He tenido la suerte de visitar algunos de los principales yacimientos de la Edad del Bronce del E. y S.E. español. Aunque fue hace unos años, recordarlo trae pinchacitos de frescura y paseos por las topografías más sorprendentes de España.
Me refiero a sitios que se encuentran en las provincias de Alicante, Murcia o Albacete, en los que la Arqueología actual está llevando a cabo campañas de estudio de yacimientos que han ido sorprendiendo a los profesionales (y a los aficionados) desde los primeros momentos (s. XIX y principios del XX) de la Arqueología.
Esa época puede ser una de las más apasionantes de la arqueología peninsular, porque en ella se dan las primeras muestras de industria metalúrgica, señaladamente en el SE peninsular y la región de Murcia, donde la experimentación con el Bronce abre una nueva etapa de la Prehistoria. También va unida a la aparición de «ciudades» o auténticos agrupamientos humanos en lo que podían ser aglomeraciones de cientos hasta miles de personas
Se trata de las primeras manifestaciones de la Edad de los Metales, cuando, como por arte de magia (o del interés de algunas gentes ya duchas en ello, procedentes de otras partes del Mediterráneo) los nativos empezaron a desarrollar el arte de la metalurgia.
Allí tenemos algunos de los yacimientos más destacados de la Edad del Bronce, encuadrados en lo que los especialistas nombran como «La cultura Argárica» de la plena Edad del Bronce y otras «culturas» peninsulares, entre el tercer y segundo milenio Antes del Presente.
He tenido la suerte de visitar los yacimientos del Cabezo Redondo y de La Almoloya, entre Alicante y Murcia y revivir una pizca de la extrañeza que debieron tener los primeros humanos que experimentaron por la aparición (¿buscada? Me es difícil concebir la casualidad en éste proceso) de las primeras técnicas metalúrgicas. Sobre todo y principalmente por el oro, su cualidad brillante y su facilidad de fundirse. Por el otro lado están el cobre y el bronce, ambos peligrosamente tóxicos en su fabricación. Es difícil pensar en la fascinación que estos metales llegaron a causar en los primeros metalúrgicos del mundo.
Una se estremece al pensar en la luz del fuego, el calor del horno, el aroma y los temores de los artesanos. Una, que ha trabajado junto a «mísero» horno de cocer cerámica (hasta 1.000 grados) piensa en un taller apenas iluminado, en el calor feroz y en la parca conversación de los artesanos y sus ayudantes.
Nosotros disfrutábamos de mucha luz natural (y artificial cuando era necesario) y aún así teníamos permiso para salir a orearnos a una terracita si el horno estaba recién abierto. Normalmente, se programaba a trabajar la cochura durante la noche, se abría por la mañana y se esperaba a que estuviera razonablemente frío para sacar las piezas, y eso sí era infierno, a pesar de ser solamente una mufla para la pintura de cerámica.
Me figuro que éstas y otras concomitancias entre fundidores y ceramistas se darían a menudo en aquellos tiempos. La «magia» (metal-urgía) vino con ello, hace miles de años.


Deja un comentario