
Una de las noticias sorprendentes para los medievalistas en el año 2019 fue que un fragmento de manuscrito medieval, que servía de forro a la cubierta de un libro del s. XVI, no solo era una copia del principal tratado médico de Avicena, el «Canon de la Medicina», sino que la copia estaba escrita en lengua irlandesa.
El libro estaba desde el s. XVI en posesión de una familia británica, que ha permitido que el curioso «forro» sea examinado por especialistas en paleografía de la lengua irlandesa de la Universidad de Cork. Cuando la noticia se publicó, parecía entenderse que el fragmento era una copia en latín; pero un cuidadoso análisis reveló que la mayor parte del escrito estaba en irlandés, lo cual indicaba que en la Edad Media la obra de Avicena también había sido conocida en el mundo gaélico.

El sabio persa Ibn Sina (980-1037), conocido como Avicena fuera del mundo islámico, fue uno de los más influyentes en la Europa medieval, sobre todo gracias a las traducciones que se llevaron a cabo de su obra mediante la «Escuela de Traductores de Toledo«, a mediados del s. XII.
Ibn Sina escribió sobre Filosofia, Astronomía, Medicina, Física y otros asuntos, recogiendo en sus fuentes a los grandes sabios grecolatinos y aunándolos, sobre todo en el campo de la Medicina, a los conocimientos que circulaban entre la India e Irán, en el entonces pujante Imperio Samánida.
Los libros de Avicena sobre ciencia médica -el «Canon de la Medicina» y «El Libro de la Sanación»- tuvieron una enorme influencia en la práctica médica y farmacológica europea hasta el s. XVIII.
Su obra también influyó en la Filosofía de la Ciencia, la Metafísica y hasta la Teología de Occidente, a través de su recepción por sabios europeos como Alberto Magno o Guillermo de Ockham.
Ibn Sina fue un sabio singular, pues viajaba a través del territorio Samánida ejerciendo la profesión médica a la vez que escribía los tratados que le dieron fama. En eso, se habría parecido mucho a los «hombres de arte» irlandeses (los áes dána) que vivían bajo la protección de señores de la nobleza y se movían por cualquier territorio de la isla, amparados por leyes tradicionales y ventajas sociales derivadas de su oficio.
Avicena también traspasó fronteras, y no solamente en el sentido real de sus viajes por regiones que, desde la Antigüedad atesoraban grandes concimientos, como su patria, Irán, o la India. Sus obras y sus ideas también traspasaron el tiempo.
Muchas de esas ideas y prácticas del gran Avicena se encuentran entre los principios médicos que sirven de base al conocimiento actual, como por ejemplo la existencia de microorganismos patógenos en el origen de muchas enfermedades; el uso de analgésicos, anestésicos y sustancias anti-inflamatorias, o la práctica de la cuarentena, es decir: el aislamiento de personas enfermas durante periodos de tiempo, para prevenir la transmisión de la enfermedad de unos a otros. Otros descubrimientos y observaciones suyos sentaron los principios de la circulación de la sangre o del funcionamiento del sistema cardio respiratorio. Tampoco le faltaron agudas observaciones sobre Geología, Astronomía y Filosofía de la Ciencia; y además, parece ser que Avicena también compuso poesía.
La obra médica de Avicena no se habría extendido en el mundo occidental de no ser por que a mediados del s. XII, la Escuela de Traductores de Toledo surtió de traducciones latinas de estas obras (y de otras de la Antiguedad griega y romana) a las cortes y universidades europeas, asociadas a la institución episcopal y a las catedrales.
La traducción de Gerardo de Cremona de los dos principales libros de Avicena, es la más conocida y la que llegó hasta el lejano occidente… Aunque aquí hay que contar que alguien la tradujo a un cuarto idioma: el gaélico irlandés.
El conocimiento de las distintas disciplinas se encontraba asociado en Irlanda a los monasterios que sobrevivieron a los grandes cambios de la invasión anglonormanda y, más adelante, a la catastrófica supresión de los monasterios (1530) en los territorios de la Corona Inglesa, y las no menos catastróficas guerras de Cromwell y de la época de la Reina Isabel en la misma Irlanda.

Hasta ese momento, monasterios y señores de las grandes dinastías gaélicas habían fomentado no solo el conocimiento de materias nativas (la poesía, la historia o la gramática gaélica) sino que habían amparado «ventanas al exterior», como sabemos a través del famoso Libro de Lismore (s. XV), que, además de historias nativas, contenía Historia narrativa del Imperio Carolingio, y también la única versión existente en irlandés de Los Viajes de Marco Polo.
El hecho de que existiera una traducción en lengua irlandesa de una de las grandes obras del medievo europeo, como era el «Canon» de Avicena, hace soñar con el posible número de obras de origen griego o árabe que podrían existir en Irlanda, hasta que el furor anti-católico de los siglos XVI-XVII desbarató los monasterios y eliminó sus bibliotecas.
Eso explicaría el que un bifolio de una copia de Avicena terminara como forro de libros menos importantes…
Por cierto, que el interés por la medicina fue notable entre los médicos irlandeses, conociéndose la práctica médica ligada a ciertas familias (como lo era la erudición histórica, por ej.) y la existencia de obras de tema médico, tanto en latín como en inglés e irlandés, que se usaron hasta el s. XIX por médicos de habla gaélica e inglesa. En esta lista del repertorio CELT se mencionan algunas de ellas.
El fragmento de la copia de Avicena en gaélico ha sido transcrito de forma tentativa por el Prof. Pádraig Ó Macháin (UCC) y se puede ver en este enlace.
Curiosamente, la primera frase que se lee en el fragmento es «…la ciudad llamada Toledo».