Fiestas


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Mezcla de Tiempo en el cartel anunciador de la fiesta, ¡maravilloso!

Estuve estos días atrás en la fiesta de Moros y Cristianos de Villena, a la que durante dos años he querido asistir y hasta ahora no pude.

Lo único que poseía para juzgarla eran las “confesiones” de los fiesteros locales, que me animaban a ver el entusiasmo con el que la gente de ese pueblo de Levante desarrolla ese tipo de rituales. ¡Y vaya que era entusiasmo!

Este año tuve como pretexto el que un premio cultural de la localidad haya sido concedido a una buena amiga, así que la celebración iba a ser doble.

Siendo como soy una pizca norteña, los levantinos siempre me han parecido unos exagerados. Mi sordera no me aconseja ir a Las Fallas (que me parecen un despliegue de lujazo innombrable, solo superado por el ruido petarderil), aunque confieso estar enamorada de Valencia y de todo Levante.

Este tipo de fiestas son un lujo cultural. Porque encontrar, como en Villena, gente que a lo largo de un año prepara un desfile de luz, color y música, que dura horas (con distintos escenarios en varios días), en el que participa TODO el mundo (33.968 habitantes en 2017) sin barbaridades resaltables. Es decir: sin rotura sistemática de mobiliario urbano, sin ruidaco, sin suciedad excesiva, sin reivindicaciones extemporáneas, sin borrachuzos tirados en el suelo en horario infantil… es un lujo que debería cuidarse per se, en estos tiempos de pasividad y vida virtual, tanto como cualquier tesoro tangible.

En lugares que conozco más cerca, cualquier “feria” o pre-cena de Navidad es una molestia infumable de ruido, adolescentes sentados por el suelo lleno de meados y vidrios rotos, y horas incansables de chun-chun-non-stop y obligatorio. O un suceso lastrado por la formalidad institucional y el significado ya perdido. Y nadie participa más allá… (yo tampoco, conste).

Claro que para música, hay gustos diversos… a condición de que se sepa distinguir entre un pedo y una cavatina(1).😛 Esta sorda que lo es, distingue. Gracias, San Beethoven.  La música de las comparsas acompaña toda la fiesta, hasta hacerse algo pesada por acumulación de horas, lo cual no rebaja el entusiasmo de los participantes, ni el de los espectadores. Estos, tenemos el alivio de escabullirnos dentro de la casa de algún pariente o amigo, y disfrutar un rato de distancia, saboreando dulces caseros, charla y una copita de algo. O de irnos a comer mientras sigue la fiesta.

Foto: Mujerárbol

Suenan pasodobles y marchas más o menos lentas, interpretaciones de música de cine adaptada lo mismo que piezas compuestas al efecto, interpretadas por estupendas bandas venidas de toda la región. Anunciando cada grupo, va un jinete o amazona en una vistosa montura que galopa, trota y baila, poniendo un toque distinguido, magnífico, de unidad artística entre todo lo viviente.

Los participantes, adultos y niños (incluso niños de teta, acarreados por sus madres en las carrozas) andan entre la calle rincipal y las callejuelas, para unirse o desunirse a su comparsa a lo largo del desfile o pasado éste; para ir a cenar al local con sus compañeros o a uno alquilado expresamente; para pescar un bocadillo y merendar una vez terminada su parte… Ese trasiego de gente vestida de fantasía morisca, piratesca o cervantina pone una nota colorida en la sombra del día, en el paisaje urbano moderno o en las plazoletas decimonónicas, por la noche o por la tarde, por el borde exterior de la “marcha ritual”.

Me resulta divertido toparme con mujeres y hombres jóvenes y guapos; niños que disfrutan jugando con otros niños o con sus familias, gentes vestidas con colores llamativos y contrastados, con señores mayores -ya en descanso de su “escuadra”- ataviados con chilaba, fez y las patitas despantalonadas, como si no existiera la plancha en el mundo. Y con chiquillos que… ¡caramba! les pides que por favor dejen pasar y no enciendan ese petardo… ¡y lo hacen!

Una escuadra moruna (foto diarioinformacion.com)

En fin, que me ha sorprendido esta forma de vivir una fiesta que, por más que tiene alguna raíz medieval, parece más moderna, sin que la modernidad quite un ápice de encanto a todo el despliegue. Todo lo contrario: lo acentúa. Los poemas que se recitan durante la escena de los “embajadores”, al pie del impresionante castillo (bien medieval y real) son más encantadores así que si se tratara de recrear, ajustándose a la realidad histórica, una re_Reconquista triste, bélica y pobre que realmente existió.

Foto: Mujerarbol

Estas fiestas las hay por todo Levante, y también las hay o las hubo en el interior. Mi madre me ha hablado de las de su pueblo (actualmente vacío) en los lejanos años cuarenta… nada que ver, ya. Gracias a Dios, los años del hambre y de la decadencia postmedieval, ya pasaron y en estas regiones se vive la riqueza de una forma especial, desprejuiciada, enredada en un tejido social y urbano que se palpa, que se percibe vivo, y que el visitante puede observar al margen -o acompañando- a la implicación institucional o política.

Escribo esto a 13 de setiembre, y me gustaría que esta entrada fuera también un homenaje blogueril a estos pueblos levantinos, que van a tener dificultades colectivas e individuales a causa los coletazos del reciente temporal y de la estupidez, que es humana en todas partes.

Yo sé que cuando existe Fiesta de Verdad, los pueblos renacen más fácilmente que cuando la fiesta (minúscula) es solamente un pretexto para el embrutecimiento y el clientelismo. Que cuando hay red, es menos dolorosa la caída.

 

 

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(1) copyrai D. Jachuspa

4 comentarios en “Fiestas

  1. Hola chicas, me alegro de leeros por aquí 🙂
    Mi alergia de siempre a las fiestas botelloneras y a las gaupasas etílicas (lo de parrandear hasta que amanece por lo menos) se ha incrementado con los años, no las aguanto ni física ni mentalmente, (la gente a partir de las dos de la mañana no hacen si no repetir las mismas memeces como discos rayaos).
    Otra cosa son las Fiestas con mayúscula a que se refiere Doña Carmen. Como el agua y el vino.

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  2. Desde que dejé de asistir a las verbenas, en el neolítico, no le he encontrado sentido a la mayor parte de las fiestas que me rodean. Este puebro mío es mucha tela… Pero de repente, apareció el tesoro intangible de Villena (bueno: tangible, audible, saboreable y bailable, cosa que al otro, el tesoro por antonomasia, no se le puede hacer porque está en cámara acorazada). Una amistad con una persona local y el gusto por la música de bandas hizo el resto. Chinpún. Ahora me quedan las del Pilar y, ya dios sabe…
    Gracias por su compañía, Dª Vie, que una está algo triste (y muy liada) estos días.

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  3. Me ha encantado este comentario suyo, Doña Carmen. Y me ha hecho ilusión verla en Txirlo. Nosotros ahora estamos rodeados de fiestas por todas partes, en Las Rozas, en Majadahonda, en El Pardillo…
    Ahora odio las fiestas, aunque, de pequeña, la casa de mi abuela, donde vivíamos de final de mayo hasta Navidad, estaba en la linde entre dos barrios de San Sebastián , y participábamos en las fiestas de Inchaurrondo, y del Alto de Miracruz… y nos parecían una maravilla. ¡ Que tiempos aquellos de Maricastaña !

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