El árbol en la llanura


La IA hace fotos ¡con verde «papohormiga» como mis dibus!

Una de las mejores historias de las Vidas de Ciarán que estoy leyendo estos días, es la «visión del árbol».

No sé si no tiene precedentes bíblicos -estoy buscando y no encuentro nada concreto, aunque en el Antiguo y el Nuevo Testamento está claro el simbolismo del árbol que une Cielo y Tierra, y el de dar/no dar fruto, etc. está mencionado varias veces, con distintas enseñanzas.

Pero, bueno: vayamos a lo que dicen las Vidas (latinas e irlandesas) de Ciarán sobre la visión del árbol.

En aquellos días Ciarán estaba viviendo en las islas de Arán bajo la tutela de San Enda. Una noche soñó que había un árbol enorme en los bancos a orillas del Shannon y, cuando se lo relató a Enda, éste descubrió que había visto lo mismo: un árbol que extendía sus ramas por toda Irlanda hacia el mar.

«El árbol eres tú -le explicó Enda-, que serás grande ante Dios y los hombres, y honorable por toda Irlanda, ya que proteges a toda ella de los demonios y otros peligros con la sombra de tu ayuda y gracia, como si fuera la sombra de árbol que da la salud. Muchos, tanto cerca como lejos, aprovecharán el fruto de tus trabajos. Así que, como Dios que revela secretos te indica, ve a ese lugar que te ha sido mostrado y habita allí, de acuerdo con la gracia que Dios te envíe.»

De esta manera, Ciarán se puso en camino a las orillas del Shannon, y poco después fundó el monasterio de Clonmacnois en el sitio que Dios le había inspirado.

Resulta interesante encontrar que en la Vida Irlandesa -en una serie de «profecías antes del nacimiento» de Ciarán, una especie de remscéala o «relatos previos» a la narración principal-, hay unaprofecía atribuída al mismísimo S. Patricio, según la cual en un tronco hueco de olmo, situado en la orilla del Shannon, se encontrarían las reliquias fundacionales de Clonmacnois.

Según esta historia, aunque narrada en fragmentos situados unos más atrás, otros más adelante de la Vita, las reliquias eran, a su vez, escritos de los santos fundadores de la mismísima Iglesia: San Pedro y  San Pablo, y se encontraban firmemente rodeadas por la corteza del olmo en cuestión.

Ahí es ná.

Sin darse cuenta -o dándosela, inspirados sabe Dios cómo- los recopiladores de la Vida Irlandesa transmiten una leyenda que el editor, Mac Alister, interpreta en clave paganoide, con sacrificio fundacional y todo, y que, de todos modos, nos indica que el árbol con el que soñó San Ciarán era un árbol muy apropiado para grandes reuniones.