
Un libro de divulgación histórica medieval sorprendente por la amplitud de su temática, por lo bien tratada que está y porque en el ámbito de la divulgación histórica no suelen encontrarse estudios de tanto alcance cronológico y geográfico, bien apoyados en fuentes y en investigaciones de última generación.
Se trata de «El mundo monástico. 1200 años de historia» de Andrew Jotischky, un volumen de 462 páginas (+notas y bibliografía) editado por Erasmus a principios de 2025.
Andrew Jotischky es catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Londres, donde trabaja sobre la cultura y la religión medievales. En este volumen, se ocupa de los dos mundos importantes de la Historia de la Iglesia: Occidente y Oriente, lo cual abarca desde la Irlanda cristianizada en el siglo VI hasta Constantinopla. Asímismo, el ámbito cronológico del libro es enorme, desde el s. IV hasta el XVI.
Estoy muy contenta de haber comprado este libro inmediatamente, tras leer la entrevista al autor que hizo el compañero Federico Romero, de Divulgadores de la Historia.
Aunque el volumen de Jotischky dedica poco espacio a mi querida Irlanda (quizá porque no son tan abundantes ni tan ricas las fuentes sobre aquéllo, o porque su objetivo era tratar de lo sucedido en el continente y hacia el Este) sí que señala algunas peculiaridades del monasticismo irlandés. Desde luego, indica el hecho de que fue en los monasterios donde surgió la fuente de la literatura profana en lengua nativa, y hasta la gramática misma de ésta. También menciona lo extraño que resulta el que santos monjes y abades funcionaran en el mundo hibérnico como intermediarios políticos, pero no tanto por su poder «político», que estaba muy limitado por la extraña organización «prepolítica» de Hibernia, sino tal vez por su significado simbólico como mediadores entre dos mundos: el de Aquí y el de Allí… en este sentido, indica, sí que se parece el mundo del monje y el del druida… pero no mucho más.
También introduce una «puyita» a la fuerte misoginia de la hagiografía irlandesa, ayuna de «mujeres empoderadas» y de santas con milagros notables… Pero bueno, al llegar a este punto, el libro ya me había enganchado y no quería parar de leerlo por tales minucias.
Uno de los mayores puntos a favor de este libro es que trata largamente del monasticismo, el eremitismo y la evolución del asunto en el mundo Oriental.Por supuesto, cualquier variante del mundo Oriental podía influir en el Occidental, ya que uno deriva del otro.
Pero hay peculiaridades fascinantes: la mezcla entre la vida solitaria de ermitaños, estilitas, o de ciertos tipos antiquísimos de «locos divinos» (llamados luego «monjes desnudos») que en Oriente no se contraponen a la vida cenobítica, sino que se mezclan con ella, y en Occidente persisten incluso cuando ya estaban firmemente establecidas «reglas» de convivencia, a la muerte del gran reformador S. Benito de Nursia.
El autor señala que durante mucho tiempo, en Occidente sucedía de facto la mezcla entre cenobitismo y aislacionismo individual, bajo la forma de reclusión, de carácter estoico-contemplativo-eremítico, señalando ejemplos de esta mezcla. Así que menciona los ejemplos y papel de santos, monjes y monasterios del Sur de Italia, donde argumenta que empezó esta tendencia. ¿Y en el extremo Occidente?
Como un claro ejemplo muy al Occidente estaría el ejemplo irlandés -atestiguado por la hagiografía legendaria- de Glendalough y su fundador San Kevin* o el caso de Valerio del Bierzo, el fundador leonés que marcha a vivir en una cueva sin perder la relación con el monasterio al que pertenecía o que fue fundado por él. También recuerda el caso de San Millán de Yuso y sus cuevas individualizadas, entre otros ejemplos.
Esto me hace recordar al bueno de Conn de los Pobres, a la vez monje y ermitaño, fundador de la dinastía de los Meic Cuinn na mBocht que llevaban nombre y apodo, cumpliendo a la vez los dos aspectos de la vida en el monasterio y «fuera» de él pero dentro de su ley.
También me recordó ejemplos actuales de monjes coptos: nunca podré recuperar quién y de donde era un monje eremita copto, retirado para someterse a largos ayunos y soledad, al que su hija llevaba alimentos cada cierto tiempo… Lo vi en un documental de TVE cuando aún había documentales en TVE (o sea, años 80). Los coptos, todavía, viven esos rigores como Dios manda, y no es raro encontrar documentales fotográficos en revistas y magazines online sobre sus «santidades heroicas» (no va dicho con sorna) en huecos de paredes inescalables de Etiopía o Egipto.
Recomiendo el libro a quien quiera una visión panorámica de la singular forma de organizar la vida en común que fueron los cenobios, que apareció en los inicios del Cristianismo, reformando no solamente la vida monacal, sino la misma organización de las ciudades medievales y de los «servicios», en según que áreas (por ejemplo: hospederías/hospitales del Camino de Santiago) y que hasta es añorada en el mismísimo mundo de nuestra posmodernidad. Hay una curiosa obrita actual que propone a los cristianos (en general) un poquito de «organización monástica» de la vida cotidiana en medio de la socialmente corrosiva modernidad del s. XXI (cf. Rod Dreher «La opción benedictina«).
En el lado crítico (pero sin acritud) me parece que el libro debería haber sido revisado por corrector humano a la hora de la edición española, pues se detectan fragmentos repetidos, anglicismos que se escapan y hasta auténticos disparates, perpetrados por alguna «máquina» muy de moda, pero que es menos inteligente de lo que se cree.
Por ejemplo: no sé a qué viene denominar «reforma estudiantil» a lo que supuso en el Imperio de Oriente el renacimiento del monasterio de S. Juan de Studion, en Constantinopla, que el autor explica de manera nada confundible con cosa de estudiantes o revoluciones. Con haber escrito «reforma de Studion» habría estado claro lo que significó ese momento para el monasticismo oriental, a partir del ejemplo de dicho establecimiento en la capital de Oriente. Pero es que también existe el nombre «estudita», palabra que aparece varias veces en el texto de este mismo capítulo.
Tampoco está claro por qué se combina inglés con español en el título del capítulo V: «El molino y el Grindstone» cuando parece que no se refiere a un nombre de lugar (¿y esa mayúscula?) sino a un instrumento de trabajo, la piedra de afilar… o quizá la de molino. Pero, de ¿entonces, no debería ser «el millstone«?, aunque en este caso el título tendría menos sentido aún.
Sin embargo, este capítulo es uno de los más interesantes, pues trata de las novedades tecnológicas utilizadas en los monasterios y su papel en el desarrollo económico de la Europa Medieval además de en la propia administración de los monasterios. Este es uno de los temas más interesantes no solo del libro, sino de cualquier estudio de esa época, teniendo en cuenta la extendida creencia popular de que la Edad Media fue un erial tecnológico en medio de condiciones nefastas, (con su terraplanismo y todo), que se extendió hasta que… hasta que los ingleses inventaron el tren, supongo.
Todo lo contrario, los monasterios contribuyeron a fundamentar muchas cosas de la vida Medieval, demuestra el autor, citando ejemplos de hospitales para peregrinos, establecimientos dotados de las nuevas mejoras técnicas como arados de vertedera o el sistema de tres hojas en los cultivos de alimentos, así como el desarrollo de molinos de marea u otras formas de utilizar el agua para mover molinos, martinetes* y verdaderas fraguas o ferrerías (Valerio del Bierzo vuelve a aparecer por aquí saludando a los ferrones de Compludo) y también, como está atestiguado en el Norte de Irlanda*, para convertir en harina el trigo o la cebada y alimentar a peregrinos, visitantes y monjes.
La verdad: a esta lectora feroz y monocular que es Mujerárbol tales descuidos menores (que no parecen humanos, repito) le divierten, aunque interrumpan el fluir de la comprensión del texto y el correr de la imaginación.
Esperemos que en futuras ediciones se cuiden mejor estos detalles, para aprovechar al máximo el volumen y ver retratado el desarrollo de una de las aventuras históricas más formidables: la reorganización del mundo cristiano en toda la extensión de Europa, por medio de la convivencia organizada de creyentes bajo unas reglas, en pequeños núcleos paraurbanos.