Elige tu camino


 

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Hoy, WordPress me propone un teaser para la entrada del día: que si creo en el destino.

Pues no, mirusté, no creo en el «destino». Uno vive, y se construye su propio «destino» consciente o inconscientemente. Luego, otros le ponen un rótulo: vida, vidorra, vidilla… y también «destino».

Es una de esas cosas literarias que tanto daño han causado.

Si uno de niño quiere ser jugador de ajedrez y le convencen de que puede llegar a Gran Maestro en un pis-pas, desde ese momento le atiza todos los días al tablero y las piezas, 24 horas al día, 7 día por semana. Entonces, lo más probable es que llegue a GM… o/y que un día cualquiera se harte, tire por la ventana el tablero con las piezas y sus últimos rankings, o le atice con todo ello al manager que lo esclavizó al blanco-y-negro (así sea su querido padre) y se vaya a vivir de otro modo.

Desastroso o no… feliz o menos feliz, pero habrá escogido.

La literatura clásica utilizó el destino como pretexto para obras que podían leerse desde el final hacia atrás. Luego, a partir del Romanticismo, «el destino» se instaló en nuestras mentes como cosa realmente existente, cuando la verdad es que… ¿a quien le importa? (música de Alaska).

Los ejemplos de vida moderna suelen ser presentar figuras que, al final de su vida, le atizaron a su padre con el tablero, o «se liaron la manta a la cabeza» y siguieron un camino que se había trazado en su mente, o lo iban trazando a su manera, al compás de los meses (no estaba escrito en una tabla de piedra llamada «destino»).

Sin ir muy lejos y por citar a uno muy conocido: Judas. Iba para Apóstol del Señor y mira tú en lo que se convirtió por elección propia: en un gurruño ahorcado. Podía haber huído, abandonando el tablero, pero no… algo debió hacer en medio, que le libró de lo que «estaba cantado».

No me habléis de profecías, porque también podría haber hecho el papelón otro Apóstol, o uno fuera del círculo de los 12, o… ¿o no?

Que no, que no estoy haciendo teología ni cosas de esas: solo leyendo vidas pasadas de humanos, fijadas por la literatura, y eché mano a un libro que tenía cerca.

La literatura inventó el «destino».

De «destinos manifestos» colectivos y otras teologías me abstengo. Si es difícil analizar la vida de un humano, ¡no te digo la vida de una nación entera, a lo largo de siglos!

Sabemos que otros se dejan llevar, y no es por el «destino» sino por el run de su vida: naces, te destetan, creces y terminas la EGB y quizá haces el Bachillerato (o como ESO se llame ahora) y cuando te plantas en medio de la vida, escoges: me convierto en un golfo/a, y si ya llevas un poquito de «run» en ese Arte, es que lo bordas (hay ejemplos de ministros). O bien te quedas en un normalito/o incluso llegas a convertirte en un ser humano -lo cual sí es difícil- por medio del cultivo de una afición llevada al límite (ejemplo: Rafa Nadal).

Otros van encarrilados a nosedónde …y una moto, una caída por las escaleras, una enfermedad, les manda para otro lado. A veces al lado final de la pared.

Pues eso: la vida no está predicha (o como se dicte) y menos la de cada cual. Lo único que tengo claro es que uno escoge, puede escoger.

Si no se pudiese escoger, no sé por qué cuando lo del Pescado Original 😉 Adán le echó la culpa a Ella y viceversa. Le habrían dicho aDios: «Aah, ha sido el destino…»

Y no, no dijeron eso. Damn!