El otro día tuve que contenerme mucho para no resultar una viejecilla narradora. Tenía visita de amigos entrañables por parentesco espiritual y en estas ocasiones me cuesta muchísimo no ser la agüela zebolleta.
Resulta que quedamos en el centro de lo que había sido mi barrio de la infancia y cada cosa que veíamos, retintineaba en el tazón del chocolate que tomamos, tan rico, y me recordaba otros tiempos y otras cosas y gentes que vivieron allí.
Una fabrica desaparecida; un clan de vecinos que se deshizo entre Alemania y algún otro país europeo próspero de los años 60. Amigos de niñez y amigos de adolescencia; el robo de un triciclo; los juegos en donde ya no hay un jardincillo; el cuartel; la casa que se cae a cachos y el rincón donde en otro tiempo crecían los pan-y-quesillos… se me acaba de ir de la neurona el nombre «técnico» de dichos árboles. ¡Ah, sí: robinia o falsa acacia!
Solo me queda el recuerdo de trepar hasta a horquilla de las ramas para bajar a puñaos esas flores que devórábamos como si fueran un manjar.
El manjar estaba en otra calle, donde abundaban las moreras blancas y negras.
Me alegra ver que la iglesia se adecentó dándole mayor luz a la natural de la nave, y una luz artificial más clara incluso a las capillitas del fondo. Me gustó que el Crucificado estuviera un poquito más cerca del suelo. No me gustó el sitio oscuro que sigue ocupando la triste imagen decapitada y maltratada , que vive allí como un fantasma de la maldad sobre la que crecimos.
He dicho.