
La ayuda de España
Ó Donnell y Ó Néill habían buscado con ahinco desde el primer momento la ayuda española, que, dentro del contexto de la pugna política ente Inglaterra y España no había sido difícil de obtener, aunque tuviera sus altos y sus bajos.
Pese a la palabrería y la importancia de la simbología religosa en el asunto, los motivos de la ayuda española a Irlanda no era únicamente de ese orden, sino que existían objetivos políticos y económicos muy claros para España. Por ejemplo, la protección de los navíos de la ruta de Indias frente a los ataques ingleses, que muchas veces partían desde Irlanda. También, quizá, el forzar una sucesión Católica a la Corona inglesa, una vez que se veía cercano el final físico de la Reina Isabel, y teniendo en cuenta los derechos sucesorios del Monarca español. En la documentación manejada por Oscar Recio Morales (ver bibliografía al final) no se da como mala la idea de mantener una base en la isla, con el objetivo de hostigar a los navíos ingleses que entorpecían el comercio español y amenazaban las costas atlánticas de la propia Península, además de las de Indias. Según dicho autor, la documentación manifiesta la labor incansable de los valedores de la causa irlandesa en la Corte: clérigos, diplomáticos, nobles… tanto irlandeses como españoles.
En sus últimos años, Felipe II desistió de ayudar directamente, ya que una segunda Armada (en 1597) fue dispersada por los mismos elementos meteorológicos que la Grande. El coste económico de estas operaciones era enorme, y tampoco era cosa de desperdiciar hombres y recursos, que hacían falta en otros escenarios en los que la Monarquía española estaba comprometida. Mas, a menudo, los militares implicados en la planificación de esas operaciones criticaban tanto el que se escatimaran recursos como el que fuesen excesivos.
Pocos meses después del fallecimiento de Felipe II (en septiembre de 1598), ya se había previsto el envío hacia Irlanda de hombres, armas, barcos y dinero. En junio de 1599 desembarcaron en la isla dos zabras con 1.000 arcabuces, 1.000 picas, 150 quintales de pólvora, 100 de plomo y 100 de cuerda. Misivas a los Condes, que contenían regalos simbólicos de alianza -unas cadenas de oro- se hicieron llegar a Donegal, donde Ó Neill y Ó Donnell las acogieron, suministrando información militar valiosa sobre el terreno. También se comprometieron a aguantar hasta noviembre de ese año por sí solos. En sí, parecía que la ayuda de España estaba a punto de llegar.

Finalmente, Felipe III se embarcaría en 1601 en uno de los episodios mas notables de la colaboración hispano-hibérnica: el Socorro a Irlanda y concretamente, el intento de establecer una base en Kinsale.
Se habia fijado por el Consejo de Estado que el número de soldados que habría que enviar sería de 6.000 y el gasto alcanzaba el cálculo de 315.850 ducados, que, a pesar de todo, eran juzgados (fuerza y dinero) como insuficientes por los mandos militares implicados.
En septiembre de ese año se enviaba hacia Irlanda al almirante Diego Brochero con una flota. El tercio de Juan del Águila (comandante militar de la expedición) y el de Francisco de Toledo serían la fuerza para ayudar a los irlandeses. Entre unos y otros contaban con cerca de 4.500 hombres, pero ya antes de llegar a Irlanda hubo bajas, pues la mala mar dispersó a dos galeones y varios barcos auxiliares del grueso de la flota.
Luego, nada más desembarcar y hacerse medianamente fuertes en Kinsale y en dos pequeñas fortalezas cercanas, cedidas por Ó Sullivan (Berehaven) y su pariente O’Driscoll (Baltimore), Brochero se volvió a España a la búsqueda desesperada de refuerzos.
Oscar Recio señala que en España existía un desconocimiento relativo de las características geográficas de Irlanda, y en especial de las diferencias entre el lugar «lógico» para apoyar a los Condes (el Ulster, Donegal), y los sitios accesibles via marítima, sin meterse en el peligroso Noroeste atlántico. Es decir, que para evitar zonas montañosas que presentaban dificultad para mover grandes contingentes de soldados y material, era mejor desembarcar en el sur de Irlanda o algún puerto de la desembocadura del Shannon, evitando el Norte. Señala dicho autor que los mismos irlandeses veían positivo establecer una base firme en la región meridional.
Y señala también que no fue este uno de los factores decisivos en lo que pasó después a la expedición. Los mandos de la expedición se temían que hubiera (y hubo) grandes cortapisas al gasto .
El caso es que en Diciembre de 1601 los españoles estaban en Kinsale frente a los ingleses, en medio de tierra no del todo amistosa, pues los nativos (escasos, por lo demás) no estaban tan dispuestos a colaborar como parecía desde lejos. Lo mejor que pudieron hacer los españoles fue guarecerse en la propia villa de Kinsale y en las fortalezas cercanas a la bahía: Castlehaven y Rinn-Corran (como le llama la historia de los Cuatro Maestros, 1601.31 y ss.) cedidas por los Uí Suileabhán.

Los ingleses tenían hasta 12.000 hombres en la zona, mandados por Lord Mountjoy, además de una pequeña flota de 20 navíos, que se encargó de cerrar la bahía. Se dedicaron también a eliminar los víveres -ganado y comida- que los españoles hubieran podido aprovechar como avituallamiento, y se aprestaron a cercarlos. Más de 6.000 infantes ingleses y 500 a caballo lo consiguieron, hostigando a los españoles, que se veían obligados a un esfuerzo extenuante, además de los muchos heridos y de hombres que caían enfermos por el riguroso clima invernal irlandés.
Una flota de refuerzo al mando de Zubiaur y del capitán Ocampo llegó el 7 de diciembre a Castlehaven, pero esta fuerza no solamente estaba ya mermada (faltaban cuatro naves y eran apenas mil soldados) sino que tuvieron que quedarse en Castlehaven, desde donde recibieron la noticia del cerco a Kinsale.
Los condes parecía que iban a tardar en llegar. Ó Donnell fue el primero en hacerlo, «siguiéndolo lentamente Ó Neill», como dicen los Cuatro Maestros. Hay que tener en cuenta que a la vez que marchaban, iban asegurándose aliados y sobre todo víveres, mediante el saqueo de las tierras que atravesaban. Aunque demostraron un gran valor en esta marcha, acelerándola para llegar lo más rapidamente posible, su carácter no era lo que esperaban (y necesitaban) los españoles. Ya desde que acamparon a la vista de la ciudadela, los irlandeses se entretuvieron en querellas por cómo adaptarse a lo que les pedían los españoles. Discutieron quién iría primero y cómo iría, tal como describen Los Cuatro Maestros, que se lamentan de que los señores irlandeses no atacaran asistiéndose unos a otros con «única mentalidad y común acuerdo» que habría permitido mayor eficacia en su acción militar y, quizá, la victoria contra sus enemigos.
Por el contrario, perdieron un tiempo precioso, apenas tuvieron comunicación con los españoles -impedidos en ésto por el eficaz cerco inglés- y su organización dejaba mucho que desear, como se demostró en el primer enfrentamiento que tuvieron cara a cara contra los ingleses. Desde el punto de vista de los militares españoles, que lo reflejaron en sus informes y misivas, los irlandeses no tenían la suficiente disciplina para mantener la posición típica del Tercio (que no desconocían, ni mucho menos), ni tampoco para aguantar en formación un ataque de la caballería inglesa. No era esa su foma de combatir y no estaban acostumbrados.
En todo caso, en el primer enfrentamiento, los irlandeses salieron corriendo. Incluso unas líneas de los Cuatro Maestros me parece que dejan clara la decepción que produjo el comportamiento final de la fuerza aportada por los Condes, no solamente de cara a los españoles, sino también ante los propios irlandeses, o al menos, ante los autores de esta entrada en los anales:
Pero, aunque fueron desbandados, el numero de muertos no fue muy grande, porque los perseguidores eran menos que los que escapaban por delante de ellos. (Anales de los Cuatro Maestros; s.a. 1601, 49).
Me da la impresión de que este comportamiento desorganizado pudiera estar detrás de la apresurada marcha de Ó Donnell a España (se volvió con Zubiaur, el 6 de enero de 1602, una vez cerrado un pacto de rendición). Lo que está claro es que no quería dejar de presionar para que se enviara un socorro más numeroso, y en España se estaba planeando hacerlo así. Pero el desgarro producido en Kinsale fue una herida difícil de soportar para todos.
Mientras, Ó Neill regresaba a sus cuarteles en el Ulster, y Ó Sullivan Beare aguardaba la revancha por haber perdido sus fortalezas, aunque alguna resistió durante un poco de tiempo, gracias a artillería dejada por los españoles, como conté en otro lugar.
El pacto de rendición incluía dejar en manos inglesas los emplazamientos que se habían ocupado (de ahí las quejas de Ó Sullivan, puesto que los suyos no fueron tomados por los ingleses), a cambio de volver a España con armas y equipo, dejando unicamente dos capitanes como rehenes. Los soldados fueron repatriados -y volvieron en condiciones muy malas- en marzo de 1602.
El desastre fue el final de la ayuda directa de España a los irlandeses, aunque éstos emprendieron otras formas de revancha. Sin embargo, el mundo que vino después de lo de Kinsale fue el cambio definitivo y la muerte verdadera del mundo gaélico de Irlanda.
——– CONTINUARÁ ———
Bibliografía
- Repositorio CELT: Anales de los Cuatro Maestros (celt.ucc.ie/published/T100005F)
- Oscar Recio Morales: El Socorro de Irlanda en 1601 y la contribución del ejercito a la integración social de los irlandeses en España. (Capítulos I y II) Madrid, 2002.