
Recuerdo con nostalgia el ultimo año que me emocioné con las Navidades. Fue en 2017.
En casa no fueron especialmente alegres, nunca han sido alegres, no me pregunten por qué. El caso es que ese año deseaba que llegaran; me lo pasé bomba montando el Belén; comprando algún regalo para la familia; saliendo a disfrutar del frío, del pajareo y de las vistas que el otoño final dejaba en los Jardines (acompañan a este post algunas fotos de esos días). Volví sola a casa la Nochevieja, admirada por la niebla fria y húmeda que esa noche se aposentó en el pueblo, como parecía que hacía mucho tiempo que no se posaba…
En Octubre había estado en Asturias con una excursión cultural. Desde los 90 no visitaba Asturias, de manera que disfruté muchísimo del todo-completo amistoso y cultural, con sidra, prerrománico y tiempo fresco. Volví a ver la maravillosa Santa Cristina de Lena, que me pareció más bonita que nunca… también coincidieron unos días de maravilloso sol otoñal.
No sé qué más cosas hice esa Navidad, pero todo iba envuelto en un ruidito como de papel de regalo.
Y al año siguiente, la Navidad se me cayó encima, igual que una pedrada. Una Navidad cuesta arriba.
Es verdad que Enero del 2020 y el siguiente año, los de la pandemia, fueron de pena. Pero el 21 aún pude disfrutar de unos días de verano en mi querida Cantabria y sentía un nosequé de cosquilleo… ¿Sería nostalgia o algo más hacia el futuro?
El caso es que en 2022 no soy capaz de hilvanar contento en estos días pre-navideños. Por supesto que hay aspectos externos que lo impiden: la desastrosa, irresponsable gestión política y civil de la que todos los días nos informan los periódicos de Europa y de la España, maldición de la que con razón nos quejamos. Noches sin dormir por desarreglos del cuerpo; la edad, que sigue imparable haciendo caer hojas de calendario y es mejor no quejarse. Todos esos tópicos.
No logro mirar con buenos ojos ni siquiera la lluvia tan irlandesa (pero con frío escandinavo) que nos acompaña estos días.
Ni siquiera soy capaz de sentarme a terminar lo que estaba escribiendo, ni a leer lo que tenía entre manos esta primavera, comprado el año anterior y de Estudios Célticos.
Solo dibujo y pinto, concentrada en cada trazo para no equivocarme. Porque me equivoco mucho.
Así de vaga estoy. Así de desanimada.
Les dejo un «mosaico» de fotos de esa última Navidad mía. Espero que haya otra parecida, si no igual. Pero no sé si ponerme las botas de agua y salir a pasear por el Jardín, o esperar sentada.