Cuestionario


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Una estupendísima entrevista/cuestionario a mi amigo Antonio Rivero Taravillo.

Lo suyo es la sencillez con arte, las respuestas ingeniosas y las recomendaciones maravillosas.

(Anoto lo de la poesía de Mario Quintana, ahora que empiezo a aficionarme a eso).

 

 

Muy grande Julio (Valdeón)


Foto de Nita en Pexels

Señalar que lo importante es el interés del ciudadano, “lo de todos”, la igualdad en el espacio compartido… al parecer es de fascistas. Pues hala, fascistas somos.

Muy grande Julio Valdeón hace pocos días.

Y es muy posible que ya sea tarde y que no haya forma de reivindicar lo de todos, las ventajas del espacio compartido y la necesidad de articular la convivencia con unos criterios que primen el interés del ciudadano por sobre los depósitos de mineral idealista.

El enlace:

Qué pasó

La domus aurea de Neron


 

Entrada al sitio

Acabo de leer que han abierto temporalmente este auténtico monumento arqueológico. En la entrada se dan detalles de la cosa, útiles para los que vayan/estén en Roma, ¡snif!

Los que tendremos que conformarnos con el Mar del Ontígola, no podremos ver fácilmente el enorme edificio de Nerón.

En este enlace (en inglés) podéis ver algunas fotos y apreciar lo que se puede conservar debajo del subsuelo de la Ciudad Eterna, y los problemas que el subsuelo ocasiona. A mi me ha impresionado ver la escala, en las fotos.

 

La Playa de los ahogados


De Mrvalmi – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0. (Así, tan de verano, parece inofensiva)

He empezado a leer “La playa de los ahogados” de Domingo Villar.

El inicio no puede ser más encantador, pues el autor nos sumerge de golpe en recuerdos vitales (reelaborados con mucho arte) y en el ambiente marinero gallego. Es decir: te toca fibras sensibles y lo hace con la suavidad del encantador de monstruítos.

De momento las intervenciones de los dos personajes tópicos -Leo Caldas y Estévez- siguen siendo eso, tópicas. Pero el ambiente se ha conseguido mejor que en el primer libro que leí del autor (“Ojos de agua”) y no me refiero solamente al paisaje. Por eso me da la impresión de que los personajes van a encontrar hueco para ir creciendo a medida que avance la narración.

Ya os he contado en otras ocasiones que cuando leo a gallegos que escriben en castellano, me parece que escucho el “cante” gallego. Por eso me he prometido que buscaré (en virtual) la versión de la novela en esa lengua.

Me gusta la descripción de la comida abundante que se zampan los dos protagonistas en un figón que me ha recordado al “Manolo” de Compostela (¿existirá todavía?), donde los peregrinos y los hospederos nos embaulábamos por poco dinero la parte carnal de nuestro viaje espiritual… Galicia debería tener como emblema el caldero del Dagda, ya que Irlanda se quedó con su arpa. Los gallegos, sin duda, rellenan el caldero divinamente.

No sigo, que me voy detrás del olor a pulpo cocido… Por cierto que estos días estuve pensando buscar alguno de los escritos gastronómicos de Cunqueiro, genuino adorador del caldero (y yo que lo adoro a él).

Villar me ha recordado que debería de hacer esa compra antes de morirme. 

No hay más que decir. Ya os contaré al final de la lectura.

 

 

Mallacht a gáiscid (*)


Foto de Joonas kääriäinen en Pexels

Maldigo a la cochina pandemia.

Maldigo el no poder abrazar a quienes quiero, el tener que utilizar los dedos para hablarles y la vista para escucharles. Maldigo el no poder besar a quien quiero besar y el no poder abofetear a los que se merecen ser abofeteados.

Maldigo a los imbéciles que nos gobiernan, máximos responsables de proteger a la ciudadanía, que escudándose en su cochina inutilidad andan sacando ventajas, mayormente económicas, pero también de “poder”, de ese que no sale de una piedra que dice la verdad, sino de otro lado más oscuro y fangoso.

Maldigo a los idiotas sin mascarilla, a los que se ríen de los que la llevamos y a los cachos de carne con ojos que la tiran al suelo en las calles y en los jardines, así se les caigan al suelo a ellos y a ellas sus respectivos órganos reproductores, usados o sin usar.

Maldigo a los cenutrios que rehuyen un funeral cívico por un motivo gilipoyas, no menos cureril que lo que ellos fingen rechazar (porque es eso: fingen), como si los que han muerto por este virus no fueran “de los suyos”, o sea, no fueran humanos, como ellos, que son mortales. Un dios los reconocerá, dijo otro famoso maldecidor.

A mí, que no salgo tanto de bares, pero que aprecio un trago con charla en buena compañía, me entristece el no poder hacerlo cómo y cuándo quiera mi libertad, voluntariamente aplazada para proteger y protegerme, para que… unos imbéciles puedan pisotearla, haciendo lo que les viene en gana cuando y cómo les viene, como cerdos y cerdas… A esos y esas enemigos de la libertad, les deseo guin, bádud, loscad.

Y sí, estoy muy cabreada bilingüe.

(*) «Malditas sean sus armas», glosa satírica en medio de un poema antiguo irlandés, no sé si en el Táin I o en otro sitio, no estoy ahora para ponerme a buscarlo.