Será…


Ya os lo dije: será por la pandemia o la pandemonia, pero una mira mucho hacia atrás estos días.

A cuando las cosas eran más sencillas y reales, o Reales, o Leales… Cuando debajo de casa había una cueva que despertaba todos nuestros temores y sin embargo, en el patio (feo, de tapial desconchado, lleno de rincones desconocidos…) todo era luz y sueño. Cuando explorar el mundo era ir de paseo a la Parada de Palacio (¡el Patio de Armas aun no tenía el cerramiento con rejería de ahora!) o jugar con un perrito y un balón de plástico en un lejanísimo país, salvaje y antiguo a solo veinte minutos de tren.

Busqué el otro día en Google maps ese lugar mitológico de la perrita y el balón, cerrado con raíles de tren y lo único que pude ver fueron ruinas inidentificables. Y me entró una terrible congoja.

Las últimas dos fotos tienen en común el lugar, otro lugar de sueños, pero esta vez mucho más amplios, porque daban al mar, que no tiene desconchones y parece que siempre va a estar ahí, lleva ahí desde siempre, aunque no estemos nosotros.

Terciopelo y cuchillas


 

Estos días -será cosa del confinamiento- repaso fotos antiguas. La mayoría mías y de mis queridos (las de humanos os las enseño otro día).

Pero por la mañana, cuando iba a hacerme el desayuno, sucedió una cosa: me pareció verle (de verdad, verle) detrás de mí, al entrar a la cocina. Volví la cabeza a punto de reñirle, por enredón… Unos segundos después de la sorpresa, me resigné a sentarme y preparar la tostada y la miel, y tomar el café, porque debía de estar falta del azúcar que hace funcionar correctamente al cerebro en modo vigilia.

Este artículo de Julio Valdeón (este señor escribe de maravilla) me ha vuelto a recordar al amiguete que se fue… Y al “riesgo de vivir con mamíferos que entran y salen de casa” sabiendo lo que sabemos del virus.

En mi caso y mi confinamiento, el príncipe de terciopelo y cuchillas ya solo entra y sale en los sueños y en las lipotimias.

Valga la WordPress-galería de imágenes como un homenaje final.

Cuarentenas como Dios manda – La Nueva Crónica


Otra historia narrada en el Decaleón: Cuarentenas como Dios manda – La Nueva Crónica

Yo el otro día cerré los ojos y ví el bandó rojo imitación rococó que colgaba en la ventana de la habitación donde dormíamos todos, y a mi madre leyendo despacito algo para mí, que tenía mucha fiebre. Y a D. Fernando, a quien también echo de menos en las calles del pueblo, asombrándose luego de mi resistencia.

Parece ser que los recuerdos no pueden remontarse más atrás de los 6 años, así que, por ahí…

Mayores


Foto de Kamille Sampaio en Pexels

 

(…) hay un gran colectivo del que nadie habla: Son esas personas mayores o muy mayores, que cada día hacían grandes paseo, o varios pequeños, lo que les procuraba relacionarse con otras personas y mantenerse medio en forma física activando sus músculos, tomando el sol y poniendo la tensión y la colesterol a raya. Estas personas encerradas son el colectivo que más lo está pagando en cuanto a deterioro físico se refiere. Y posiblemente psicológico.

Los viejos no sólo sirven para ser encerrados en residencias o enterrarlos. Se merecen otras cosa. Todo. Todo se lo debemos.

Al hilo de este y otros comentarios en redes sociales y blogos que sigo, he pensado en mis cercanos y en otros conocidos, personas mayores a quienes dejar encerrados suena como un prólogo a “dejarlos enterrados”.

Una de las cosas que no me ha gustado ni un pelo en este “confinamiento” es la poca tolerancia a los que han (hemos) tenido que salir por fuerza mayor. No es que me parezca malo el confinamiento: como he leído por ahí, “es una medida primitiva, pero eficaz”, y en esta crisis lo eficaz es determinante.

Pero creo se debía de haber tenido una mayor tolerancia a quienes tienen que salir, ya sea por salud o porque no hay más remedio que salir. A llevar suministro a mayores o cuidar a familiares que viven alejados de casa de uno. Lo mismo me parece de los niños (los autistas, por ejemplo) para los que pasear es necesario como terapia. Con éstos últimos ya hubo su polémica, que se ha dejado caer -al menos por las redes sociales que brujuleo- cuando la despreciable actitud de las “viejasdelvisillo” patrias amenazó con señalarlos como nuevos apestados… Leer más »

Banastas


Public domain photo.

Traigo espárragos hoy como homenaje a quien todos estos años me proveyó de ellos, un labrador de la ribera del Tajo como es esta tierra: ancho, abierto y libre. Siempre un “toma, hermosa” al entregarme la bolsa con el producto o devolverme el cambio. Sin mostrador, solo unas banastas con algo de fruta o verdura para quien quisiera comprar, ¡y una romana para calcular el peso!.

Suerte tuvo el hombre, que falleció antes de esta mierda…

Al fin de esta puta crisis ya no quedarán en la ciudad muchos “banasteros” vendedores de productos de la huerta en su propia casa; casi todos eran mayores, con derecho a no pasear.

A su viuda me encontré ayer, preocupada por la vieja casa (viejísima, de las más antiguas del Sitio) que orea todos los días para placer de los gatetes, que echan de menos a sus dueños y estirar las patucas por fuera de las ventanas.

Para este cuidado de la propia memoria, ella tiene que caminar más de un km. todos los días, porque desde que se quedó sola vive con otros familiares. Sí, camina en “confinamiento” y tal vez escuchando a alguna viejaelvisillo con acidez de estómago (y probablemente sin sus años ni su señorío) increparla por el “paseo”.

No se preocupe, a mí también me han increpado, y como eran voces de niño, advierto que las nuevas generaciones ya van aprendiendo a meter las narices donde no les importa. Será cosa de los “realiti chous” de la tele. Que les den much… as felicitaciones de Pascua a los unos y a los otros.

¡Este post va por los vecinos con portalón y banastas llenas de espárragos! ¡Ojalá volvamos a verlas, tan hermosas!