Sucedió


Cabo Mayor. Foto Mujerárbol

La Historia no tiene valores. Ni buenos, ni malos, ni medianos. La Historia sucede. Así fue un 12 de octubre. De 1492. Irreversible: como toda criatura del tiempo.

Me ha gustado muchísimo la columna de hoy de Gabriel Albiac, y sobre todo la conclusión, con la que comienzo esta entrada. Llevo dias de bastante “bajonazo”, y con ganas de escribir sobre esa cosa llamada “Historia” y “para qué sirve conocerla”, tema en el que varios amigos de DH han estado insistiendo en las pasadas semanas. Una veces, encuentro motivo para escribirlo; otras, me desanimo más.

Mirada desde un punto de vista filosófico, es tal como Albiac lo cuenta: la Historia no es más que una forma de sentirnos menos liliputienses (curioso este gentilicio fantástico, inventado por un Deán de Dublín).

Sentirnos menos solos en el “universo humano”, por una especie de cordel invisible que nos une… si somos menos tribales, nos une a otros humanos; y, si un poquito menos universales, a “nuestros antepasados” sean éstos los que fueren, de una forma arbitraria, como dice el autor.

Fijaos que, cada vez que se analiza ADN antiguo, prehistórico, neandertal, resulta que casi todo es producto de una mezcla. Que la única raza pura que existe es la humana, y que dividirnos y separarnos en tribus o “tribitas”, o hasta en identidades individuales, no nos produce menos desasosiego. Y si no, echarle un ojo a las cien mil majaderas “identidades individuales pero con aspiración a ser colectivas” que se están inventando ahora… cuento, cuento, mucho cuento.

Sí, la Historia antes de ser Ciencia o conocimiento, empezó como cuento.

Por eso, andando el tiempo y profundizando algo en lo que estudié y me gusta, llegué a la idea de que a la Historia, a los hechos colectivos o individuales, hay que mirarla con compasión. O con palabras del mismo Albiac :

Es un placer, eso sí, peligroso, éste de la identificación con los tiempos idos

Que los juicios morales sobre el comportamiento pasado de los humanos son arriesgados, y que a cada tiempo hay que darle su hueco en el puzzle, cuidando con no extrapolar. Sobre todo, no juzgar el pasado con ojos de presente, comprender que lo que sucedió ya no tiene remedio. Que podemos leer este o aquel hecho (o su fuente) de manera mejor o peor, usando un criterio racional, con mayor o menor acierto, pero que no podemos cambiarlo.

Mirar hacia atrás sin ira… o más bien, con lástima (DRAE: “piedad”, acepción 3).

 

Aullidos


De <a href=”//commons.wikimedia.org/wiki/User:Arturo_de_Frias_Marques” title=”User:Arturo de Frias Marques”>Arturo de Frias Marques</a> – <span class=”int-own-work” lang=”es”>Trabajo propio</span>, CC BY-SA 4.0, Enlace

Me contaron mis amigos que una vez que escucharon -desde la “comodidad” de sus tiendas de campaña, en la Sierra de la Culebra, los aullidos de uno o varios lobos… y se quedaron tan mudos y llenos de miedo atávico como se quedaría cualquiera de nuestros remotos antepasados medievales o cazadores-recolectores en el mismo momento.

Yo nunca los he visto. Tampoco he campeado tanto como lo que hacían mis amigos -apenas un poco por allí a la busca de la berrea del ciervo, y otro poco algo más allá, a la busca de restos prehistóricos humanos-, ni como lo que relata con brio y pasión este blog que recomiendo a todos los que aman la naturaleza más que yo, que no aguanto la subida de una puñetera cuesta con el asma, los kilillos y el pasito corto (descontamos la inseguridad en la medida de distancias cuando hay que abrir el compás).

Lo he dicho, no soy especialmente “ecologista”. Pero he sentido ese miedo atávico simplemente mirando la “raya” de un cometa en el cielo, en un olivar cerca del pueblo, aunque estaba muy bien acompañada.

Sentir ese miedo de cuando en cuando es necesario para el alma, ¿saben?

 

 

Pasión


Trevor Dadson (foto: https://www.elconfidencial.com/)

Para mí, la Literatura y la Historia son dos caras de la misma moneda. Trabajamos ambos con documentos. La diferencia probablemente es que, si estás en Literatura, sabes que todo texto miente, y si estás en el departamento de Historia, piensas que el documento te dice la verdad. Y no es así: son papeles con un sesgo ideológico, escritos por un ser humano que intenta dar una idea de las cosas

Una se emociona con lo que este señor cuenta acerca de su pasión por nuestra lengua y nuestra nación, valga el pareado. España y su literatura y su lengua, una de las más hermosas y que existen (sí, hay muchas otras hermosas). El señor falleció hace un año.

Porque, después de las mías, mi pasión es otra lengua y otra nación. Porque “una cosa te lleva a la otra” -como dice el propio Dadson.

Así que leerlo, me ha recordado el proyecto en el que estoy metiéndome (temible cada vez que lo pienso, como cuando entraba a las cuevas, oiga, pero sin el mono amarillo, ni el carburo) y se me ha quitado un poco de miedo. Porque me ha recordado el valor que tiene la pasión. Y ya está.

Me encanta, como agregado, que la entrevista la haga Ignacio Peyró.

 

El estrellero de San Juan de la Peña


(Reseña dedicada a Ángeles Navarro, que también escribe maravillas y es abuela narradora).

Esta novelita -o mejor fábula (recojo aquí el tono del epílogo de Táin II, pero sin acritud)- llegó durante el confinamiento mayor, de forma gratis et amore por la propia autora, Ángeles de Irisarri, que lo puso online para quien quisiera bajarlo. Así lo leí en mi KIndle, hace ya más de un mes.

Me da que las escritoras llamadas Ángeles tienen un… aquel para la ternura (aunque algunas practiquen el género negro con fran habilidad).

El caso es que esta fábula se lee de un tirón no porque sea “fácil” en el sentido de poco compleja, que también, sino porque así lo ha querido la autora, narrándolo de una forma que recuerda mucho a cómo contaban los cuentos las abuelas o las mamás, a los niños de antes.

Y este estrellero es un Barón Rampante a su estilo, porque “el árbol” en el que pasa tanto tiempo subido es una plataforma que se ha fabricado él para ver mejor las estrellas. Y como vive en San Juan de la Peña, no hay más árboles a los que agarrarse. El estrellero, que en realidad es un físico, lo primero que encuentra en Aragón es un perruco de esos que se ven en algunas partes de España cuidando los ganados, con su cara bonachona, su pelo compacto y su ladrido ronco y batallador. Y por eso, el protagonista pasa mucho tiempo sin hablar con humanos, pero tampoco con perros, que no necesitan que se les hable para entender…

Y luego hay distintas incidencias: un abad que se muere y hay que embalsamarlo; un monje que se muere de pena por lo anterior; una corte militar que llega a San Juan con sus vanidades y sus violencias, pues los abades allá eran laicos entonces, como en Clonmacnois e igual de irritables; un hombre extraño al que unos dan por loco y otros por desgraciado, pero que preocupa tanto que los monjes hacen venir a sabios de toda Europa para tratar su caso (me alegra que un monje de Bobbio estuviera entre ellos, aunque la autora lo pinte italiano y no de los fundadores, que eran muy estrelleros también) ¡y vaya la que lían para averiguar el estado mental del pobre hombre!. Hay también una bruja que no lo es, y unos viejucos cascarrabias dando la lata en el monasterio.

Foto de Miriam Espacio en Pexels

Y… ¿conseguirá el estrellero ver su estrella?

El librito se lee fácil porque es una fábula llena de sencillez y de ternura. Más que una novela histórica, que no se ha buscado, es un relato tradicional de magia oral, pero puesto por escrito, con humor y una sonrisa de autora. Y que nos lleva al pasado y a uno de los lugares más hermosos y emblemáticos de Aragón, pero sin épica, más bien con dulzura.

Un librito recomendable, ¿saben para qué? Para leer a los niños antes de que empiecen a mirar móviles y zarandajas que no les darán ningún calor.