Románico: la primera «unión europea»


Notre Dame La Grande (Poitiers) Buen ejemplo de románico francés. Foto: PMRMaeyaert – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=17351960

(Revisado)

El Románico fue una «oleada» de construcción religiosa, y también civil, que a partir del s. XI puede mirarse como la extensión por todo el continente de unos ámbitos característicos para el desarrollo de una liturgia cristiana unificada, creando así espacios sagrados que han perdurado hasta nuestros días. No tan solo los edificios en sí, sino también sus conceptos principales de estructura.

El Románico suele definirse por sus componentes estilísticos, en los que la planta del edificio es rectangular (basilical»), alineada a las dos principales posiciones del sol, distinguiéndose una «cabecera» al Este, y unos «pies» hacia el Oeste, donde suele situarse la entrada principal, aunque también existen muchos edificios con un pórtico de entrada al Sur. A menudo la planta es cruciforme, con un espacio transversal, que «corta» la longitud de la nave, formando unos «brazos» al Norte y Sur, indicándonos la poderosa importancia del simbolismo que contiene el edificio, y que se manifiesta incluso en la estructura. Los pocos edificios existentes con planta centralizada o poligonal no hacen sino reforzar esta idea.

La altura del edificio se sostiene por medio de poderosos arcos de medio punto, que a veces llevan «arcos fajones» destinados a sostener bóvedas asombrosamente altas, y por ingeniosas formas de aliviar los empujes de tales masas de piedra. Tanto los pórticos exteriores como el interior aparecen decorados con escultura muy característica, cuando no pintura que se inspira o se deja influir por la utilizada en la ilustración de libros, muy desarrollada y estilizada ya en este momento.

El Románico tuvo su nacimiento en el siglo XI y su esplendor y expansión tuvieron que ver con tres factores principales:

  • la implantación del feudalismo en los grandes Reinos europeos, principalmente en Francia, desde la que se expande por Europa
  • el desarrollo de la agricultura en la Francia a partir de dicho siglo en adelante
  • el desarrollo del comercio, una vez despejadas las rutas hacia el Norte y hacia el Mediterráneo

A partir del s. XI las peregrinaciones a gran escala se generalizaron por todo el continente, con diversos destinos a lugares donde se veneraban reliquias o tradiciones asociados a los principales santos del Cristianismo, como Santiago (en Compostela. Pero los peregrinos necesitaban vías protegidas, establecimientos de asistencia médica y lugares en los que recibir alimentos o adquirir productos. Los reyes y señores feudales mostraban su riqueza facilitando estas cosas, no solamente pagando la construcción de templos, sino también la de hospitales o albergues, protegiendo los caminos que favorecieran el movimiento de los artesanos que trabajarían en tales edificios… actividades que servían a la vez para glorificar a Dios y a la generosidad de tales señores.

Todos estos factores contribuyeron al crecimiento del nuevo estilo artístico y a su difusión por amplios territorios de Europa, conformando una red cultural y espiritual que todavía hoy marca la cultura del viejo continente.

Así que Románico, feudalismo y peregrinación son tres manifestaciones de un fenómeno a escala continental: la primera vez que Europa actuaba «al unísono» después del Imperio Romano, pero ahora con «voz propia». A partir del siglo XI, las lenguas de los antiguos bárbaros se escuchaban junto con el latín, cristianizado y de hecho patrimonio de la Iglesia.

No olvidemos que, en medio del esplendor románico, en el s. XII, el Derecho Romano (releído en clave justinianea) empezó a desarrollarse como agente unificador de la ideología monárquica y de la política, contribuyendo a la formación de los códigos civiles del Feudalismo.

Esa unidad espiritual, pero no solamente religiosa, ayuda a entender el Románico como un precedente positivo de la primera «unión europea».

A lo largo del tiempo, el Románico diversificó y refinó sus manifestaciones pues no hay que olvidar que no está sujeto a una única intepretación. Hasta para el profano, la arquitectura y el arte románico ofrecen formas muy variadas incluso en regiones que están poco distantes.

Ábsides de ladrillo en iglesia de San Nicolás (Madrigal de las Altas Torres Ávila). Foto Mujerárbol

En España tenemos buena muestra de eso: hay una arquitectura románica propia de las comarcas ibéricas que estuvieron unidas por vínculos jurídicos (ej. Comunidades de Villa y Tierra e n el territorio recién conquistado a los musulmanes) y hay otro, característico de los monasterios, más tardío.

Existe un románico de ladrillo en Castilla y otro exclusivamente pétreo en la misma región, además de que el uso del ladrillo está unido a cierta influencia derivada de la presencia islámica en la Península (mudéjar), si bien «lo mudéjar» es un concepto actualmente discutible.

Hay un «románico militar» que podemos encontrar en Aragón, mientras que el elemento defensivo no está tan presente en los edificios situados en otros territorios, debido al avance del proceso de Reconquista. Y podemos ver más matices: catedral, vs. iglesia rural; románico de «primera ola» y románico tardío, que prefigura elementos del gótico; la propia organización monástica, que fue perfeccionandose a lo largo de los siglos medievales (Cluny primero, y luego la reforma Cisterciense) y dio origen a espacios arquitectónicos concretos y muy variados.

Se trata de «distintas tonalidades» que enriquecen el Románico, bien descritas y estudiadas en nuestros días por historiadores del Arte y enamorados del estilo, que han contribuido a que ahora se lo respete más allá de la burda idea de su «pesadez» y oscuridad, propia del sesgo negativo sobre la «Edad Oscura» que en el s. XIX y principios del XX calificaba a la Edad Media.

Así que el Románico posee múltiples expresiones y colores. Su iconografía, especialmente en la escultura, reta a la interpretación simple de que todo es didáctico y está sujeto a la doctrina de la Iglesia. Sus manifestaciones en la decoración de objetos o en la iluminación de libros también desafían a nuestro asombro.

Y, en definitiva, lo mismo que en Europa hay distintas lenguas o comarcas que se apartan de la regla general que caracteriza a cada nación, el Románico tiene un sello distinto según las regiones. Así que, aunque hayan querido agruparse estas características -como en el caso francés- y aunque la influencia francesa, o ibérica, o italiana pude percibirse en éste o aquel edificio, la originalidad del sello románico se escapa a las generalidades y a las clasificaciones.

Lo único claro es que el sello característico de este estilo es reconocible por todo el Continente y funcionó como un gran impulsor del crecimiento económico de las ciudades, territorios y después Estados medievales y, con ello, fue el primer motor de «unidad europea» en lo cultural y artístico, y desde luego en lo espiritual.

Sin embargo, no en toda Europa se dio esta «feliz» conjunción entre feudalismo, peregrinación y arte Románico. Y aunque las diferencias enriquecen, a veces pueden resultar problemáticas para el historiador.

Lo veremos más adelante.