¡Agua!


No creo que nadie que los haya visto, deje de admirar estos episodios de “Ingeniería romana”. Aquí desbastados en deliciosas pildoritas, fácilmente entendible para quien tenga algo de educación general básica (no, no es ESO). ¡Con lo que me gustan a mi los programas de ingeniería…! Qué le vamos a hacer, es cosa de nacimiento.

Ya está online


El ejemplar de Julio de la revista de Divulgadores de la Historia, ya está online, con alguna sorpresilla para los fans de Mujerárbol. Para leerlo, pinchen en el enlace y vayan a la portada del nº 30. Ya saben que se abre en Drive o en PDF. Habrá más sorpresillas, así que estén al loro… […]

La vida cotidiana en Pompeya


Una explicación amena y clara sobre aspectos de la vida del romano común.a cargo del excelente divulgador Fernando Lillo Redonet. Aquí se nos ofrecen explicaciones a partir de lo que nos muestran las pintadas y grafitos conservados sobre las paredes de diferentes edificios de Pompeya, muestra de variados sentimientos humanos de hace más de dos […]

El divorcio en el Senchas Már irlandés


Foto de Klaus Nielsen en Pexels

El Senchas Már (o “Tradición Mayor”) es la colección principal de leyes antiguas irlandesas.

Según los investigadores que se han dedicado a ella, especialmente D.A. Binchy, compilador a su vez de todo ese tipo de fuentes en un “corpus” que denominó Corpus Iuris Hibernici (CIH), no es inverosímil que sea tanto una serie de costumbres (“derecho consuetudinario“) de origen muy antiguo, que empezó a recopilarse alrededor del siglo VIII, como cierta imitación o influencia del Derecho Romano a través del Derecho Común medieval o de la actividad de la Iglesia, puesto que los principales manuscritos se reunieron, copiaron y glosaron en distintos momentos a partir del siglo mencionado.

La mayor parte de lo que aquí contamos, procede de uno de sus textos principales, el Cáin Lanamna. Es curioso que, a pesar de llevar un nombre que es préstamo del latín (Cáin= “cánon”) no tiene tanta influencia eclesiástica como podía esperarse. Lo veremos en estos ejemplos.

Ya dijimos que los matrimonios en la antigua Irlanda eran contratos entre dos familias, y los cabezas de ambas -el padre (o tutor) de él y el de ella, (los ágae fine)- tenían la palabra.

El consentimiento para dar por buena la unión (arnaidm), requería fiadores por las dos partes, sobre todo en los matrimonios de tipo más serio. Eso quiere decir que personas concretas, ligads a las familias, se comprometían (con sus bienes) a que no hubiera irregularidades que conllevaban sanción legal, bajo pena de multas. Tengamos en cuenta que “salir como fianza” era una cosa muy peligrosa, pues siempre se podían perder bienes propios a causa de los desmanes de otros. En general, se buscaba que éstos fiadores fuesen de clase social igual o parecida a la de los contrayentes, por lo que acabamos de decir.
Se supone que las multas por irregularidad y la separación de bienes en caso de divorcio eran el principal motivo de discusión frente a jueces y abogados, puesto que de ello se ocupa principalmente el Cáin Lanamna.

Puesto que una esposa principal (cetmuinter) se compraba, el futuro marido entregaba un “precio de novia” (coibche) que se quedaba en la familia de ella.

Foto: Anastasia Shuraeva en Pexels

Existían distintos motivos por los que una mujer podría pedir un divorcio completamente legal y quedarse con esa parte. Por ejemplo, que él la pegase dejando huellas; que la abandonase por otra (caso en el cual hasta tenía derecho a quedarse en la casa común si quería); o si él propalaba historias falsas, sátiras o indiscrecciones de alcoba sobre ella.

Los casos de asunto sexual por parte de él también eran motivo de divorcio, pero sorprende saber que una mujer podía divorciarse de un hombre porque estuviese demasiado gordo y no fuese capaz de mantener relaciones con comodidad.
Por supuesto, asuntos como la impotencia (“porque no es fácil para una esposa convivir con un marido impotente” dice el glosador), la homosexualidad manifiesta de él o su esterilidad (difícil de probar a menos que ella hubiera tenido previamente un hijo con otro hombre), también eran motivo suficiente de divorcio por parte de ella.
Pero, en el caso de esterilidad, si no se divorciaban, podía entrar en funcionamiento una “separación temporal”, nada menos que para que él o ella, tuvieran un hijo con otra pareja.
Este hijo era considerado legalmente como hijo del marido (“a menos que el padre verdadero se lo compre” dice la Ley).
Otros casos de separación temporal podían darse cuando uno de los dos debía ser acogido bajo cuidados fuera de su casa, por haber sido herido por alguien externo (en quien recaían las obligaciones de tales cuidados) y, por supuesto, si cualquiera de los dos conyuges se iban de peregrinación, de viaje, a ver a un amigo, o, en el caso del varón, para tomar parte en una incursión de venganza legal (que también existía).
Finalmente, el hecho de que él tomase órdenes sagradas, era un motivo bastante normal de divorcio legítimo… y origen de alguna que otra familia eclesiástica.
Que ella robase a menudo, fuese infiel (en cualquier sentido), lo deshonrase propalando injurias sobre su marido. abortara o perdiera la leche por una enfermedad durante la lactancia, eran algunos de los motivos que recita una de las heptadas de proverbios legales titulada Gubretha Caratniad, una curiosa recopilación, más o menos versificada, de cuestiones que van en contra de los principios legales mayores.

Hippika gymnasia


Supe lo que era la Hippika Gymnasia tras leer un bonito libro de Peter Connolly dedicado a Las Legiones Romanas (Anaya, año 1989), un album magníficamente ilustrado que hace años tengo en casa.

La historia que, muy visualmente, contaba el libro era la vida de un legionario romano (Tiberio Claudio Maximo) que existió realmente, y que pasó de la dura infantería a la caballería romana en tiempos de Trajano. Bajo su mando, obtuvo honores extraordinarios durante la Guerra contra los Dacios, precisamente combatiendo en ese arma y por haber capturado al rey enemigo por medio de una acción individual arriesgada y honorable. Y se mostraba un dibujo maravilloso de un jinete poniéndose una de esas máscaras y otros en medio de la práctica, cuya ejecución resumía el autor.

By I, Adsek, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2227422

Bueno, todos los dibujos del libro eran maravillosos, pero yo daría brincos por ver en vivo una exhibición como la que transmiten las fotos de la Wiki sobre este tipo de ejercicio militar romano. En ellas, parece que los recreadores son alemanes (la página está rota, me temo). Pero en este artículo de La Brújula Verde se explica lo que era ese “deporte” militar con mayor detalle y con las fotos que pertenecen a la exhibición llevada a cabo por los mismos recreadores (de nivel extraordinario) que menciona la wiki.

Por cierto, que sospecho que la hippika Gymnasia fue el precedente de lo que en el Renacimiento y el Barroco se llamó el “Juego de Parejas”, o exhibiciones ecuestres que se llevaban a cabo… al menos en los terrenos de la Monarquía Hispánica.

Eso lo sé desde antes de leer el libro susodicho: en mi Real Sitio, precisamente junto a Palacio, existe una hermosa “Plaza de Parejas” que, si mi amigo Pico Tajo no me corrige, estaba dedicada a un juego caballeresco (e hípico) de exhibición y lujo a caballo, de lo que existen ciertas ilustraciones de época.

Plaza de Parejas, Aranjuez (Foto Mujerarbol 2017)

Me hace gracia comprobar que el caballo ha sido siempre, bajo Imperios lo mismo que en pequeñas monarquías tribales y bárbaras, en tantas culturas de Eurasia, ese animal mítico, hermoso, real y Real, de guerra y de Gloria, de exhibición y de compañía… después de haber alimentado con su carne y sangre salvajes a todos nuestros antepasados de una especie o de otra, durante los milenios del Paleolítico.

 

 

Emparejamientos


Foto de Jasmine Carter en Pexels.

¿Sabíais que en la antigua Irlanda había siete tipos de matrimonio legal?

En la “Ley de los emparejamientos” se establecen hasta diez tipos, pero solamente siete son “accionables” en caso de juicio, como ahora veremos. Dice así el Cáin Lánamna o Ley de los Emparejamientos:

Pregunta: ¿Cuantas parejas de convivencia y procreacion existen en la Ley Irlandesa?

Respuesta: Diez, a saber: (1) la unión de contribución común; (2) la unión de una mujer en la contribución del hombre; (3) la unión de un hombre en la contribución de una mujer, con servicio; (4) la unión de una mujer que acepta las solicitudes* de un hombre; (5) la unión de un hombre que visita a la mujer, sin trabajo, sin solicitud, sin provisiones, sin contribución material: (6) la unión por rapto; (7) la unión entre mercenarios errantes; (8) la unión por seducción criminal; (9) la unión por violación; (10) la unión de burla.

De estas diez, siete se consideraban “legales”, es decir sujetas a algún tipo de compensación en caso de conflicto. Las dos últimas eran situaciones de hecho, sin garantía legal, pues nadie se responsabilizaría de lo que hiciera un criminal o un loco, que es lo que parece el nº 10. En este caso, los hijos que tuvieran, quedaban a cargo de un superior (o como afirmaba un dicho legal que ha pasado al refranero, “el cura que los casó”). El dicho debe de ser mucho más moderno que esas leyes, porque “los curas” no tenían mucho que decir en materia de matrimonios.

El papel de la Iglesia en el matrimonio fue un proceso lento en toda Europa. Y más en el caso presente, a menos que hablemos de una familia eclesiástica… La presencia de un obispo o la celebración del matrimonio en el templo, etc. entró muy tardíamente en Irlanda, con grandes aspavientos por parte de los Reformadores (los católicos del s. XII y los protestantes del XVI). De todos modos, es curioso que esa ley concreta lleve el nombre de Cáin, o sea, un derivado de “Cánon”. Pero también es sorprendente que la mísma contenga un amplio abanico de posibilidades de divorcio, que difícilmente se deben a influencia eclesiástica.

En la antigua Irlanda el matrimonio era un contrato privado entre dos familias. Como no existía el Estado, ni tampoco un sistema feudal pleno como el de Francia o de los Reinos Hispánicos, se trataba de decisiones económicas/políticas tomadas por toda la familia, que era la unidad legal básica, por debajo de la “tribu” o tuath. El negocio de casar a una hija/hijo era como el de hacer una compra beneficiosa o un alquiler de bienes o servicios.

He citado “hombre libre” aposta, porque era poca la iniciativa que tenía una mujer en esto. Unicamente en el caso de ser una heredera rica, como vimos en el caso de las dos Devorgillas, que se permitían hacer donaciones por sí solas. Pero ellas vivieron ya en un momento muy tardío y bajo otras condiciones, como la influencia anglonormanda (de sus familias políticas o de sangre). Por otro lado, existe una notable tradición literaria irlandesa en la que son ellas las que eligen y se llevan (a veces por la calle de la amargura) al elegido (Ej.: la historia de Diarmait y Grainne o el cuento de Deirdre y Noise, etcétera), lo cual es bastante curioso.

Así que la riqueza material de (la familia de) cada parte era importante. En el caso de la “pareja en los

Dibu: Lealsoria; Tudu & amigos, 2013.

bienes de una mujer” (nº 3), indica que la riqueza del lado de ella era mayor que la de él, lo cual favorecería que ella predominase en las decisiones económicas de la nueva familia.

También, en muchos casos, podían permitirse varias esposas en distintos grados de contribución y/o servicio. O sea, existía poligamia. Por ejemplo, un hombre podía tener una esposa principal, la cetmuinter (“primera de la familia”) en “contribución del hombre”, y otra(s) secundarias (por ej. “en visita”) convenientes a efectos de alianza temporal,  o por distintas circunstancias… o gustos, claro. Los artesanos y los filid (poetas, historiadores, etc.), gente errante por naturaleza, entrarían a menudo en ese tipo de matrimonios temporales.

Continuaremos con algo más de ésto en próximas entradas.

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Fuentes: repositorio CELT (UCork); Fergus Kelly: A guide of Early Irish Law, DIAS 1995.