Bosquejo: bosque pequeño.

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He estado unos pocos días fuera. Si contamos el viaje, han sido cuatro. No cuentan como vacaciones, ni siquiera para una jubilada que presume de no haber abandonado sus vicios «paralaborales» a saber: seguir pintando monas y formándose en distintas materias. En sí, se trata de cosas para calmar el hambre del alma.
Por tanto, han sido solamente dos días: la ida y la vuelta. Apenas tuve tiempo para emocionarme un rato entre los riscos de La Maruca, que antaño fue playa y ahora es pedregal, pero que sigue teniendo unas inolvidables puestas de sol y vistas al lado abierto de Mananán.

Eso me guardo: la puesta de sol, el escándalo de las olas estrellándose contra los riscos. Ese siseo continuo de agua que es lo que mejor capta mi audífono. Ya no me importa no bañarme, aunque siempre me importó poco, quizá, algo como rito de llegada; ni siquiera mojarme los pies. Me los mojé como una boba, por sorpresa, con zapatillas y calcetines puestos, recién llegada.

Sé que hay que cerrar libros, pero mi libro de Marucas, Sardineros y costa cantabriana en general quisiera que no se cerrara del todo. Espero que lo haga con mi ataúd. No es ni siquiera mojarme los pies voluntariamente, sino sólo mirar y que sea el resuello de las olas lo que ponga los puntos y comas al discurrir liso de mi mente.

Quiero ver, mirar, ver, ver… oler sin saberlo, tocar queriendo, escuchar solamente el incesante resuello de Manannán, rey del Océano.

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