Perlas


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Aliseda

04/06/2026

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Mi memoria empieza a quedarse en las ramas de lo vivido y no de la cronología…
Lo vivido con amigos, la mayoría externos a mi trabajo docente, pero que fueron buenos y amigos. Pero es solo eso: memoria, no actualización.

Tengo que irme a Santander por un asunto de papeleo, ¡qué bien!
No deseo revivir la época de las vacaciones en Cantabria, sino el periodo más largo y «continuoso» de mi estancia allá, cerca de 10 años, trabajando… ¡pardiéz! he olvidado las fechas concretas. ¿Diez años, o más? compaginando trabajo con buenos amigos y excursiones por fuera y por dentro del país. Será una visita muy breve.

Recuerdo el grupito de locatis que íbamos a ver cuevas poco visitadas y a situar en un rincón de algunas de ellas un ingenuo belén, durante las fechas Navideñas.
Me acuerdo de mí misma reptando por un tubo de techo bajísimo (más que yo, de ahí el reptar) y de las maravillas ocultas que escondían algunas cavidades. Y ¿adónde estará mi casco de espéleo, cuya iluminación funcionaba con piedras de carburo? Creo que se lo vendí a alguien…

Me acuerdo de… las «perlas de las cavernas». Unas pequeñas concreciones de calcita que se forman por el agua al caer sobre un guijarro suelto, más o menos grande, al que le cabe el honor de formar el «hueso» de esas cosas tan bellas como misteriosas llamadas con un nombre tan poético, que las gotas iban recubriendo, siglo tras siglo, con la calcita disuelta en el agua, hasta volverlas joyas naturales codiciadas por los amantes de la belleza por casualidad. Una, que regalé a alguien, era como un diente, en tamaño y forma. Las había que se formaban en una cavidad del suelo, obligadas a girar o moverse microscópicamente por efecto de la gota pertinaz, que las hacía redondeaditas, como canicas perdidas, cubriéndolas de calcita blanquísima, como canicas de esas que antaño se encontraba una en los sitios donde los muchachos habían organizado una partida de «guá».
Sí, fueron reales. Aunque a tantos años vista, me parezcan mentira.

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