Creación


 

Miró a través del cristal de la probeta. Dentro del recipiente se agitaba un líquido amarillento. Puso el tapón al fregadero, no quería que el líquido se fuera por el desagüe.

Al contacto con la loza, su creación se convirtió en un homúnculo paticorto, vestido con un traje azul mahón de corte mao, que levantó hacia Él unos ojillos capaces de expeler desprecio como una ametralladora.

—¡Que te corten la cabeza, cabrón! —chilló el recién nacido.

El Otro vibró de alegría. Había pasado siete mil años creando un ser humano a partir de la arena, ¡y no solo lo había conseguido, sino que el ser lo reconocía!

Al depositarlo en el Mundo Manifestado, antes de darle la despedida, vio que aún no le había puesto nombre. Sin pensarlo, derramó encima de su cabeza chata unos guijarrillos.

—Hijo mío, te llamarás KimYOunGun.

Anillo


Frank Stein estaba a punto de besarla cuando el anillo de la turquesa se le escurrió de los dedos y fue a parar a la charca.
El metió inmediatamente la mano en el agua sucia, que había salpicado el nuevo traje blanco de Anabella. Era torpe, pero no tan tonto.
—Dranquila, buñeca, ya lo henKontrado.
El grito que dio Anabella cuando él le puso un sapo en el dedo anular, debió de oírse en Patagonia.
¡Nunca harían buena pareja aquellos dos!

La rubia no estaba en el original


Sacudió el periódico, en cuya primera página ya estaba la noticia del día: “Tiroteo en el Two Reds. Conner el Gordo acribillado por los Donn Dixies”.

El sargento Flynn le había contado una hora antes algo extraño. “Para su periodicucho de sucesos, Coleman”, le dijo, guasón. Un tipo había aparecido en el fondo del río, con una piedra al cuello. Las huellas, aunque reblandecidas por el tiempo que llevaba en el agua, eran sin duda las del propio Conner.

Coleman apuró el cigarrillo. Había visto con sus propios ojos arder el Ford Crestline del 54 del mafioso, y estaba seguro de que los bomberos sacaron dos cuerpos carbonizados del interior: un hombre y una mujer.

—Vaya puta manera de morir, Conner —sonrió—. Siempre fuiste un bromista. ¡Bah! Al menos, te llevaste puesta a esa rubia que tanto te gustaba, cabrón.

Y plegó el periódico debajo del brazo.

Gato, manzana, frío


La manzana estaba tan fría que los dedos se me quedaron helados. De repente, no tenía ganas de darle ni un bocadito.

—Anda, cómetela tú.

—Pero mujer, ¿vas a despreciarla? El vendedor ha sido tan atento… Nos ha dicho que es la última que le queda del árbol ese tan especial, ¡y nos la ha dejado a un precio bajísimo! ¿Ni siquiera vas a probarla?

Dejé a Adán mirando a la manzana con los mismos ojos que cuando me miraba a mí bañarme en el lago Azul. Le dio dos, cuatro, ocho mordiscos a la fruta y hasta escupió los diminutos granitos de semilla. Me entretuve jugueteando con un animalillo con bigotes y cola rayada, gato creo que se llama.

Ya sé que la historia os la han contado de otra manera, pero ¿a quién vais a creer, a ése bicharraco verde en forma de serpiente o a mí?

Seda


El maestro Levallois, el sastre mulato, acercó el frasquito a la nariz y aspiró la esencia inconfundible de la camelia con toques de guayaba del raro perfume.

El aroma va directamente al cerebro, le había explicado el joven doctor Klause, por eso nos produce sensaciones tan vívidas.

El maestro Levallois entrecerró los ojos. Un ligero, pero punzante olor a libros y a seda de corbatín quedaba -como un rastro de pasión tardía- en aquel perfume que el doctor había dejado, como por olvido, en el bolsillo de la chaqueta que le mandó a arreglar.