
(Foto de Martina James en Unsplash). (El perro es irlandés)
Me fundí unos cuantos días de la primavera pasada adecentando un trabajo sobre la Declaración de Patricio, otrosí llamada la «Confesión de S. Patricio» (nada que ver el paralelismo del título con los muchísimo más floridos textos de Agustín de Hipona… pero es lo que hay). Como no sé qué hacer con ello, os iré dejando impresiones.
La frase de mi título hace alusión a la constante declaración de Patricio de hallarse en pecado, insistencia que me recuerda a la «oración del corazón» de los Orientales, y también a un epíteto, dedicado a otro santo, de una oracioncilla irlandesa que me enseñaron hace años. Todavía me acuerdo de cómo se dice (y de lo que significa), pese al tiempo y los chubascos de mi cabeza… Pero no hablaré de eso hoy.
En la «Declaración», el autor entrega unos pocos brochazos sobre su vida, no todos los que quisieran los historiadores y mucho menos, los alternativos. También muy poco sobre laberintos espirituales, pero sí que nos deja percibir su carácter personal, el cual se deduce haciendo una lectura cuidadosa, y cariñosa, del escrito.
Los especialistas afirman que la Declaración es posterior a otro de los escritos conservados del personaje (la «Carta a los soldados de Coroticus«). La «Declaración» carece de grandes profundidades y está centrada en un testimonio realista y adolorido de las tribulaciones del autor: olvidarse de Dios, quejarse con amargura de desprecios humanos presentes y pasados, así como señalar errores paganoides, contra los que manifiesta un sincero rechazo, pero sin altivez… seguramente por piedad hacia los descreídos.
Y pasar frío y hambre durante el trayecto.
Me hace gracia de que en la Confesión, no aparezca más que un elemento que, para mí, es lo único remotamente clasificable como «magia celta» de toda la historia. Cuando van de viaje (está claro que se trata de una huida en grupo y no en solitario) y están lampando de hambre. De pronto, sin venir a cuento, aparece «una piara de cerdos» (no estoy tan segura de que sean guarros de corral, sino más bien silvestres o asilvestrados) de los que cazan algunos con ayuda de los perros con los que viajan, los cuales también lampan. Así pues, bípedos y cuadrúpedos se alimentan con esa carne, gracias a Dios.
Sí, sí, cerdos apareciendo de la nada… el sueño de cualquier poeta hibérnico de unos siglos más tarde. Pobre Patricio, al final hasta la mitología se aprovecha de su obra.