Los Condes de Irlanda (2): la guerra de los Nueve Años


1. Un contexto difícil

La dinastía Tudor hizo grandes esfuerzos para ampliar el dominio inglés sobre Irlanda, pero el poco éxito y excesivo coste llevó a un cambo de políticas.
La táctica de surrender and regrant -por medio de la cual los señores gaélicos que “se rendían” podían recuperar sus tierras bajo un título inglés y la obligación de anglicizar sus terrenos y costumbres-, parecía ser poco productiva frente a las lealtades familiares que entrañaba el sistema gaélico de parentesco y herencia. 
Por otro lado, la ocupación de tierras no se hacía sin violencia (aparte de las crueldades de la conquista militar) ni con acierto, pues a veces los colonos traídos del Pale para ocupar las tierras arrebatadas a los gaélicos encontraban dificultades para poner en valor sus tierras o para defenderse de quienes querían recuperarlas.

Además, los problemas religiosos también eran un arma de doble filo, como lo había demostrado la rebelión de Ormond, en la que los poderosos señores feudales anglonormandos (Católicos) del sur y centro de la isla habían hecho saber lo poco que les gustaba ser tocados en el lado religioso de la feudal nariz. Esta rebelión aún no había cerrado sus heridas cuando en el Ulster se inició otra guerra. 
Al inicio de la década de 1590 el gobierno de la Corona inglesa en el Ulster adoptó la forma de una Presidencia Provincial, como las de otras partes de Irlanda. El cargo recayó en Sir Henry Bagenal, un colono inglés poseedor de las extensas y ricas tierras que habían sido del monasterio de Newry, en Down, confiscadas por la Corona cuando la disolución de las órdenes religiosas católicas tras las Reforma.
Por entonces, Hugh Ó Neill era, precisamente, cuñado de Bagenal. 
Recién proclamado jefe de su real familia (1595) y con un gran prestigio militar, se esperaba su ayuda a la Corona entre los levantiscos señores del norte (como la había prestado en 1593 contra los Maguires). Pero bien fuese porque Bagenal ya desconfiaba de él o porque las cosas se habían deteriorado en lo personal, éste acusó a aquél nada menos que de haber raptado a su hermana, pese a que el irlandés tuvo buen cuidado en que un obispo protestante oficiara la ceremonia de boda. Desde el punto de vista del sistema gaélico la ceremonia religiosa resultaba supérflua, lo cual indica que Ó Neill, lejos de padecer enamoramiento, estaba pensando en una ventaja más política. Subido por las paredes, el Lord Mariscal y Presidente clamaba venganza, como se puede ver en una carta que le dirige al Tesorero Real dando cuenta del motivo de su ira: 

“(…) así que juro por la presencia de Dios Todopoderoso y por los deberes a que me obliga su Majestad mi soberana, que mantendré un ojo más vigilante que el que tuve anteriormente hacia los actos y el proceder de ese Conde.”

Bagenal y Ó Neill se las vieron bien tiesas en varios momentos de esta Guerra de los Nueve Años.

En 1595 el Conde derrotó de una manera fulgurante a Bagenal en Clontibret y poco después (1598) volvió a hacerlo en la Batalla de Yellow Ford utilizando la ayuda de Hugh Ó Donnell, de mercenarios españoles y escoceses y las tácticas aprendidas de los ingleses, sin olvidar el estilo de la “guerrilla” gaélica y las técnicas más anticuadas y crudas de la guerra a pie.
En Yellow Ford, precisamente, Bagenal perdió la vida de un disparo en la cabeza. Para entonces, hasta su hermana había sido olvidada por Ó Neill, quien había tenido otras esposas antes y después.

2. ¡Bien jugado!

La alianza entre los dos Condes levantaba numerosas simpatías entre los señores gaélicos del Ulster, como los propios Maguires (a quienes en su momento Ó Neill había derrotado en ayuda del inglés) y también supo atraerse la ayuda española. Sus éxitos militares se celebraban en la Europa Católica como victorias de la Mano de Dios frente a la pérfida herejía.
Uno de los más sonados fue en 1599, cuando el Conde de Essex llegó a Irlanda con el objetivo de acabar de una vez por todas con la rebelión de Tyrone.
Para aliviar el sitio que los rebeldes habían puesto en Collooney, llave entre Connacht y el Ulster, salieron de Athlone 1.700 soldados a pie y a caballo, mandados por Sir Conyers Clifford.
Hugh Roe Ó Donnell decidió interceptar esta columna inglesa. Con ayuda de los Mac Dermott y los Ó Rourke, se interpuso frente a la línea de avance inglés y preparó una emboscada en el paso de montaña de las Curlews.
Los irlandeses cortaron árboles y construyeron barricadas, poniendo troncos en el camino para impedir el paso. Cuando los ingleses llegaron, perdieron mucho tiempo retirándolos. Apenas habían tenido tiempo de descansar en Boyle, eran las 4 de una tarde de Agosto y hacia mucho calor, así que su avance era muy lento. Encima, los irlandeses simularon una retirada bosque adentro… y el enemigo cayó en la trampa. Detenidos en un área pantanosa, los ingleses sufrieron un tiroteo de 90 minutos que les hizo entrar en pánico. Muchos emprendieron la retirada, pero al hacerlo se encontraron con el resto de la columna que todavía avanzaba, lo cual llevó la confusión a las líneas inglesas.
Los hombres de Ó Donnell atacaron entonces forzando un combate cuerpo a cuerpo y aunque Clifford se defendió bien, llegando a organizar un contraataque, sus hombres se quedaron cortos de munición y el perdió la vida a manos de un piquero irlandés. Solamente la caballería inglesa estaba en condiciones de presionar, aunque se limitó a asegurar la retirada y evitar un desastre mayor. Los ingleses fueron perseguidos a muerte hasta Boyle, en cuya abadía se refugiaron. 
La cabeza de Clifford fue paseada en triunfo frente al castillo de Collooney, que no tardó en rendirse a los rebeldes. El cuerpo fue enterrado por los Mac Dermott en el monasterio del Lago Key.
Esta derrota inglesa fue considerada un enorme revés por la Reina, cuyas fuerzas no pudieron desde entonces entrar en el Norte. Los Condes —Ó Néill y Ó Donnell— pudieron así imponer una tregua a los ingleses, toda vez que Essex era (al parecer) partidario de Jacobo VI de Escocia como sucesor al trono inglés, cosas que era mirada con buenos ojos por los irlandeses. 
Sin embargo, a la altura de 1600, con Felipe III en el trono español y la Reina Isabel a punto de morir, un acontecimiento torció por completo la partida que, hasta el momento, los irlandeses habían jugado singularmente bien. 
—(CONTINUARÁ)——
 
—— (1) En el grabado de la ilustración,Torlogh Luineach Ó Neill y su clientela se rinden ante el Lord Diputado Sidney, 1581. 
—— (2)  Escultura moderna de “El Caudillo Gaélico”, de Maurice Harron, que se encuentra en el paso de Las Curlews.

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