He estado estos días disfrutando un poco de la lectura de cosas sobre las primeras culturas de la Hispania interior.
Una de las primeras culturas que aparecieron durante el Bronce fue la de «las motillas», básicamente, pozos excavados en el suelo, protegidos por enormes murallas, capaces de albergar un grupo bastante grande de gente.

Un reportaje en la web me ha recordado la visita que hice, hace ya bastante tiempo, a La Motilla del Azuer, la de la foto. En este enlace de la wiki hay más info y alguna foto menos compleja de visualizar, para poder entender lo que se ve.
Cuando yo estuve, el nivel freático había bajado bastante, y no quiero pensar en cómo andará ahora.
Se trata de un pozo prehistórico (neolítico) de estructura exterior compleja y bien conservada, cuyo A,B,C sirve como «plantilla» para conocer una cultura propiamente hispánica y manchega (ésta se encuentra cerca de Daimiel, en Ciudad Real). Me refiero a la estructura más compleja de la cultura de «Las Motillas», que visité hace ya una pila de años.
Las motillas consisten en construcciones más o menos simples que protegen un afloramiento acuífero, realizado mediante perforación de pozo. Ya en aquellos días del Bronce debía de ser conspicua la búsqueda de agua en el territorio, así que los acuíferos, los arroyos y los pozos se convirtieron en fortificaciones para tesoros líquidos que se guardaban celosamente, albergando en su interior comunidades más o menos grandes, pero desde luego más grandes que las comunidades de la etapa Paleolítica, del Neolítico inicial y de antes de la «Edad de los metales». Aquí estamos en el origen de las comunidades rurales; de las jefaturas; de la ganadería en serio y de los intercambios comerciales…
Me figuro la vida ajetreada de los especialistas en buscar y encontrar afloramientos de agua, que tenía que haberlos, pero ya acompañados por otros especialistas, como los que prepararon la fastuosa composición pétrea de lo que vemos. Por supuesto, se trataba de ganaderos y agricultores. Y de sabios ingenieriles para hacer murallas contra no se sabe quienes, tomando como centro de la vida recónditos puntos de agua, que a su vez encerraban como un caracol en su concha (muy palpable caracol en el Azuer) en esas construcciones.
Tiene un punto poético lo de proteger con tanta piedra el agua que estaba escondida bajo el suelo. Así, la piedra seguía escondiendo el tesoro en cuestión, pero esta vez utilizable por el humano y defendido por éste con uñas y dientes; lanzas y flechas y quizá perros feroces. Me hace gracia que concuerde con leyendas sobre piedras que manan agua, o relatos literarios que hasta aparecen en la Biblia y que incluyen varas mágicas y surgencias de agua en el desierto.
No eran árboles, no eran arroyos chungos los que llevaban al tesoro; lo que veían los paisanos de entonces eran piedras que contenían agua.
Qué cosa, qué misterio tan grande la humana búsqueda de elementos para poder vivir, y convertirlos poco a poco, con inmenso esfuerzo, en lugares inaccesibles, defendidos con uñas y dientes, corazón de corazones, origen de nuestra forma de ser.