
La ilusión por el verano termina cuando uno deja de ser niño o de trabajar, cuando las vacaciones son una palabra del diccionario y no una fecha clavada en el almanaque. Como un insecto en la colección, sí.
Parecería que no tenerlas anotadas indica libertad de tomarlas en cualquier momento, pero no es así: es en cuanto no las apuntas que desaparecen de tu vida, y ya cualquier cosa podría ser un escenario de vacaciones o de sulfuro de trajines. Un viaje a un cualquier sitio cercano, un grupito de amigos en un momento concreto, un trago en el bar, el encuentro con alguien que te da alegría ver. Pero siempre lo sientes a posteriori.
Entonces, a la murria que da la calor (cuando va en femenino, mayor es la murria, la siesta lo demuestra) se le une la de no saber qué hacer con tanto tiempo libre. El tiempo libre es una cosa para niños que trabajan divirtiéndose en la arena de la playa o tirando cantos al agua de un estanque. Pienso, que ya no sé si los niños se entretienen en ese juego… a lo mejor no, que nacieron pegados al móvil y solo mantienen la cabeza baja y la vista restregándose por cosas que no han hecho ellos. Y las mamás les riñen cuando hacen eso. ¡Qué suerte vivir en un sitio con río o mar propio!
Hablando de playas: esta semana he estado así como diez minutos en la playa que se adivina en la foto. Eso fue todo lo que me permitió un brevísimo viaje al Norte. Una playa que con intenso ruido y movimiento marino y esa foto, nada más. Como si el sitio me expulsara definitivamente de ahí. Por cierto, tengo la impresión de que es una playa que está desapareciendo por el avance del mar.
Es curioso como cambian los sitios cuando has cambiado tú; y las dos cosas han sido sin querer. Los sitios te expulsan de su compañía sin que te des cuenta, cuando crees que eres tú el que los has abandonado. Solamente después vienen los Edictos que refrendan el exilio.
Pero sí, claro que me gustaría volver. Aunque fuese para ser expulsado de nuevo, ¡por favor! Aunque fuese «un momentito».
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