Dice la leyenda que cuando los Hijos de Mile llegaron desde la Torre de Breogán a la costa de Irlanda se encontraron con las tres diosas, o sea Ella-la-Triple, que les preguntó qué nombre iban a dar a la isla.
Vino en forma de Banba y les preguntó.
Vino en forma de Fodla y les preguntó.
Vino en forma de Ériu y les preguntó.
Y las tres veces ellos contestaban:
-¿Y por qué nos lo pregunta?
Menos mal que las diosas de Irlanda no eran unas mediterráneas jacarandosas y no se lo tomaron como un insulto a su belleza y su excelsa inteligencia. Se limitaron a determinar que había que tener tres nombres, que la tierra que aquellos advenedizos pisaban eran lo más que iba a tener -porque la Soberanía la tenían ellas y, encima, les pertenecía el subsuelo, con sus reinos de la imaginación, la intriga y el deseo- y que siéntense ustedes que ya empieza el juego.
Y así fue como Irlanda llegó a denominarse con el genitivo del nombre de una diosa: es decir, que se trata de la tierra «de (la diosa) Ériu» y no de otra cosa.
Algunos aburridos, como los historiadores de la Antigüedad cuyas diosas eran más mediterráneas, o menos eclécticas -y desde luego, nunca salían en triplete a pasear por el mundo manifestado- decían que no, que era «tierra de los Iouerni» o cosas parecidas y se inventaban mapas con nombres tan extraños como las respuestas de Amergin.
Pero no: está claro. Hasta su ultima aparición como artista extravagante montada en moto, Ériu rules!

