El silencio es una cosa que me gusta. Es indeterminado, a menos que se perciba en un entorno natural amplio y callado, en el cual lo que canta son los distintos elementos del paisaje.
El ruido deseado es el que proporcionan los elementos, es decir, tierra y aire, fuego y agua. Cuando me lo quito en plena naturaleza en un ejercicio de escucha un poquito desesperante, sucede que en cuanto el sentido que aún conservo se acostumbra, es reconfortante. Aún puedo escuchar sin audífonos los gruñidos del mar enfadado, como el otro día en una galerna majestuosa en La Maruca. Lástima que estábamos de regreso y solo fueron unos minutos. Se oía apagado e informe, más desagradable que con el cacharro puesto, aunque anduve un ratito (muy ratito) sin ayuda, por ver si cambiaba. No cambió y me empezó una desazón por no sentir lo mismo que mis pies: olas que estremecían y guijarros de playa que entrechocaban; castañeteo de dientes de Manannán mac Lir. Estaba enfadado el joío. Gracias al audífono pude escuchar sus gruñidos de viejo cabreado.
Es eso lo que me he traído de mi brevísimo último viaje a la costa Cantábrica. El retumbo de los guijarros que entrechocaban por la fuerza combinada de viento y agua, que nunca había reparado en él, en todo el tiempo que estuve allá cuando no tenía necesidad del puñetero cacharrito.
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