí en mi KIndle, hace ya más de un mes.

Me da que las escritoras llamadas Ángeles tienen un… aquel para la ternura (aunque algunas practiquen el género negro con fran habilidad).

El caso es que esta fábula se lee de un tirón no porque sea “fácil” en el sentido de poco compleja, que también, sino porque así lo ha querido la autora, narrándolo de una forma que recuerda mucho a cómo contaban los cuentos las abuelas o las mamás, a los niños de antes.

Y este estrellero es un Barón Rampante a su estilo, porque “el árbol” en el que pasa tanto tiempo subido es una plataforma que se ha fabricado él para ver mejor las estrellas. Y como vive en San Juan de la Peña, no hay más árboles a los que agarrarse. El estrellero, que en realidad es un físico, lo primero que encuentra en Aragón es un perruco de esos que se ven en algunas partes de España cuidando los ganados, con su cara bonachona, su pelo compacto y su ladrido ronco y batallador. Y por eso, el protagonista pasa mucho tiempo sin hablar con humanos, pero tampoco con perros, que no necesitan que se les hable para entender…

Y luego hay distintas incidencias: un abad que se muere y hay que embalsamarlo; un monje que se muere de pena por lo anterior; una corte militar que llega a San Juan con sus vanidades y sus violencias, pues los abades allá eran laicos entonces, como en Clonmacnois e igual de irritables; un hombre extraño al que unos dan por loco y otros por desgraciado, pero que preocupa tanto que los monjes hacen venir a sabios de toda Europa para tratar su caso (me alegra que un monje de Bobbio estuviera entre ellos, aunque la autora lo pinte italiano y no de los fundadores, que eran muy estrelleros también) ¡y vaya la que lían para averiguar el estado mental del pobre hombre!. Hay también una bruja que no lo es, y unos viejucos cascarrabias dando la lata en el monasterio.

Foto de Miriam Espacio en Pexels

Y… ¿conseguirá el estrellero ver su estrella?

El librito se lee fácil porque es una fábula llena de sencillez y de ternura. Más que una novela histórica, que no se ha buscado, es un relato tradicional de magia oral, pero puesto por escrito, con humor y una sonrisa de autora. Y que nos lleva al pasado y a uno de los lugares más hermosos y emblemáticos de Aragón, pero sin épica, más bien con dulzura.

Un librito recomendable, ¿saben para qué? Para leer a los niños antes de que empiecen a mirar móviles y zarandajas que no les darán ningún calor.

 

Soplos de luz


libro

He terminado el libro de Irene Vallejo “El infinito en un junco”, una delicia que me llegó en e-book desde una mano amiga, a la que desde aquí doy las gracias.

El libro nos propone un fantástico viaje por el tiempo, en busca de los orígenes de los libros y las bibliotecas, reflexionando sobre lo que ha implicado a lo largo de la Historia la existencia de ellos, almacenes del saber, de la experiencia y del sueño de los humanos.

Se trata de un libro que por medio de indicaciones hacia el pasado, proyecta hacia el futuro las ganas de saber, de explorar, de unir y de soñar que (por suerte) aún poseemos. Este ansia, se solidificó ya hace muchos milenios en la escritura y, unos milenios después, en la vida agitada, callejera, comercial y parlanchina de la Antigua Grecia… y de ahí, al sueño multicultural de Alejandro Magno, la primera Biblioteca del mundo.

Cuando estaba llegando al final y la autora nos resumía la evolución del “sueño de Alejandría”, pensé en los satélites que nos envían fotografías y datos desde lejanísimos planetas; o en las bellísimas imágenes de constelaciones obtenidas por los gigantescos telescopios de los Observatorios.

Ese suspiro de luz que se transmite desde tan lejos de nuestra Tierra, es el no va más del sueño que se inició en Alejandría, cuya mítica Biblioteca es el hilo conductor del ensayo. Trasnmitir datos de conocimiento a través del espacio, por medio de un soplo de luz, resume lo que ha evolucionado (no sin algunos dolorosos pasos hacia atrás, como nos recuerda la autora) esa fiebre por almacenar y repartir el conocimiento, que surgió con los primeros rollos de papiro llenos de garabatos.

El libro, que nos recuerda cual ha sido la fragilidad de los soportes de la escritura, y de todo lo que gira a su alrededor (autores, escribas, copistas, libreros, bibliotecas, encuadernadores, clasificadores, maestros, alumnos…) seguirá siendo por mucho tiempo un elemento necesario en nuestro mundo y… ¡ay de cuando falte ese elemento!

El que ahora todavía existan libros de papel, gran invento pero a la vez gran fuente de basura (y no solo los malos, como bien recuerda la autora en un capítulo dedicado al desecho de papel y al reciclaje…), no ha de impedirnos comprender que el futuro tiene un punto de realidad en esos ingeniosos soplos de luz que hoy representan las tabletas y los kindles, forma evolutiva actual de ese fastuoso invento humano que son la escritura y sus soportes. Desde el junco llamado “papyro” hasta el papel, pasando por la piel y el cuero.

Foto de Alex Andrews en Pexels

A la vez que recomiendo el libro, no dejo de pensar en lo incansable que es el sueño humano, plasmado ya en soplos de luz. La fragilidad del sueño humano.