Una vez fui a fumarme un cigarrillo con mi padre en el jardincito que está en la plazoleta del antiguo Hospital (hoy Universidad RJC) frente a la iglesia de S. Pascual, esa de la que he hablado otras veces, que tuvo una pintura preciosa que está en El Prado.
Los chiquillos juegan al balón allí, ruidosos, alegres; algunos con acento arábigo, otros no. Como ya he contado en otro lugar, me encanta ver a los niños jugar al balón; en general, me gusta espiar a los niños, cuando todavía son frescos, pececitos en el «mare magnum» de la vida… ¿quién los pescará?
¡Bum! ¡balonazo contra la puerta del «monumento nacional»! Me importa poco si la rompen, no pienso decirles nada. Que se lo digan otros. Si acaso, recogeré el balón que se alga del «terreno de juego».
Aquella vez, con mi padre, no había niños. Eso vino después. Estuvimos sentados en uno de los bancos, no sé si de los de hierro fundido o de los de piedra. El fumaba nervioso, como siempre. Yo nunca he fumado, y mucho menos desde entonces. Sé que era invierno porque los ginkos ya estaban presentes, amarillos y como cansados. Sus hojas caen luego como ámbar, dignificando el suelo lleno de basuras y de cacas de perro.
Hoy me acuerdo porque siento que esa iglesia grandiosa por dentro, y por fuera demasiado seria, es como si fuese mía. A lo mejor estas cosas no deberían de contarse en un blogo despeinado como éste. Me cuesta cada vez más hilvanar una entrada, y la culpa no la tiene sólo el enredo de las novedades poco intuitivas que ha colocado el servidor, ¡nchts!
Bueno, voy a esa iglesia todos los jueves desde hace un año. Empecé por un impulso al pasar por delante y ver que estaba abierta la puerta a las cinco de la tarde, con un solazo importante, como hoy… Me siento siempre en el mismo sitio y dedico entre 20 y 40 minutos a estar.
Hoy, precisamente, fui y resulta que han cambiado el horario y lugar de la Exposición del Smo., así que me he vuelto. Luego no he sabido donde ir. Es como estar esperando ver pasar a ese chico garboso que anda como por encima del agua, que tanto te gusta verle, y que no pase.
Así que me he vuelto a casa un poco desorientada.
Cuando terminamos aquel cigarrillo, cogí a mi padre del brazo y lo acompañé a casa. Son menos de cien metros. Ahora me parece que me senté allí con mi padre porque quería asegurarme de que volviera a casa sin perderse.
Así que cuando entro en esa nave tan grande y casi toda en penumbra, menos por la luz que derrama la linterna, con los medallones de los evangelistas, casi bizantinos, en los cuatro arranques,… entonces, me acuerdo de aquélla tarde fría, del abrigo negro de mi padre y del olor del tabaco.
Como si alguien me llevara de la mano.

Respuestas
Gracias Chus, el sitio, a 5 minutos a pie de casa, se ha convertido en mi referente sentimental… Y de más cosas.
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Que descripción tan hermosa, ese real convento es impresionante. El Pascual Bailón adorando al Stmo. Creo que casi siempre coincido cuando está cerrado y me conformo con disfrutarlo por fuera. Me ha gustado más, el paseo con tu padre, Carmen, y la memoria y el olor al tabaco, incluso después de los quince años pasados sin fumar.. abrazos querida abadesa.
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