
Normalmente, es poco lo que se saca de un ejercicio de buenaintención formativa institucional (¡huy! cuantos palabros abstractos juntos, quespanto). Siempre me pareció que era para entretener jubilatas. Ahora que soy jubilata, me reafirmo.
El caso es que en una biblioteca pública abrieron un par de clubes de lectura (forzosa) de novela negra e histórica. A la histórica me apunté por motivos obvios -yo también escribo de eso- y a la otra «para por si acaso». Me admitieron en los dos, una de esas absurdeces burocráticas. Creo que no volveré, porque me gusta leer a mi ritmo, o no leer, o mientras estoy leyendo algo cambiar de lectura y meterme a averiguar quiénes eran Los Zorros de Clonmacnois.
El caso es que el club me ha servido para aficionarme a la novela negra. A leerla, por supuesto, escribirla sería otra cosa. No creo contar con la mirada negra necesaria para escribir esas cosas.
Porque aunque hemos empezado con un relato más o menos ligerito (Camilleri: «El olor de la noche») y yo ya había tenido acceso a ese híbrido politicorri entre esta nueva afición y las antiguas que escribe Peter Tremayne, la verdad es que me ha quedado un hambre de auténtica negrura novelera que-pa’-qué. Y ganas de saber los porqués, el fondo ideológico, el trucaje de las historias que, lo más probable, ya he «leído» yendo al cine. Vamos: que quiero leer novela negra de verdad.
Así que nada, a hincarle el diente a Hammet, a Chandler, a la Highsmith, a los escandinavos… negra ¡y fría, por favor!
