Santos, libros y nutrias de agua dulce


(Foto de Johnny Gios (Supergios) en Unsplash)

El libro de Jotischky («El mundo monástico, 1.200 años de historia») señala que «los primeros monasterios irlandeses aparecieron como actores fundamentales en un panorama profundamente fisurado y endémicamente violento«. Es una gran definición de la sociedad medieval irlandesa.

Mas adelante, cita: «La actividad de los santos como pacificadores eludía los caudales normales de poder. Cuando los clanes y reyes enfrentados eran incapaces de poner fin a un ciclo de violencia, eran los santos, a través de sus monjes, quienes podían aportar cierta seguridad mediando entre ellos, colaborando con reyes a los que consideraban virtuosos (…). A veces los tratados políticos se acordaban en los monasterios, donde ambas partes podían sentarse juntas bajo la mirada del santo» (p. 140-141).

El texto de Jotischky me ha hecho recordar del caso del rey cegado por sus parientes y enemigos (ambas cosas estaban mezcladas casi siempre) que se había refugiado en Clonmacnois… Era una historia real (fuente en crónicas y anales). ¡Pero qué habría sido del pobre hombre, cuando sus hijos de leche le sacaron los ojos, si no hubiera un monasterio amigo en el que refugiarse..!

El hecho de que la mayoría de las fuentes que tenemos sobre el monacato irlandés sean las historias hagiográficas, indica claramente que ese poder se hacía tangible en treguas, en refugio otorgado a un rey depuesto o controvertido, o incluso en acuerdos con intercambio de rehenes, de los cuales eran fiadores uno o varios monasterios, es decir, los santos que llevaban sus nombres.

Los monjes gozaban del poder «mágico» de la maldición como arma y ésta funcionaba, parece ser, al grado de la pérdida de la salud del maldito, como en la historia de Suibne (rey de Dal Arada) que también cita el autor, en el cual el rey termina volviéndose un loco errante que corre por toda Irlanda.

Me animo a contar la parte del relato que conozco acerca de este pobre hombre.

Al parecer, imprudentemente, Suibne había osado desafiar la voluntad pacificadora de los santos, pues Dal Araide se hallaba en guerra con otro territorio. En el momento clave, Suibne arrebató a un monje un Salterio (colección de Salmos) que arrojó a un lago, lo cual provocó que el monje lo maldijera. Según la tradición, ante los efectivos convocados por reyes en litigio, era costumbre pasear un libro sagrado trazando círculos alrededor de las fuerzas combatientes… En otra redacción de la historia de Suibne he leído que el disparador de su locura fue un momento así.

Las palabras de la maldición le provocaron a Suibne la urgencia por correr alocadamente por toda Irlanda («tan veloz que no se movía el rocío de la la yerba bajo sus pies cuando pasaba»). No me cabe duda de que existe cierto grado de veracidad en esta historia, pues no es la primera vez que se encuentra un Salterio irlandés en una laguna…

¿Y que fue de aquel Salterio? Una nutria del lago se lo devolvió al monje después de la batalla. Mientras, Suibne El Loco iba deambulando por Irlanda como alma en pena, hasta que murió de ídem.