Leer y escribir


By Rene Asmussen, from Pexels

El ser humano que me inculcó el cariño por la lectura (he dicho cariño y no “amor” y “lectura”, no libros) fue un hombre al que sus padres sacaron de la escuela para cuidar cabras. Era mi padre. Trabajaba en los trenes, en las maniobras, enganchando y desenganchando convoyes.

De pequeña, me sentaba en las rodillas y me leía (o fingía que me leía) las aventuras de La Familia Ulises del TBO. Más tarde, traía de la Cuesta de Moyano paquetes de libros comprados al peso por unas pesetas, la mayoría eran ejemplares de “Selecciones del Reader’s Digest”, que eran mi delicia, mi inspiración y mi pequeño mundo en una casuca de corrala con paredes de tapial y sin agua corriente.

Mi padre nos leía los periódicos de entonces -estábamos en los Planes de Desarrollo de la Dictadura- y lo hacía con el tonillo del pregonero de alguna aldea remota, y terminaba diciendo “¡todo mentira!” y nos reíamos mucho con sus interpretaciones creativas de las noticias del día.

Así que cuando fui al cole, ya sabía leer “de carrerilla” lo que me pusieran por delante, y hasta dar algunas explicaciones sobre el significado de lo leído. Y tenía una libreta (sacada de alguna estación ferroviaria en trance de vaciarse) donde “escribía” historias de “accidentes”: iban unos ciclistas por una cuesta y uno se caía, ¡patapum!. Y estaba encargada de escribir las cartas a la familia dispersa por toda España, y de redactar la lista de la compra en el economato ferroviario.

Mi pelota y la perrita del abuelo

Claro que también había otros libros, no solo los tebeos y los “Selecciones”: había colecciones baratas de Julio Verne o de Salgari; un Quijote decimonónico escondido en un cajón de la mesa de la diminuta cocina de mi tía; revistas y revistuchas; ejemplares anticuados del ABC y del Blanco y Negro que estaban en el desván de la casa de mi abuelo, y ejemplares de La Codorniz en donde mi vecina. Todo revuelto, con olor a guisos, a ajos y a caca de paloma. Y yo, leyendo sentadita al sol, en las escaleras encaladas que subían al palomar de una casa de pueblo manchego.

Andando el tiempo, también me suministraron lectura mis vecinos, que emigraron a Alemania y, de vuelta, me trajeron un manual de aquel idioma de los demonios… Cuando tenía unos ocho o diez años, sabía contar hasta veinte en alemán, y decir “adios” y “buenos días”, todo de oído. Los idiomas raros ya empezaban a cautivarme. Debió ser algo después cuando leí aquello de “Cead míle diaoul!” en un ejemplar del Rob Roy de Walter Scott que había en la biblioteca del cole, y ya no pude parar hasta que me planté en Dublín, a aprenderlo por mi cuenta.

Todo esto viene a cuento de que ahora nos espantamos de que los universitarios tienen una expresión escrita pobre, llena de faltas de ortografía y de mecanismos calcados de los “wassap” y los “tuiteles”, abreviaturas que no vienen a cuento y emoticonos sin gracia. La culpa sigue una dirección de arriba hacia abajo del escalafón y llega a los maestros de infantil, que al parecer no enseñan a leer a los nenes hasta que tienen cinco o seis años. O les sale el bigote, no sé.

Poner mas horas de “A” y quitarle horas a “B” sí que saben los tecnócratas de la “Educación”. Denostar a las redes sociales y esas cosas es lo que se les ocurre a los críticos. Bueno, no hay tantos críticos: todo está “mucho bien” y es muy progresista. Tanto que hasta hay políticos que quieren obligarnos (sí, obligarnos) a hablar de determinada manera… poco acorde con la gramática, eso sí.

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Lees comentarios online y cosas en las rr.ss. que (una vez que has esquivado los insultos, las muletillas y los lugares comunes) parecen escritas por gente que apenas ha leído el titular y “ya sabe” de que va el artículo entero. Entonces se mete a dar lecciones, a denostar (sobre todo) y a terminar la frase con “al tiempo”. Visualizo a esos comentaristas como personas muy, pero que muy mayores, que han vivido toda su vida no sé… en el campo, alejados de libros y de escuelas, como labriegos del s. XIX o habitantes de países en muy deterioradas vías de desarrollo.

Pero seguramente no es así y se trata de jóvenes que visten a la moda y disfrutan de gadgets tecnológicos bastante más caros que mi móvil “chino” de menos de 300€.

Si en casa en vez de un móvil, al nene de seis años le hubieran regalado un cuaderno para hacer monos, o alguien se hubiera sentado con él a leer (o fingir que leía), a lo mejor la cosa habría sido distinta. Pero no, móvil y que no moleste. ¿Deberes? ¡ay, nooo, que tiene que jugar! (en el salón, con el móvil, porque en la calle no se puede).

Y, sobre todo, si hubieran tenido la santa paciencia (y fe) del ferroviario que creía que leer era divertido, y bueno, y que servía para luego tener un trabajo medio decente, o al menos, para poder comprarse los propios libros y los zapatos. Y que escribir correctamente es bueno y sirve para aprender y mueve las neuronas al compás de la derecha y la izquierda (las manos, me refiero). Y gracias a eso, puedes luego rellenar formularios y al fin, poner comentarios medianamente legibles en redes sociales…

Pues no sé, a lo mejor eso es lo que nos falta: la fe.

 

2 comentarios en “Leer y escribir

  1. ¡ Que gozada de entrada !
    Ya sabe usted Doña Carmen, que estoy poco dotada para el pensamiento abstracto, y que llego siempre a lo universal, desde lo concreto y lo personal. Y que me encantan las historias. Sobre todo si son historias personales, vividad por quien las cuenta.

    ¡¡¡ BRAVO !!!
    Y muchíssimas gracias

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