Siglo XVII


foto by Carmina27. Pixabay

¡Ay! Me duele el cuello si lo hago en la silla de anea. Me duelen las rodillas si pongo una pierna encima de la almohada y la otra en el asiento. Se me duermen los brazos si lo sostengo un palmo por encima de mi cara. Así no puedo hacerlo, que no Miguel, déjalo ya.

¡Así no hay quien lea este libro tan gordo! Me siento como un caracol trepando por un muro de cemento con este “Don Quijote de la Mancha”, ¿no podías haber escrito algo más cortito?

CARPETA, PAÑAL, PENDIENTES


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Foto de ernestoeslava en Pixabay

Recoge la carpeta, la mete en la mochila. No se olvida de pintarse los labios ni de colgarse los pendientes que le regaló su churri. Se mira al espejo. El boli y los trebejos de tomar apuntes en el estuche con dibujitos de Snoopy. ¿Ya está todo?

¡Ah, no! En lo más profundo de la bolsa, tiene que meter el pañal limpio que ha de llevarle a mamá, para cambiarla antes de irse a clase.

Vidas Zicutrinas: Alejandro Kostiletas


Hijo de un funcionario bizantino encargado de echar sifón en los vermuts del Basileo (el sifonóforos), Alejandro Kostilletas fue educado en las más altas instancias del Imperio para continuar el oficio que su padre y sus abuelos habían ocupado.

Se supone que Kostiletas es el capullete de la izquierda, el que levanta la cortina, invitando a la Basilisa a beberse el copazo de whisky que lleva en la mano en el jardincillo de la fuente. Las protokoandres son las damas que la siguen.

En realidad, a él le habría gustado ser protokoandre —la señora encargada del protocolo palaciego— pero eso no se supo hasta mucho después, cuando se publicaron las Invectivas Venenosas Anónimas (libro atribuido a Procopio, perdido a mediados del s. XVI) en las que daban rienda suelta a los rumores sobre la secreta afición de Kostilletas a disfrazarse de dama, y andar como dama en pena por los pasillos de la Blaquerna.

A los veintidós años, Alejandro publicó un Prontuario de Salutaciones y Prosternaciones ilustrado con sus propios dibujos, que ocasionó grandes divertimentos en Palacio. De todos modos, el Basileo se enteraba de poco, pues estaba muy acongojado por la escasez de numerario que afectaba al Imperio, y planeaba vender las Insignias Imperiales para obtener oro con el que pagar a los gobernadores de las provincias occidentales. Estos, a su vez, estaban preocupados por el ascenso de los eslavos que amenazaban con invadir y tocar los pieses al imperio.

Se dice que, al ver el éxito de su prontuario, Alejandro aceptó de buena gana su oficio imperial, se compró un sifón nuevo y aparcó sus veleidades travestoides durante quince años. A pesar de todo, siguió escribiendo poesías ostentóreas, en un griego muy pulidito que parecía salido del mismísimo cálamo de Eufrasia de Lesbos (famosa poetisa desconocida de la Antigüedad).

Una de las más conocidas obras poéticas de Alejandro, es este fragmento, el único que se conserva de su Oda Lisca:
Odalisca refulgente,
que se mueve incandescente
como un flan hecho en Oriente.
Elegante como galga,
en la música cabalga
con ardor de muslo y nalga,
y sus ricas cazoletas
son dos cónicas gavetas,
disimulo de sus tretas.
Hipsipila que vacila
y los ojos encandila…
(Aunque es cierto que algunos han atribuido el poema a algún falsario del siglo XIX o XX) (1)

Cuando al emperador Nicéforo lo cegaron y lo ataron a un mono para echarlo a la caldera de Palacio, Alejandro cayó en una depresión caballuna y jugueteó con la idea de retirarse a la Meteora para llevar vida de asceta. Según su obra más famosa, que escribió cincuenta años después, le quitó la idea la aparición de un ángel que le pateó las posaderas cuando se encontraba prostrado en la iglesia de Osios Lucas. Según propia confesión (Autobiografía Fehaciente, libro XXV), el ángel le dijo que era un camastrón y un archimondongo, y añadió:

—¡Haz versos y no ‘odas más!

Esta frase angélica despertó grandes dudas sobre la verosimilitud del incidente entre los historiógrafos de la época y aún los de nuestros días (cf. Wilhelm Ostrenwelff: “Altere mandangeschiste zum Bizantium”, 1899).

Sea como fuere, desde ese año (al parecer el 40 de su vida), Alejandro se dedicó a su magna obra literaria: la reedición de la Deambulatria de Gilifonte de Abdera que se encontraba, olvidada y cubierta de polvo de dimensiones arqueológicas, en la biblioteca del cubicularius de la Puerta Dorada. La Deambulatria, famosa obra de la Antigüedad que describiremos en una próxima entrega de “Vidas Zicutrinas”, alimentó su ansia de rarezas y extravagancias occidentales y se convirtió en la obsesión de su vida. De hecho, se sabe que Kostiletas abandono a una esposa y cuatro hijos, tan entregado como estaba a su labor de reeditor. y concibió el proyecto de viajar al extremo Occidente con un grupito de Varegos de la guardia…

Mientras tanto, seguía ejerciendo como sifonóforos del Emperador y se dice que fue el inventor de una insólita mezcla de zumo de limón y canela con el vermut, lo que convertía el brebaje en un poderoso excitante que enloqueció a más de dos.

Kostiletas, reciclado como Cassiodora Fumaria, pasó los últimos días de su vida en el barrio de Galata, adonde murió en el año 663, seguramente del susto que le produjo la aparición de uno de sus hijos, que le pedía una subvención de doscientos sólidos de oro como reparación al hecho de haberlo abandonado treinta años antes, por lo cual se vio obligado a vivir amaestrando monos en la provincia de Iconio.

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(1) Extraído de “Las mil peores poesías de la lengua castellana” de Jorge Llopis, que debió traducirlo del griego, o así.