
Tengo la suerte de disfrutar de una ciudad… ya no sé ni como llamarla, pues cada vez es más nosequé y menos villa.
En ella todavía abunda lo verde. Olvidemos los numerosos árboles que cualquier día desaparecen para nosequé… Hay verde en forma de hierbas en los alcorques de los árboles más chuchurríos; al borde de las acequias de regadío (que pertenecen al Patrimonio), verde en los árboles grandes y pequeños; verde en sitios inesperados de las paredes, indicadores de degradaciones irreversibles… Sí, ha sido una primavera muy lluviosa.
Pero me parece que la gente que la habita aún sigue siendo de pueblo. Y ahora que hay inmigrantes que han venido de pueblos de verdad, más pueblo aún. Como yo fui niña en un barrio que tenía casas con escaleras de madera y patio con paredes de tapial, pues pueblo, nada de «ciudad».
Jugábamos al guá o a tirarle a los gorriones con tirachinas. También a tirarnos entre nosotros, a mano, lo cual espantaba a las madres y tuvo más de una consecuencia que aún se palpa en los huesos de la frente.
El caso es que esa época me dejó un reflejo que no puedo evitar: cuando una pelota sale fuera del juego de un puñado de chavales (ellos hacen maravillas con los pies, pero todos tenemos un error de vez en cuando) y rueda derechita hacia otra parte cercana a mis pies, yo salgo corriendo hacia la pelota y -cada vez con menos precisión y mas asfixia- la chuto enfilando hacia el grupo de jugadores y lejos del peligro de la calzada, (más peligro para los jugadores que para la pelota, obviamente).
No debería hacerlo, porque a la edad media que una ya tiene, puede acabar en fracaso no ya de puntería y risas, sino de tropezón y rodilla lesionada (o cosa peor). También procuro no hacerlo cuando los jugadores exceden los 16 años. Pero me puede el recuerdo de las patadas a los pesados balones «de reglamento» que utilizaban mis convecinos varones de los años 60 y 70, que terminaban destrozando las plantujas del parterre frente a la puerta de casa, o acababan en sitios peores…
No había hierba en la que jugar al balón, eso «se inventó» muchísimo más tarde.
¡Bah, los tejados no eran lo peor! Lo peor era la valla de la Valenciana, porque implicaba saltar al otro lado… La del portón de caballos de la Guardia Civil era… normal, hasta que salía un guardia a reñirnos. Los gamberros estábamos reñidos con lo verde.
Sí, yo le pegaba balonazos a la pared de nuestra casa de vecindad, la de las escaleras de madera. Los balonazos estaban marcados con redondeles de suciedad en el blanco de la pintura de la pared. A veces, se percibían las piezas pentagonales que formaban la superficie del balón. Pura Arqueología de la infancia.
En la carretera no acababan nunca los balones, porque estaba bastante lejos de la potencia necesaria en la patada, aunque a veces alguno un poco más rudo la enviaba allá. No había problemas: apenas circulaban coches y otro iba a recogerla y a devolverla al «terreno de juego».
Hoy, ese gesto sería un suicidio.
Así que me gusta ver a los chavales jugar al balón. Me encanta la intensidad que le ponen a sus regates; la alegría cuando superan al «guardameta», el jolgorio, la absoluta entrega al juego mientras… mientras pase lo que pase alrededor.
Es verdad que insistir a pelotazos contra una pared monumental (como fue el último caso que observé) no es de muy buena educación, pero… mira, total, tampoco hay «guardias» que les adviertan de que eso es una burrada. En este caso, habrían de ser los mismos «seguratas» que impiden -cuadrados ellos, romboidales ellas- que entres a curiosear al edificio, que es público y tiene las puertas abiertas… En fin, cosas incomprensibles..
Así que ya paso muy mucho de educar a quienes deberían ser educados (me refiero a los «guardias»). Los niños ya tienen bastante con driblar como bailarines mágicos con el balón en la punta de las zapatillas.
A veces me siento en un banco junto a un árbol y, haciendo como que leo un libro, los observo.
No se equivoquen, no soy nada futbolera. Sé que deporte es otra cosa, que me importa un bledo… Lo de estos chavales es juego, esa actividad cuyo placer heredamos de generación en generación desde el cerebro presapiens hasta mis años y los de los chiquillos con acento suramericano o norteafricano que miro jugar.
Y ya puedo estar haciendo como que no me importa: si la pelota pasa suelta cerca de mis pies, o va a salirse a la calzada y pueda yo alcanzarla en dos brincos antes de que lo haga el perseguidor de «orsais», lo haré. es una cosa instintiva, entre alerta ante el peligro y vicio malsano.
¡Bienaventurados los niños que juegan al balón! Creo que esta Bienaventuranza se le olvido a Alguien…
Respuestas
¡ Como he disfrutado con esta entrada ! A pesar de ser bastante mayor que usted , ¡ Cuantos recuerdos de mi lejanísima infancia ! Y eso que lo mío no era el balón. Que en invierno vivíamos en un piso, en Madrid, ni mi hermana ni yo íbamos al colegio , ( estudiábamos en casa con profesores, y nos examinábamos por libre, en Mayo, en el instituto Beatriz Galindo justo al lado ) y en El Retiro las niñas no jugaban al balón
Pero al día siguiente de los exámenes, mi padre nos llevaba en coche a casa de mi abuela Marichu, a San Sebastian, nos dejaba con ella y se volvía a Madrid a seguir trabajando hasta agosto. Y en San Sebastian , yo le dejaba a mi hermana con sus cacharritos y sus muñecas y me iba con mi pandilla ( yo era la única chica , la más osada, y la jefa ) a recorrernos el Monte Ulía, robando manzanas a trepar a los árboles más altos, a meternos en las casas cerradas, a tocar timbres y escondernos cuando venían a abrirnos la puerta, a subirnos a los tejados…
Pero mi padre se murió cuando yo acababa de cumplir 12 años, y todo cambió. Aparte de empezar a ir al colegio ( de monjas ) desarrollé, me di cuenta de que era una chica, sin remedio, y mi abuela se cambió de casa, en San Sebastian , al barrio de Ategorrieta, al lado de la familia, y lo de mi pandilla se acabó.
Me gustaMe gusta
Nuestra vida cambia siempre por algo «funesto», como puede ser un cambio de domicilio; el cambio de trabajo de quien trae los duros a casa… Los cambios físicos de la edad no entran en lo funesto, creo, aunque puedan ser problemáticos. Luego las pandillas se diluyen, como nieve en verano. Mi pandilla empezó justo después de ese juego de balón que sustancia mi escrito. En parte, algunas miembros del grupo seguimos en contacto (aunque no vivamos nada cerca). Todo fue breve, porque así lo mandaban los Hados, que llevaron lejos a quienes formábamos grupo en aquellos días. Unos muy lejos, otros a lugares desconocidos; otros a sitios inalcanzables en vida.Pura vida y Dios en la de todos.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Vivan las mujeres «futboleras», como la mía p. ej. aunque tengo dos hijos y dos nietas futbolistas, yo he sido siempre un aficionado «leve».
Me gustaLe gusta a 1 persona
Conste que yo de futbolera ya tengo poco, soy más de bota de montaña.Y en deporte, Nadal y Alcaraz, que son herencia materna. 🙂
Me gustaMe gusta
Un post muy bueno y muy bonito Carmen, siempre fuimos campeones con la pelota fiel a nuestro lado, de cuero, de trapo, redonda o con el huevo sacado calmando l loca sed de jugar a todas horas…. Cualquiera diría que como ahora… y tampoco importaba el campo, empinada cuesta o negociando la portería más pequeña si jugabas a favor de l cuesta, o si era un patio entre dos casas o detrás del ayuntamiento.. eso sí siempre con unos corazones incansables que quería jugar.
besos Carmen.
Me gustaMe gusta
Mil gracias Oparrulo. Me he puesto a adecentar el blogo por hacer algo y no darle vueltas a la cabeza.
Me gustaMe gusta
No cuento mi desolación cuando me regalaron un balón… de plástico. Apenas botaba, al menos no hacía ruido en el portón de la GC. Creo que quedó olvidado en un sitio del que ya no quiero acordarme. Luego, nos cambiamos de barrio y de amistades y…. ya todo fue rodar cuesta abajo, hasta llegar a este descansillo.
Me gustaLe gusta a 2 personas