
Es posible que dentro de unos meses, cuando tenga los pies fríos y pueda mirar al cielo por la ventana (quizá hasta por otra ventana) me acuerde y eche de menos estas tardes de mente borrosa, voluntad anulada y aire acondicionado con café y hielos.
Es posible. Ahora los detesto. Sobre todo, el no poder levantarme temprano por la mañana a disfrutar del fresco, porque el fresco no existe.