Me figuro que éste es uno de los estados fundamentales de muchos seres: llega el otoño y pof! empezamos a ponernos tristes. Es un estado pasajero, semanal, diría yo. Aparece sábados y domingos. Dura hasta Navidad aproximadamente y las grandes cabezotas del mundo suelen convertirlo en un barrizal de compras, griterío y noticias asquerosas. Así que vayamos por partes.
Me despisto de hora porque los grandes caraduras de mi país (agus éile) se empeñan en cambiar la hora y yo ya no estoy para matices, es decir, si el reloj se retrasa ya no es culpa mía; es justo al revés, me retraso yo, o me adelanto y ya no es culpa del reloj.
Aprecio tanto los matices que las cosas gordas se me pasan sin verlas. Los cambios de horario son una de esas cosas gordas como vigas de carpintería que me dan en el ojo justo cuando más puntual quiere una ser.
Se podían meter el cambio de hora en alguno de sus múltiples bolsillos.
Hay cosas que me duele más no alcanzarlas que otras: una cita, un deber de esos con horario, una reunión… Mañana mismo. Pero no ya que se me olvide, que puede ser, sino que ni leches en latín, ni smartwatch (un eufemismo en inglés es mucho más eufémico que si fuera en nuestra lengua: «cacharro que llevas en tu muñeca») ni perrito que me ladre.
Y así, el despistamiento profundiza la melancolía.
Respuesta
¡ Como la comprendo,Doña Carmen ! Y eso que usted es bastante más joven que yo…
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