La dinastía Tudor hizo grandes esfuerzos para ampliar el dominio inglés sobre Irlanda, pero el poco éxito y el excesivo coste llevó a un cambio de políticas. La táctica de surrender and regrant, por medio de la cual los señores gaélicos que «se rendían» podían recuperar sus tierras bajo un título inglés, pero sujetos a la obligación de anglizar sus costumbres y las de sus fependientes, parecía ser poco productiva frente a las lealtades familiares que durante siglos había forjado el sistema gaélico de parentesco y herencia.
Además, la ocupación de tierras no se hacía sin violencia (aparte de las crueldades de la conquista militar), ni tampoco con acierto, pues los colonos traídos del Pale* para ocupar las tierras arrebatadas a los gaélicos, encontraban dificultades para poner en valor sus tierras o para defenderse de los que deseaban recuperarlas.
Situación y «barreras» de Irlanda hasta 1609 (img. dominio público)
1. La maldición de los cuñados.
Los problemas religiosos se habían convertido en un arma de doble filo, como lo demostró la rebelión de Desmond (en dos fases, durante el periodo 1569-1583) que concluyó como «la conquista de Munster».
En este conflicto entraron en juego señores ingleses, o anglonormandos, Católicos (en la historiografía se les llama «Old English», para distinguirlos de los de origen gaélico, una importante diferencia social) que a pesar de haber sido relativamente encauzados a la obediencia a la Corona Inglesa, no estaban tan prestos a la lealtad por dichos motivos religiosos. Sus muchos siglos en suelo irlandés y los entramados familiares consecuentes, les hacían «más irlandeses que los propios irlandeses».
El aplastamiento de la rebelión de los nobles llevó a la inquietud y a la rebelión también de los que no lo eran, aparte de las hambrunas, plagas y demás desgracias que la guerra traía a quienes no pertenecían a las capas superiores de la población.
Sin cerrar todavía sus heridas, la provincia de Munster se daba por «conquistada» cuando en el Ulster se inició otra guerra.
Al principio de la década de 1590 el gobierno de la Corona inglesa en el Ulster tenía la forma de una Presidencia Provincial.
El cargo recayó en Sir Henry Bagenal, un colono inglés poseedor de las extensas y ricas tierras que habían pertenece al monasterio de Newry, en Down, confiscadas por la Corona cuando la disolución de las órdenes religiosas católicas tras las Reforma. Por aquel entonces, Hugh Ó Neill era, precisamente, el cuñado de Bagenal.
Recién proclamado jefe de su familia (en 1595) y con un gran prestigio militar, se esperaba la ayuda de éste a la Corona entre los levantiscos señores del norte. Pero tal vez porque las cosas se habían deteriorado en lo personal, Bagenal acusó a Ó Neill nada menos que de haber raptado a su hermana, pese a que el irlandés tuvo buen cuidado en que un obispo protestante oficiara la ceremonia de boda.
Desde el punto de vista del sistema gaélico la ceremonia religiosa resultaba supérflua, lo cual indica que Ó Neill, lejos de padecer enamoramiento, estaba pensando en una ventaja más política.
No resulta muy «histórico» fundamentar una guerra en una cuestión personal (por más romántica que se tenga la vista) pero el caso es que Bagenal, Lord Mariscal y Presidente, clamaba venganza, como se puede ver en una carta que dirigió al Tesorero Real dando cuenta del motivo de su ira:
«(…) así que juro por la presencia de Dios Todopoderoso y por los deberes a que me obliga su Majestad mi soberana, que mantendré un ojo más vigilante que el que tuve anteriormente hacia los actos y el proceder de ese Conde.»
Es decir, el motivo personal también cuenta. Bagenal y Ó Neill se las vieron bien tiesas personalmente en varios momentos de esta Guerra de los Nueve Años.
En un primer encuentro en 1595 el Conde Ó Neill derrotó de una manera fulgurante a Bagenal en Clontibret y poco después (1598) volvió a hacerlo en la Batalla de Yellow Ford utilizando la ayuda de Hugh Ó Donnell, de españoles y escoceses, y utilizando las tácticas aprendidas de los ingleses, sin olvidar el estilo de la «guerrilla» gaélica y las técnicas más anticuadas y crudas de la guerra a pie. En Yellow Ford, Bagenal perdió la vida de un disparo en la cabeza.
Para entonces, hasta su hermana había sido olvidada por Ó Neill, el cual había tenido otras esposas antes y las tuvo después, como manda la tradición gaélica.
2. Una partida bien jugada.
Así empezó una alianza entre los Condes que llegaría a ser legendaria.
Tal alianza levantaba numerosas simpatías entre los señores gaélicos del Ulster, incluso para los propios Maguires (a quienes en su momento Ó Neill ya había derrotado en ayuda del inglés). Además, los rebeldes supieron atraerse la importante ayuda española. Sus éxitos militares se celebraban en la Europa Católica como victorias de la Mano de Dios frente a la pérfida herejía.
Uno de las manos mejor jugadas fue en 1599, cuando el Conde de Essex llegó a Irlanda con el objetivo de acabar de una vez por todas con esta «rebelión de Tyrone».
Para aliviar el sitio que los rebeldes habían puesto a Collooney, llave entre el territorio de Connacht y el Ulster, salieron de Athlone 1.700 soldados a pie y a caballo, mandados por Sir Conyers Clifford.
Hugh Roe Ó Donnell decidió interceptar esta columna inglesa. Con ayuda de los Mac Dermott y de los Ó Rourke, sus vasallos desde hacía muchísimo tiempo, se interpuso frente a la línea de avance inglés y preparó una emboscada en el paso de montaña de las Curlews.
Los irlandeses, conocedores del terreno, cortaron árboles y construyeron barricadas, poniendo barreras de troncos en el camino para impedir el paso… ¡Qué cosa más antigua, pero qué efectiva!
Cuando los ingleses llegaron, perdieron mucho tiempo intentando retirarlos. Apenas habían podido descansar en Boyle, eran las 4 de una tarde de Agosto y hacia mucho calor, así que su avance era muy lento. Encima, los irlandeses simularon una retirada bosque adentro… y el enemigo cayó en la trampa. Detenidos en un área pantanosa, los ingleses sufrieron un tiroteo de 90 minutos que les hizo entrar en pánico. Muchos emprendieron la retirada, pero al hacerlo se encontraron con el resto de la columna que todavía avanzaba, lo cual llevó la confusión a las líneas inglesas.
Los hombres de Ó Donnell atacaron entonces, forzando un combate cuerpo a cuerpo y, aunque Clifford se defendió bien, llegando a organizar un contraataque, sus hombres se quedaron cortos de munición y él perdió la vida a manos de un piquero irlandés. Solamente la caballería inglesa estaba en condiciones de presionar, aunque se limitó a asegurar la retirada y evitar un desastre mayor. Los ingleses fueron perseguidos a muerte hasta Boyle, en cuya abadía se refugiaron.
La cabeza de Clifford fue paseada en triunfo frente al castillo de Collooney, que no tardó en rendirse a los rebeldes. El cuerpo fue enterrado por los Mac Dermott en el monasterio del Lago Key.
Esta derrota inglesa fue considerada por la Reina enorme revés, por el cual sus fuerzas no pudieron desde entonces entrar en el Norte. Los Condes —Ó Néill y Ó Donnell— pudieron así imponer una tregua a los ingleses, toda vez que Essex era (al parecer) partidario de Jacobo VI de Escocia como sucesor al trono inglés, cosa que debía estar mirada con muy buenos ojos por los irlandeses.
Sin embargo, a la altura de 1600, con Felipe III en el trono español y la Reina Isabel a punto de morir, un acontecimiento torció por completo la partida que, hasta el momento, los irlandeses habían jugado singularmente bien.
*** (CONTINUARÁ) ***
Entrada original de 2009. Algunos formatos han cambiado debido a modificaciones del html de WordPress. Se han corregido en lo posible.
Respuesta
Interesante, conocía más o menos la historia, pero espero la segunda parte para asegurarme 😉 Miauuuuu!!
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