Un momento


La ilusión por el verano termina cuando uno deja de ser niño o de trabajar, cuando las vacaciones son una palabra del diccionario y no una fecha clavada en el almanaque. Como un insecto en la colección, sí.

Parecería que no tenerlas anotadas indica libertad de tomarlas en cualquier momento, pero no es así: es en cuanto no las apuntas que desaparecen de tu vida, y ya cualquier cosa podría ser un escenario de vacaciones o de sulfuro de trajines. Un viaje a un cualquier sitio cercano, un grupito de amigos en un momento concreto, un trago en el bar, el encuentro con alguien que te da alegría ver. Pero siempre lo sientes a posteriori.

Entonces, a la murria que da la calor (cuando va en femenino, mayor es la murria, la siesta lo demuestra) se le une la de no saber qué hacer con tanto tiempo libre. El tiempo libre es una cosa para niños que trabajan divirtiéndose en la arena de la playa o tirando cantos al agua de un estanque. Pienso, que ya no sé si los niños se entretienen en ese juego… a lo mejor no, que nacieron pegados al móvil y solo mantienen la cabeza baja y la vista restregándose por cosas que no han hecho ellos. Y las mamás les riñen cuando hacen eso. ¡Qué suerte vivir en un sitio con río o mar propio!

Hablando de playas: esta semana he estado así como diez minutos en la playa que se adivina en la foto. Eso fue todo lo que me permitió un brevísimo viaje al Norte. Una playa que con intenso ruido y movimiento marino y esa foto, nada más. Como si el sitio me expulsara definitivamente de ahí. Por cierto, tengo la impresión de que es una playa que está desapareciendo por el avance del mar.

Es curioso como cambian los sitios cuando has cambiado tú; y las dos cosas han sido sin querer. Los sitios te expulsan de su compañía sin que te des cuenta, cuando crees que eres tú el que los has abandonado. Solamente después vienen los Edictos que refrendan el exilio.

Pero sí, claro que me gustaría volver. Aunque fuese para ser expulsado de nuevo, ¡por favor! Aunque fuese «un momentito».

Respuestas

  1. Avatar de viejecita

    ¡ Sí, aunque sólo fuera un momentito, poder revivir los paisajes y las vacaciones de la infancia y juventud.! Ahora, cuando nos damos cuenta de su valor.

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    1. Avatar de Aliseda

      Tengo que ir a Cantabria por un motivo administrativo¡qué bien!
      No intento revivir la época de aquellas vacaciones de Norte puro y duro, sin olvidar jamás el paraguas junto al bañador, sino el periodo más largo y «continuoso» de mi estancia allá, cerca de 10 años, trabajando…¡pardiéz! no tengo a mano mi historia personal y he olvidado las fechas concretas. Diez años o más. Mi memoria empieza a quedarse en las ramas de lo vivido y no en el tronco de la cronología…
      Lo vivido con muchos amigos, la mayoría externos a mi trabajo docente.
      Formábamos un grupito de locatis que íbamos a ver cuevas y a situar en algunas de ellas un ingenuo belén, durante las fechas Navideñas. Por mi parte, sí que era un nuevo mundo.
      Me acuerdo de mí misma reptando por un tubo de techo bajísimo (más que yo, de ahí el reptar) y de las maravillas ocultas que escondían algunas cavidades. Y ¿adónde estará mi casco de espéleo, cuya iluminación funcionaba con carburo? Tengo curiosidad por ver si no se encuentra todavía dentro del armario de la habitación del fondo… ¿o se lo di a alguien a quien le venía al pelo?
      Ojo, que en las cuevas llevábamos de todo: mapa topográfico, bocadillo, agua y guía, y nunca nos metimos en laberintos, porque nuestro objetivo era disfrutar, así que íbamos siempre a lo seguro, pero sin escatimar aventura, como el entrar en una cavidad de noche y volver a salir… a la oscuridad.
      Pero sí que reptamos y chapoteamos en algún arroyo kárstico, y mi mono amarillo se manchó bien del barro de las cavernas. No tengo fotos que atestigüen tales andanzas, ni más que recuerdos de una hojita de silex trabajada, de algún guijarro curioso…sí, fueron reales. Aunque a tantos años vista, me parezcan mentira.
      Me acuerdo de… ¡las perlas de las cavernas! Unas pequeñas concreciones de calcita que se forman por el agua que gotea sobre un guijarro suelto, más o menos grande, al que le cabe el honor de formar el «hueso» de esas cosas tan bellas como misteriosas, que las gotas iban recubriendo, siglo tras siglo, con la cal disuelta en el agua.
      Una, que regalé a alguien, era como un diente, en tamaño y formación, pues las había que se formaban en una pequeña cavidad del suelo, rebotando y girando por efecto de la gota pertinaz, y se volvían redondeaditas, como juguetes perdidos.
      Nunca arrancamos nada, solamente levantábamos del suelo alguno de tales guijarros y nos los guardábamos como lo que eran: tesoros. No sé adónde andarán.

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