Todo azul


Foto: Carusso (2009). Cedida por autor. Color: Aliseda

Como muchos sabéis, la hagiografía es un género literario dedicado a ensalzar la vida de un santo del Cristianismo, que desde su aparición (a mediados del s. IV) tiene un objetivo edificante que incita a la virtud, narrando los principales hitos de la vida, o la muerte (si se trata de mártires) de personajes reconocidos como santos por las distintas Iglesias Cristianas.

Resulta que muchas de las historias de santos irlandeses se alejan a menudo del lado edificante y entran en un tono humorístico o surrealista, que resulta bastante alejado de nuestra concepción de hagiografía… ¡y hasta de la «santidad»!

La hipótesis es que se trata de leyendas «populares» en las que predomina un simbolismo ajeno a la tradición y la ética gecolatina, y no falta un toque poético, humorístico y muchas veces surrealista.

El tema del personaje santo que maldice a alguien o algo, se encuentra reflejado en el famoso episodio del Nuevo Testamento de la higuera maldecida precisamente por Jesucristo (Mt. 21. 18-19 y 21.19-22).

Pero en esta leyenda, que figuraba en un compendio hagiográfico (online*) en el que se conservan dos Vidas de S. Ciarán de Clonmacnois, una en lengua nativa y otra en latín (lo cual me permitió en 2010 hacer esta versión en español), el meollo maravilloso de la historia es, cuando menos, tan curioso como un santo que se representa acompañado por un ciervo y un zorrito.

Cierto día, estaba la madre de Ciarán tiñendo de azul unas piezas de ropa, cuando el chiquillo irrumpió en la casa.
Como traía mala suerte que hubiera varones dentro de la habitación donde las mujeres teñían ropa, su madre expulsó a Ciarán a cajas destempladas.
Enfadado, Ciarán respondió: «¡Asi le salga una raya gris a todo lo que pongas en la tina!»
Y, ¡tate! a partir de entonces, toda la ropa que entraba en la tina, salía de ella con una raya gris en medio.
La madre, maliciándose que el chiquillo tenía la culpa, volvió a preparar el tinte y le rogó que no hiciera nada que estropease la tintura. Pero al parecer, Ciarán no estaba aún contento: maldijo el tinte para que saliera blanco y la ropa toda quedó tan blanca como la cuajada.
-¡No me estropees más el tinte! -exigió la madre-. Bendícemelo en vez de maldecirlo, así tendré la seguridad de que mi trabajo no será en vano.
Así lo hizo Ciarán, y esta vez el azul salió perfecto, la ropa de la gente de casa estaba del azul más conseguido que jamás se había visto en el distrito del Cénel Fiathach.
Pero desde entonces, todo lo que entraba en contacto con aquella tina de teñir, se volvía también azul: los perros que merodeaban junto al recipiente, los gatos que se echaban a dormir al lado, los suelos del taller en el que se dejaba el barreño y hasta los árboles de los alrededores se teñían, invariablemente, de azul.


El zorrito y el ciervo forman parte de la iconografía habitual del santo, cuya festividad se celebra el 9 de septiembre, fecha en la que se redactó esta entrada.

(*) Creo que la fuente digital de este relato ya no está online. Espero no haber infringido nada 😦