Alzo los ojos de mis quehaceres/entretenimientos y me encuentro con cajas negras, infamias institucionales, música de chirimoyas y sardinas en lata caducada.
La verdad es que hace tiempo que no entro en mis «entretenimientos» por falta de tiempo, principalmente. Luego, cuando entro, no sé qué decir: el ambiente exterior me ha enmudecido.
Solo ansío frescor y un poquito de inspiración.
Me dicen que quizá haga una visita algo más larga a mi añorada Cantabria, espero que el rumor se convierta en realidad. Pero ya no me fio de los augurios.
Hablando de augurios… Dicen las leyendas que los poetas eran los encargados de los augurios en la Irlanda medieval, quizá en otros sitios anteriormente, siempre de raíz indoeuropea (y pienso en la Grecia Clásica).
Por eso me sigue gustando leer alguna poesía, generalmente de autor desconocido y verso que resuena como una advertencia, o una verdad (herida, advertencia, verdad).
Ambas tres cosas: poesía, augurio y dardo verdadero estaban muy juntas en aquellas civilizaciones antiguas, por eso algunos temían la llegada del bardo errante que cantaba las cuarenta, o solo las tres, y al versificado se le caía el pelo o se le helaba el alma.
Echar un verso podía ser lanzar un «geis» o una maldición.
(Y en cuanto he empezado a escribir ésto ha roto a sonar en la radio una tonada gaélica que se convirtió, no por por arte de magia sino de palabra, en un himno religioso. La melodía, larga y melancólica, cuadra con Todo.)
Además, este poema me está persiguiendo:
Tras el temor* opaco de las lágrimas,
no estoy yo solo.
Tras el profundo velo de mi sangre,
no estoy yo solo.
Tras la primera música del día,
no estoy yo solo.
Tras la postrera luz de las montañas,
no estoy yo solo.
Tras el estéril gozo de las horas,
no estoy yo solo.
Tras el augurio helado del espejo,
no estoy yo solo.
No estoy yo solo; me acompaña, en vela,
la pura eternidad de cuanto amo.
Vivimos junto a Dios eternamente.
(*»temor», yo recordaba «temblor» que cuadra bien)
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