
Ermita de Sonsoles. (Por Abulense14 – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7543845)
Cuando era pequeña, tenía miedo a los lagartos.
Nunca había visto uno, pero los generadores de miedos, que eran por entonces los parientes mayores, me introdujeron en el miedo a los lagartos que nunca había visto. El primer lagarto-miedo fue el cocodrilo que está (ba?) disecado en la ermita de Sonsoles, en Ávila.
Un día, caminando por las vías prohibidas (¡a quien se le ocurre caminar por las vías del tren…! Bueno, pues a mi madre se le ocurría!) entre el sitio donde te dejaba el automotor y el sitio al que realmente nos dirigíamos, vi un lagarto y no me asustó tanto como yo creía. Era algo más grande que una lagartija, pero la visión fue tan fugaz que… ni fú, ni fá.
Me daba más miedo el cocodrilo que estaba disecado y colgado del rabo en la ermita de Sonsoles. Yo era asídua a esa ermita, adonde me llevaban mis vecinos cada año (desde los 9, o así, hasta los 14 me parece, ya no puedo preguntar); era toda una aventura de viaje en coche… Bendita infancia, benditos vecinos que trajeron coche desde Alemania donde se dejaron la piel y media familia, benditos recuerdos…
Las lagartijas siguen gustándome, especialmente su velocidad supersónico-visual: animal visto/no visto, pero con menos elegancia que las aves, que de ellos descienden, dicen. Después de acostumbrarme a esos reptiles, me convertí en tan osada que atrapaba lagartijas con la mano (¡eeejs!) ahora creo que ya… no tengo edad. No les cuento el desgraciado final que les esperaba a los ejemplares: yo trabajaba en un taller donde había un horno de cerámica.
Ya veo menos lagartijas cada vez que salgo al campo. Claro que es que ahora miro más a las alturas, no al suelo…
Me encuentro en un diario digital el famoso poema de los lagartos que lloran, de Lorca, ¡Qué delicia! nunca lo había mirado desde el punto de vista de alguien que mira reptiles y aves… Y emociona la ternura y la capacidad imaginativa del Poeta.
Siempre recuerdo el sitio donde vi el lagarto, en el que he cogido alguna vez lagartijillas. Como creo que ya no existe, prefiero recordarlo como existía: un tramo de la vía del tren por la que apenas pasaban dos Madrid-Cuenca al día (uno de ida y el mismo de vuelta). Y una familieja de camineros, nosotros.
A menudo paseo por otro sitio donde hay vías de tren (de la misma línea, por cierto) y veo lagartijillas cuando ellas están al solete, felices de calentar su sangre fría. Mi interés es puramente zoológico-estético. y dura lo que tardan ellas en huir. Las miro, me sonrío, huyen y… ya.
Prefiero mirar aves, levantando la vista, o los prismáticos. Última vez, un milano negro y un lagunero de propina; los rabilargos los dejo de lado, ¡mira que son bonitos y escandalosos cuando se juntan!
Igual que cuando los lagartos me daban miedo, ahora ando con cuidadito por el campo…. mirando para arriba.
También es porque veo mal y lo mismo me tuerzo el tobillo pisando donde creo que me va a salir bien el paso. Y a la edad media que una va teniendo, mejor no correr riesgos.
Las lagartijas, las salamandrijas y generalmente toda clase de reptiles, me siguen dando reparo. Los miro de lejos. Me fascina su velocidad y discrección. Sé que en el mundo hay una especie humana denominada «herpetólogos» que son apasionados por reptiles y anfibios, pero no es mi club. Una es taaan finolis que prefiere pájaros y si se tercia, mamíferos. ¡Adónde va a parar que veas venir al bicho y no que se te cuele por entre los dedos!
Es fascinante saber algo del origen y evolución de las aves a partir de ciertos reptiles. Hasta podría dársele un simbolismo a este juego biológico, que, aunque no sea lo mismo, obtuvo belleza a partir de la fealdad, ternura y arrogancia a partir de la agresividad. Los reptiles, sin embargo, se quedaron bastante feúchos, antediluvianos y algunos claramente feísimos y peligrosos para el humano, al contrario que la oruga, cuyo destino es convertirse en bella mariposa y en según que casos, ser también útil al humano (la seda natural).
Ahora comprendo el simbolismo del dragón… ¿no hay un reptil especialmente feorro llamado «dragón» de Komodo?
Sin embargo, a los insectos, especialmente a algunos domésticos (aaagh!) no los soporto, aunque entiendo el interés que despiertan en las personas curiosas. Lo mío son los extremos: mamíferos y aves. Pero siempre, siempre, pienso en la riqueza y la variedad de la Vida y me asombra la magnitud de la Creación.
Desde la transformación de una roca en un guijarro de rio hasta la transformación lenta causada por la evolución. Tenía razón el griego aquél del panta rhei, y luego el puñetero francés (Lavoisier) de que todo cambia. Y lo que todo el mundo dice como si fuera la primera vez que lo entienden: «nunca nos cae la misma lluvia».
Y no es solamente el tiempo que hace. Desde los millones de años a los minutos en que un barquito de papel se moja y se hunde en el río que nos lleva. Ese río, de la vida en términos anchos y largos.
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